Ser periodista, ser Quijote

Por Liset Prego

 

Quizás lo más coherente para empezar a hablar del libro de un cronista es hacerlo desde una crónica. Quizás lo más lógico para que una periodista hable del libro de un periodista es hablar desde la experiencia de la profesión, pero no con la charla de los “tips”, y resultados, o los consejos para los más jóvenes porque, aunque este libro habla del periodismo, del bien escrito, no ofrece fórmulas preconcebidas, ni aporta un esquema de la estructura de la oración ideal, del “lead” perfecto.

    Por eso diré, en personalísima narración de hechos, que alguna vez pensé que podría vivir sin él, que tras el tiempo ausente me había acostumbrado a la inacción que supone estar distante, callada, inédita. Pasé mucho tiempo sin sentir el familiar escalofrió, el prearranque, la adrenalina, la pasión y una lista larguísima de sensaciones y sustantivos abstractos.

    Asumí que podría reinventarme, ser otra sin él, vivir de un modo distinto, pero solo bastó un asomo al mundo que representa y todo volvió de golpe: las letras a ráfagas, las ideas, el deseo, la inquisidora manera de mirar el mundo, las preguntas saliéndome por los poros, la necesidad de buscar y decir la verdad.

    Alguna vez, como este autor, compulsada por las necesidades propias o de mi familia, supuse que podría, darwinismo mediante, adaptarme, evolucionar si eso implica dejar aquello que te apasiona por la promesa de un bolsillo satisfecho. No lo conseguí, en cambio recordé: soy periodista.

    Porque como diría el multipremiado autor de este volumen: «Ser periodista es una marca de nacimiento que te seguirá como tu propia sombra, como tu luz».

    Y aunque el título que le otorga Reinaldo Cedeño a su libro es «Ser periodista, ser Quijote», no plantea en el cuerpo de este una sola duda ante la decisión del enfrentamiento inevitable con lo imposible, el mismo que labró la tierra con sus manos, que vendió maní, que en su bicicleta sudó la gota gorda por Santiago, no pudo desprenderse de sus molinos y volvió al ruedo, armado con la palabra.

    Ser periodista es ser Quijote, la cordura más loca se precisa para enfrentar el reto cotidiano de escribir sobre la realidad. Y así viaja Cedeño en este texto por las batallas propias, en tono vivencial y honesto, contando de los martianos modos de hacer prensa escrita; del periodismo cultural, aclarando, porque hace falta, que «un periodista no es un recopilador de datos, sino un líder cultural (…) El periodismo no es solo un hecho comunicacional, es sobre todo, un hecho cultural».

    Y así va recorriendo por seis artículos escritos con el mismo vuelo con que narra un suceso y nos conecta con su ritmo contando cómo logró las entrevistas más fascinantes de su carrera hasta hoy, sugiriendo aquello que para él es esencial en el género, porque no duda que «entrevistar es un arte que requiere de la altura intelectual y conciencia de respeto al otro (el entrevistado) y a los otros (los destinatarios) ».

    Visita Reinaldo el título y advierte que es «el grito, la vitrina y el latido del texto —entiéndase producto comunicativo— que encabeza».

    Y en este recorrido llega a esa variante del periodismo con quien tiene un largo romance: la crónica. Y por si quieren conocer la fórmula que le ha valido tanto éxito con este género, aquí la regala, libre de patente: «así deberían ser las crónicas: entrada imponente, todos los recursos expresivos en función del propósito trazado (selección, ordenamiento del material, intencionalidad, música, planos) y cierre espectacular. La crónica es atmósfera por antonomasia». Luego remarca «la crónica es intensidad… Cronicar salva». El lector sagaz habrá de suponer que esta salvación es compartida entre cronista y receptor.

    Más adelante propone cinco crónicas, textos premiados, aplaudidos en Facebook, diversas, íntimas, desoladas, nostálgicas, más breves unas, de temáticas diversas, deporte, catástrofes, historias vitales, vividas, vívidas.

    El libro termina así: el milagro se ha hecho. No hay dudas, el de sobrevivir a los obstáculos y vivir para narrar la realidad, apasionadamente.

    Cedeño nos regala su propia vida repartida en las de los otros, y de alguna manera la vuelve nuestra, y así nos entrega su pasión por las palabras, por el periodismo, como algo contagioso.

    Tal vez por eso confirmo que no puedo vivir sin él. Urdo entrevistas, crónicas, reportajes, me hundo en la maraña de contradicciones y escasez, en el café con los colegas/amigos, en las eternas discusiones del gremio; en la indagación y el juego con las letras.

    Enfrentando la shakespereana interrogante: ¿ser o no ser?, elijo SER, volver al ruedo, calzarme de nuevo las botas o las alas, dependiendo si es preciso andar por las nubes o el suelo.

    Porque una puede estar en reposo, negar la vocación, silenciar el sueño, pero es lo que es, por tautológico que parezca resulta un hecho irrefutable, algo casi fisiológico, pegado a la sangre. Puedes no estar frente a la cámara, el micrófono o el papel en blanco. Puedes abandonar los clics y los bits, pero el Periodismo no se irá de ti, y esa es una maravillosa certeza.

    Repito: el periodismo no se irá de ti, y esa es una maravillosa certeza. Dicho en las palabras de Cedeño, en este deshacer entuertos: «las aspas podrán ser filosas, pero más recia es la cabalgadura. Ser periodista es serlo con las vísceras. Ser periodista es ser Quijote».

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Sergio García Zamora: la poesía como calabozo

Por Moisés Mayán

 

Sergio García Zamora no tiene nada que demostrar. Lo confirmé una vez más cuando releí de una sentada la edición cubana de «Diario del buen recluso» (Premio Internacional de Poesía Gabriel Zelaya). Las clasificaciones «escritor en ascenso» o «joven promesa de las letras», han ido evaporándose de las notas críticas sobre su obra, y de los breves preámbulos a sus entrevistas. En Sergio García Zamora todo lo que parecía (ya) es, el vaticinio se ha vuelto certeza, y la posible revelación cuenta ahora con el respaldo de más de una docena de poemarios.

    Confieso, sin embargo, que mi criterio puede estar distorsionado, porque desde que conocí a Sergio en la Semana del Autor de Casa de las Américas en 2014, entre nosotros ha crecido una productiva amistad. Amistad que no precisa de encuentros habituales, ni siquiera de fecundos diálogos en las redes, sino del respeto y la admiración mutuos, de la lectura cruzada de nuestras obras, con el rigor de dos viejos correctores de pruebas.

    Desechemos entonces mi opinión, y concentrémonos por ejemplo en las valoraciones de Roberto Fernández Retamar, quien no vaciló en afirmar que Sergio: «es uno de los mejores poetas vivos de la Isla». O en Víctor Rodríguez Núñez, que da testimonio de la madurez expresiva y de la manera particular de percibir el mundo en Sergio García Zamora. Aunque su poesía ha desbordado los rigurosos límites de la Isla para leerse en Latinoamérica, en Europa y en los Estados Unidos, Sergio sigue comprometido con los lectores cubanos.

    A su Resurrección del cisne (Premio Rubén Darío, 2016) reeditado por Letras Cubanas, se suman «El frío de vivir» (Premio Loewe, 2017), acogido por la Editorial Capiro, y «Diario del buen recluso» (Ediciones La Luz, 2019). Cuarenta y cinco poemas en prosa conforman esta entrega, donde el poeta en posesión de los clásicos movimientos «del medio juego», construye su propia colonia penitenciaria para interrogar y ser interrogado.

    Al lector esquivo y ajetreado de nuestro tiempo, le recomiendo dos piezas irrenunciables: «Poema a mi padre» y «Tren de Occidente». Leer estos poemas es reconciliarse casi de forma providencial con la palabra. El mundo íntimo de Sergio García Zamora emerge en «Poema a mi padre» con temeraria sinceridad, mientras su observación acuciosa de la historia y la política, convergen en esa lección de filosofía que es «Tren de Occidente».

    Sergio García Zamora es un recluso de la poesía. Sus poemas son rectangulares como calabozos. Una vez que comienzas a leerlo descubres, con cierto horror, que has perdido tu libertad.

 

 

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Estática milagrosa o la utilidad de las listas para no enloquecer

Por Mariela Varona

Las personas soñadoras o distraídas derivamos hacia ciertos olvidos. Y el sentimiento de responsabilidad, hacia nosotros y los demás, nos compulsa a hacer listas para anticipar o descartar una falla posible. Conservo una lista que compuse cuando tenía alrededor de siete años, previendo todo lo que no podía olvidarme de hacer durante un mes de vacaciones. Esa lista era una suerte de exorcismo propiciatorio: si conseguía cumplirla, mis vacaciones serían exitosas. Más tarde, las listas se fueron agregando de manera natural a mis diarios de adolescente. Las listas nunca me sirvieron para lo que yo quería, pero se han convertido en recordatorio de mis anhelos de niña y mi cotidianeidad.

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100: Una cantidad misteriosa (dosier al centenario de Cintio Vitier)

Han existido varias formas de sanar, pero hemos apostado por la lectura. La complacencia de encontrar el verso justo, la medida exacta que nos provoque o nos deje la estabilidad emocional que necesitamos. Queremos adentrarnos, de la misma manera como el «ángel que devora las formas del silencio».

A un siglo del nacimiento de Cintio Vitier, en jornada de Romerías de Mayo, nuestra casa editora resurge en sus imágenes, en la metáfora que delira más allá de «una cantidad misteriosa». Detrás de cada intención, editores, diseñadores, promotores, encuadernadores, todos en general, sueñan los espacios y conciben un dosier que reúne en apenas cinco días un quehacer intenso literario, una especie de homenaje, una «sedienta cita, porque hay hambre de verso y de pasión».

El Salón Abrirse las Constelaciones, situado en el último piso de Ediciones La Luz mostrará en los canales y diversas redes sociales un panel por los destacados escritores e intelectuales holguineros: Ronel González, Eugenio Marrón y Manuel García Verdecia; la presentación del esperado audiolibro «10×10 Una cantidad misteriosa. Poemas de Cintio Vitier por jóvenes escritores cubanos & Dj Arte» , proyecto sonoro de la colección Quemapalabras, grabado en los estudios de Radio Holguín La Nueva con la colaboración de Héctor Ochoa como realizador, Dj Arte (Artemio Viguera) en la experimentación sonora, en las voces de diez poetas de la sesión de literatura de la Asociación Hermanos Saíz. A propósito de esta idea, la Promotora Literaria «Pedro Ortiz Domínguez» confeccionó a partir de nuestra selección un libroarte.

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Día del idioma, día del ser

Por Manuel García Verdecia

No creo que hubiese mejor ocasión para celebrar la lengua española que el día en que nació un escritor primordial de la literatura en dicha lengua, Miguel de Cervantes y Saavedra. Sobre todo por ser este el autor, entre muchas obras, de una de las novelas más fascinantes, amenas e instructivas de las letras mundiales, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Y no se trata solo de que por su vastedad episódica, su variedad formal y su multiplicidad de motivos, la obra devenga un descomunal catálogo del uso del castellano. Es que además ella relata la colosal aventura que emprende un idealista febril acompañado de un pragmático raigal, los que recurren a las prácticas de caballería para rescatar y devolver la virtud a la Tierra. Sucede que el idioma es en sí mismo una fabulosa aventura, aquella de utilizar un limitado número de vocablos para comprender, captar y contar todo lo que es, fue y será el mundo. No hay novela más sublime y enriquecedora que la de las palabras.

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Monstruos, pequeño inventario para príncipes y princesas

Por Adalberto Santos

Asistir al nacimiento de un libro es siempre una fiesta. Desde el aroma evocador de las tintas, hasta el suave crujir del papel y el brillo mate de las impresiones. Asistir, además, al alumbramiento de un texto del que de alguna manera se ha sido parte (desde la callada forja del oficio del editor en este caso) es materia de regocijo multiplicado. Y con el privilegio de esta felicidad, me atrevo a realizar un breve acercamiento, desde la voluntad de compartir este gozo, a Monstruos, pequeño inventario, uno de los más recientes títulos de Ediciones La Luz.

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La Luz celebra al libro para niños y jóvenes

Por Liset Prego

Ediciones La Luz propone una jornada para homenajear a autores y títulos de Literatura infantojuvenil. Esta iniciativa comienza justo en el día mundial del libro de este género e incluye múltiples acciones solo on line, debido a las limitaciones que para la presencialidad impone la COVID-19. La fecha de cierre de esta jornada coincide con el día en que la Organización de Pioneros José Martí cumple 60 años.

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