Categoría: Novedades editoriales

Celebración de la memoria: Las fauces, de Lourdes Mazorra

Por Adalberto Santos

Múltiples son los caminos de la exploración interior. Senderos que pueden conducir a la realización personal o la debacle del yo. Y al comienzo de cada uno de ellos abandonamos algo y cargamos con las expectativas e incertidumbres que el desandar pueda depararnos. Ante nosotros, cada día se abre, como una boca inmensa y preñada de incógnitas, donde el destino se inscribe a golpe de paso, y en cuyo umbral nos detenemos, a veces que con temor, ante la niebla que frente a nosotros extiende el devenir.

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La extraña felicidad en los sonetos de Liliana Rodríguez

Por Erian Peña Pupo

La poesía —aun la más desgarradora— resume y rezuma una búsqueda de la felicidad. El poeta ansía, evoca, rememora, con nostalgia o anhelo… y esa ansia o remembranza está dada por la plenitud o ausencia de las múltiples formas, posibles o extrañas, de eso que llamamos felicidad.

Buscamos la felicidad —decía Voltaire— sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. Tropezando, palpando paredes y puertas, dando traspiés un día tras otro. A veces la asimos, otras se aleja irremediablemente, dejándonos en los labios la extraña sensación del roce, de la posibilidad y sus fragilidades. De lo que pudo ser, pero jamás sucedió. Confirmándonos que «la felicidad —frágil idea— no era como yo la imaginaba: Una canasta llena. Un dios mirando/mis huesos en desgaste, perdonando/la ausencia que perdí, la que no tuve».

Pero lo que importa es la búsqueda, pues la felicidad es el camino.

Desde el pórtico, Liliana Rodríguez Peña (Puerto Padre, 1991) nos confirma que «El libro de la extraña felicidad» (Ediciones La Luz, 2019) es un cuaderno para acompañarnos a lo largo del camino. Incluso la portada —una fotografía de Lino Valcárcel que nos hace recordar algunas páginas neogóticas y tenebristas, o un camino simbólico hacia la luz— evoca el ascenso, el viaje. Cada poema —sus confesiones y búsquedas— nos parece tan próximo que nos invaden, después de la lectura, similares afirmaciones, dudas y deseos como somos capaces de aprehender.

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Penélope aserrando televiché: la odisea textral de Marien Fernández

Por Adalberto Santos

 

La literatura se ha afanado a lo largo de su historia por traducir la experiencia vital de lo humano, aun lo más difícil de transcribir en el código escritural: las emociones y los sentimientos. Este ha sido su gran reto y constante reafirmación como hecho artístico. Y la escritura …

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Ser periodista, ser Quijote

Por Liset Prego

 

Quizás lo más coherente para empezar a hablar del libro de un cronista es hacerlo desde una crónica. Quizás lo más lógico para que una periodista hable del libro de un periodista es hablar desde la experiencia de la profesión, pero no con la charla de los “tips”, y resultados, o los consejos para los más jóvenes porque, aunque este libro habla del periodismo, del bien escrito, no ofrece fórmulas preconcebidas, ni aporta un esquema de la estructura de la oración ideal, del “lead” perfecto.

    Por eso diré, en personalísima narración de hechos, que alguna vez pensé que podría vivir sin él, que tras el tiempo ausente me había acostumbrado a la inacción que supone estar distante, callada, inédita. Pasé mucho tiempo sin sentir el familiar escalofrió, el prearranque, la adrenalina, la pasión y una lista larguísima de sensaciones y sustantivos abstractos.

    Asumí que podría reinventarme, ser otra sin él, vivir de un modo distinto, pero solo bastó un asomo al mundo que representa y todo volvió de golpe: las letras a ráfagas, las ideas, el deseo, la inquisidora manera de mirar el mundo, las preguntas saliéndome por los poros, la necesidad de buscar y decir la verdad.

    Alguna vez, como este autor, compulsada por las necesidades propias o de mi familia, supuse que podría, darwinismo mediante, adaptarme, evolucionar si eso implica dejar aquello que te apasiona por la promesa de un bolsillo satisfecho. No lo conseguí, en cambio recordé: soy periodista.

    Porque como diría el multipremiado autor de este volumen: «Ser periodista es una marca de nacimiento que te seguirá como tu propia sombra, como tu luz».

    Y aunque el título que le otorga Reinaldo Cedeño a su libro es «Ser periodista, ser Quijote», no plantea en el cuerpo de este una sola duda ante la decisión del enfrentamiento inevitable con lo imposible, el mismo que labró la tierra con sus manos, que vendió maní, que en su bicicleta sudó la gota gorda por Santiago, no pudo desprenderse de sus molinos y volvió al ruedo, armado con la palabra.

    Ser periodista es ser Quijote, la cordura más loca se precisa para enfrentar el reto cotidiano de escribir sobre la realidad. Y así viaja Cedeño en este texto por las batallas propias, en tono vivencial y honesto, contando de los martianos modos de hacer prensa escrita; del periodismo cultural, aclarando, porque hace falta, que «un periodista no es un recopilador de datos, sino un líder cultural (…) El periodismo no es solo un hecho comunicacional, es sobre todo, un hecho cultural».

    Y así va recorriendo por seis artículos escritos con el mismo vuelo con que narra un suceso y nos conecta con su ritmo contando cómo logró las entrevistas más fascinantes de su carrera hasta hoy, sugiriendo aquello que para él es esencial en el género, porque no duda que «entrevistar es un arte que requiere de la altura intelectual y conciencia de respeto al otro (el entrevistado) y a los otros (los destinatarios) ».

    Visita Reinaldo el título y advierte que es «el grito, la vitrina y el latido del texto —entiéndase producto comunicativo— que encabeza».

    Y en este recorrido llega a esa variante del periodismo con quien tiene un largo romance: la crónica. Y por si quieren conocer la fórmula que le ha valido tanto éxito con este género, aquí la regala, libre de patente: «así deberían ser las crónicas: entrada imponente, todos los recursos expresivos en función del propósito trazado (selección, ordenamiento del material, intencionalidad, música, planos) y cierre espectacular. La crónica es atmósfera por antonomasia». Luego remarca «la crónica es intensidad… Cronicar salva». El lector sagaz habrá de suponer que esta salvación es compartida entre cronista y receptor.

    Más adelante propone cinco crónicas, textos premiados, aplaudidos en Facebook, diversas, íntimas, desoladas, nostálgicas, más breves unas, de temáticas diversas, deporte, catástrofes, historias vitales, vividas, vívidas.

    El libro termina así: el milagro se ha hecho. No hay dudas, el de sobrevivir a los obstáculos y vivir para narrar la realidad, apasionadamente.

    Cedeño nos regala su propia vida repartida en las de los otros, y de alguna manera la vuelve nuestra, y así nos entrega su pasión por las palabras, por el periodismo, como algo contagioso.

    Tal vez por eso confirmo que no puedo vivir sin él. Urdo entrevistas, crónicas, reportajes, me hundo en la maraña de contradicciones y escasez, en el café con los colegas/amigos, en las eternas discusiones del gremio; en la indagación y el juego con las letras.

    Enfrentando la shakespereana interrogante: ¿ser o no ser?, elijo SER, volver al ruedo, calzarme de nuevo las botas o las alas, dependiendo si es preciso andar por las nubes o el suelo.

    Porque una puede estar en reposo, negar la vocación, silenciar el sueño, pero es lo que es, por tautológico que parezca resulta un hecho irrefutable, algo casi fisiológico, pegado a la sangre. Puedes no estar frente a la cámara, el micrófono o el papel en blanco. Puedes abandonar los clics y los bits, pero el Periodismo no se irá de ti, y esa es una maravillosa certeza.

    Repito: el periodismo no se irá de ti, y esa es una maravillosa certeza. Dicho en las palabras de Cedeño, en este deshacer entuertos: «las aspas podrán ser filosas, pero más recia es la cabalgadura. Ser periodista es serlo con las vísceras. Ser periodista es ser Quijote».

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Sergio García Zamora: la poesía como calabozo

Por Moisés Mayán

 

Sergio García Zamora no tiene nada que demostrar. Lo confirmé una vez más cuando releí de una sentada la edición cubana de «Diario del buen recluso» (Premio Internacional de Poesía Gabriel Zelaya). Las clasificaciones «escritor en ascenso» o «joven promesa de las letras», han ido evaporándose de las notas críticas sobre su obra, y de los breves preámbulos a sus entrevistas. En Sergio García Zamora todo lo que parecía (ya) es, el vaticinio se ha vuelto certeza, y la posible revelación cuenta ahora con el respaldo de más de una docena de poemarios.

    Confieso, sin embargo, que mi criterio puede estar distorsionado, porque desde que conocí a Sergio en la Semana del Autor de Casa de las Américas en 2014, entre nosotros ha crecido una productiva amistad. Amistad que no precisa de encuentros habituales, ni siquiera de fecundos diálogos en las redes, sino del respeto y la admiración mutuos, de la lectura cruzada de nuestras obras, con el rigor de dos viejos correctores de pruebas.

    Desechemos entonces mi opinión, y concentrémonos por ejemplo en las valoraciones de Roberto Fernández Retamar, quien no vaciló en afirmar que Sergio: «es uno de los mejores poetas vivos de la Isla». O en Víctor Rodríguez Núñez, que da testimonio de la madurez expresiva y de la manera particular de percibir el mundo en Sergio García Zamora. Aunque su poesía ha desbordado los rigurosos límites de la Isla para leerse en Latinoamérica, en Europa y en los Estados Unidos, Sergio sigue comprometido con los lectores cubanos.

    A su Resurrección del cisne (Premio Rubén Darío, 2016) reeditado por Letras Cubanas, se suman «El frío de vivir» (Premio Loewe, 2017), acogido por la Editorial Capiro, y «Diario del buen recluso» (Ediciones La Luz, 2019). Cuarenta y cinco poemas en prosa conforman esta entrega, donde el poeta en posesión de los clásicos movimientos «del medio juego», construye su propia colonia penitenciaria para interrogar y ser interrogado.

    Al lector esquivo y ajetreado de nuestro tiempo, le recomiendo dos piezas irrenunciables: «Poema a mi padre» y «Tren de Occidente». Leer estos poemas es reconciliarse casi de forma providencial con la palabra. El mundo íntimo de Sergio García Zamora emerge en «Poema a mi padre» con temeraria sinceridad, mientras su observación acuciosa de la historia y la política, convergen en esa lección de filosofía que es «Tren de Occidente».

    Sergio García Zamora es un recluso de la poesía. Sus poemas son rectangulares como calabozos. Una vez que comienzas a leerlo descubres, con cierto horror, que has perdido tu libertad.

 

 

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Estática milagrosa o la utilidad de las listas para no enloquecer

Por Mariela Varona

Las personas soñadoras o distraídas derivamos hacia ciertos olvidos. Y el sentimiento de responsabilidad, hacia nosotros y los demás, nos compulsa a hacer listas para anticipar o descartar una falla posible. Conservo una lista que compuse cuando tenía alrededor de siete años, previendo todo lo que no podía olvidarme de hacer durante un mes de vacaciones. Esa lista era una suerte de exorcismo propiciatorio: si conseguía cumplirla, mis vacaciones serían exitosas. Más tarde, las listas se fueron agregando de manera natural a mis diarios de adolescente. Las listas nunca me sirvieron para lo que yo quería, pero se han convertido en recordatorio de mis anhelos de niña y mi cotidianeidad.

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Lista de razones para leer las listas de Isabel Cristina

Por Liset Prego

Porque Estática milagrosa. Listas para vencer y no ser vencidas, no se parece a nada, a ningún libro publicado antes por Ediciones La Luz. Podría decirse que es poesía y no estaríamos mintiendo, que es crónica de la realidad y de nuestro tiempo, también sería acertado. Que es personalísimo inventario de tesoros, de estampas familiares, de olores típicos de una calle en Centro Habana, de amaneceres en el malecón, es la pura verdad.

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