Algunos delirios corporizados de Alberto Garrandés

Por Erian Peña Pupo

Todo delirio, podría pensarse, presupone un estado de psicosis. Estos deben cumplir varios requisitos: ser una idea firmemente sostenida pero con fundamentos lógicos inadecuados, ser incorregible con la experiencia o con la demostración de su imposibilidad, y ser –subrayemos esto– inadecuado en el contexto cultural del sujeto que la sostiene. Alberto Garrandés lo sabe: ha amasado los suyos con las levaduras de un erotómano perspicaz y al mismo tiempo desbocado: sus delirios –alimentados por la cercanía de varios maestros memorables– desbordan las páginas de cualquiera de sus libros. Son, delirios al fin, recurrentes, intensos, insistentes, perturbadores, pérfidos…

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Para festejar una vida

Por Manuel García Verdecia

 

Traducir poesía es un mal necesario: no siempre se alcanza a transmitir el asunto en exactitud, pero es el único modo de vislumbrar sus contenidos. De otro modo (hasta que la neuroinformática no invente un chip que colocado en nuestro cerebro nos permita leer todos los idiomas) nos sería casi imposible acceder a tantos y tantos mundos plenos de sentido y vida que en las diversas lenguas se expresan. Es labor ardua, más propia del chamán, el adivino o el médium, que de un simple mortal con cierto dominio de otra lengua. Definitivamente no se trata solo de lo lingüístico, sino del complejo tejido personal y sociocultural donde la lengua se inscribe. Las palabras, bien se sabe, son esquivas y ambiguas, las visiones e intenciones del poeta no siempre resultan evidentes. Es siempre un terreno de ambigüedad y bifurcaciones elusivas. La tarea se vuelve más difícil cuando se trata de un poeta con el cual ya no se puede establecer un diálogo aclarador. Lógicamente, si se ha ejercido la creación poética, ese estado impreciso entre la intuición y la revelación que nos visita, una vez que uno consigue instalarse con sus sentidos en el ámbito del poeta a traducir (condición primera para lograr una versión aceptable), ayuda a abrirse paso en el denso bosque de implicaciones… Pero nada es absolutamente seguro.

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Diálogos con Heras León

Por Fernando Rodríguez Sosa

Toda entrevista es siempre una imprescindible fuente de información. Mediante ese juego de preguntas y respuestas entre un entrevistador y su entrevistado, es posible confirmar lo ya conocido y, aún lo más importante, descubrir lo insospechado.

Reflexión fácil de comprobar con la lectura del volumen titulado Eduardo Heras León: en el aula inmensa de la vida (Ediciones La Luz, Colección Memoria Nuestra, Holguín, 2018, 272 pp), con compilación y selección de entrevistas a cargo de Yunier Riquenes García.

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Para leer a una mujer-primavera

Por Liliana Sarmiento

Un día le escuché decir que sus tetas lloraban. Entre la poética y la maternidad, parecía que la metáfora se hacía agua. En aquel momento miré mi pecho, no mucho más abultado que ahora, y sentí que también lloraba. Ese día supe quién era Elizabeth Soto, la poeta, y alguien tocó mis tetas. Durante mucho tiempo la recordé gracias a aquel poema, hasta que le hablé de flores amarillas saliéndome del ombligo. Aquello que fuera mi primer poema, y que no citaré porque es la copia de una copia de otra copia, fue lo que me acercó a esta mujer que dice escribir sin rabia.

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Nicanor Parra: artefactos poéticos

Por Robert Ráez

 

 

Se escribe contra uno mismo

Por culpa de los demás.

Composiciones I

Chile es un pasillo largo y estrecho por donde juega, entre ataúdes imaginarios, Nicanor Parra. Escribe versos y hace grafitis donde trata de explicar las cosas en su mínima expresión. Una silla es igual a una silla imaginaria de la misma manera que una mesa es lo mismo que una mesa imaginaria.

Sobre esa mesa imaginaria descansa un libro imaginario. Es un libro enorme en realidad, enorme, aunque imaginario. Lo escribió el hombre imaginario. El hombre imaginario es la fotografía de un viejo con el pelo largo que mira un bosque de ataúdes y sillas regadas. Un viejo vencido por la palabra. Abandonado por la poesía.

Un viejo que parece el rey del punk. Que le gana todos los punkis juntos.

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Antipoesía eres tú

Por Elizabeth Soto

Se escribe uno mismo por la culpa de los demás por la destrucción que quieras asumir, tú decides qué es lo que haces, poesía o antipoesía, ser patético o ser ridículamente un ser que no tiene ganas de intentarlo. A eso me debo, a los deseos de hacer o sentir, en un espacio que debes crear porque las circunstancias a veces condicionan la mente, porque pueden venir a imponerte sentimientos que en realidad no concretes, entonces tú mandas, en tu vida y en lo que escribes. La poesía pasa, la antipoesía también. Todo pasa, lo bueno y lo malo, es aquel concepto de impermanencia del que tanto hablamos, de ser congruentes en el ámbito de la existencia. De creerte o inventarte de un modo para que existas, para convertirte a ti en ese hombre imaginario, de noches, tardes, balcón, paisajes, hechos, mundos, sombras y hasta sexo imaginario. Pero no creo en la vía violenta/ me gustaría creer en algo/ pero no creo/ lo único que sé hacer es verte encoger los hombros/ y estar atada a ti y a simples ventanas de escritura. Así debe ser el poeta, pero el poeta no eres tú, soy yo quién recrea la poesía, tú vendrías siendo el que duda, vendrías siendo la sensación del papel en blanco. Tú y yo vamos a superar la página en blanco.

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Testimonio de un seducido: “Animal de otra raza”

Por Adalberto Santos

Conocí a Maribel Feliú bajo las alas de un invierno en que pretendía ser sepultada. Amazona de la madrugada, nombrando el placer con palabras de frío y temor. Por eso, me detengo más de una vez, en la frase final y airosa de este libro: «Que llueva la carne palpitante. Jadea, carne. Llora. ¡Reza!». De este modo, con este mantra o urgencia, terminan los once cuentos que propone Maribel Feliú en esta especie de autoantología eminentemente erótica. Y aunque este ensalmo pueda llamar por sí solo la atención, y serviría acaso como mínimo botón de muestra, sería demasiado breve e imperfecto: la poiesis erótica de Maribel Feliú es más que una mera y desenfrenada invitación al aquelarre.

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