Categoría: Celestinos

La minificción y sus técnicas

i tomamos solo el diálogo sacado de contexto, sin el título, no se sabe de qué o quiénes están hablando. Pero ese título, «El emigrante», potencia una historia que cualquier lector podrá imaginar al leer el cuento. Un sujeto pregunta: «¿Olvida usted algo?», como cuando ves entrar de nuevo a alguien que acaba de salir de un lugar. Pero quien le responde «Ojalá» desmiente nuestro primer razonamiento.

Ese cuento está narrando, en una sola palabra —en ese ojalá— todos los horrores que obligaron a emigrar a ese sujeto hablante, a ese sujeto del que no sabemos su nacionalidad, pero sí que tuvo que emigrar por razones que quisiera olvidar, pero no puede. ¿Cuántas tragedias hay detrás de esa palabra, «ojalá»? Represión, pobreza, hambre, dolor, asesinato, persecución política, guerra de pandillas o entre estados, tortura y narcotráfico, violaciones y fusilamientos masivos, y un larguísimo etcétera que le toca al lector completar como le parezca.

Cuando tenemos delante un microrrelato como este, nos damos cuenta de que, con esa elipsis, el autor dio por sentado que el lector conoce todas las posibles historias que el emigrante tiene para contar. Y él elige escamotear la historia, nos da solo cuatro palabras para que nuestra imaginación, o el conocimiento que hayamos adquirido sobre los fenómenos migratorios, se encarguen del resto con los ingredientes que queramos. 

Al año siguiente de ser declarado el relato más breve, «El emigrante» fue desplazado en 2006 por «Luis XIV», del español Juan Pedro Aparicio, que tiene solo una palabra: Yo.

¿Esa única palabra puede contener un cuento? Los especialistas del tema así lo declaran. Nuevamente, el título es parte imprescindible de la historia. En este caso, podría decirse que ES la historia. El lector debe entender que ese «yo» abarca la historia del absolutismo francés desde la subida al trono de este monarca hasta su muerte a los 76 años de edad. Todas las implicaciones del ego y el yo están ahí, no había necesidad de narrar, describir o explicar nada.

Hay que mencionar que Aparicio nació en 1941, o sea, que tenía en ese momento 65 años, mientras que el mexicano Lamelí, nacido en 1975, tenía treinta años cuando se publicó su microrrelato. Digo esto para marcar que la capacidad de elipsis no es distintiva, como algunos piensan, de los autores más jóvenes, los llamados millennials o nativos digitales. Se tiende a relacionar la brevedad, la ironía y el humor con las redes sociales, que suelen manejar estos componentes a toda hora, pero el caso de Aparicio desmiente con creces que el ingenio con que se condensa una idea literaria sea privativo de edad alguna.

            Por último, me gustaría recordar que tanto el minicuento como el microrrelato todavía son susceptibles de análisis literario con las herramientas que aportó el peruano Mario Vargas Llosa en su libro Cartas a un joven novelista de 1997. Con ellas podemos deconstruir el célebre microrrelato «El dinosaurio». Primero: el narrador que escogió Monterroso es un narrador omnisciente exterior y ajeno a la historia que cuenta. Segundo: el espacio que ocupa el narrador en relación con el espacio narrado, que en este caso se narra en tercera persona, confirma que es un narrador omnisciente. Y tercero, el narrador de Monterroso está en un tiempo presente y narra un hecho del pasado mediato o inmediato (los verbos despertó y estaba así lo demuestran).

Y Vargas Llosa escogió precisamente el microrrelato de Monterroso para ilustrar el cuarto problema: el punto de vista del nivel de realidad. Ahí demuestra no solo que estamos en presencia de un cuento fantástico, sino también que el narrador está en un plano realista, opuesto a la esencia fantástica de lo que narra, y lo sabe por una de las siete palabras del cuento: el adverbio todavía. Esa es la palabra que permite a Vargas Llosa afirmar que el narrador de Monterroso narra desde una realidad objetiva, pues de otro modo, no nos induciría a tomar conciencia de la transición del dinosaurio del mundo del sueño a la vida real del relato, «de lo imaginario a lo tangible».

De la elección del narrador, y la relación de este con el espacio, el tiempo y el nivel de realidad de lo que se narra, depende que una historia sea eficazmente asimilada por el lector. Según Vargas Llosa: «Esa capacidad de persuadirnos de su “verdad”, de su “autenticidad”, de su “sinceridad”, no viene nunca de su parecido o identidad con el mundo real en el que estamos los lectores. Viene, exclusivamente, de su propio ser, hecho de palabras y de la organización del espacio, tiempo y nivel de realidad de que ella consta».

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Breve recuento (de la no tan corta historia) del cuento breve en América Latina

Por Erian Peña Pupo

Julio Cortázar en «El cuento breve y sus alrededores», texto incluido en Último round, de 1969, y que condensa, de alguna manera, su opinión sobre el tema, escribió que “el gran cuento breve (…) es una presencia alucinante que se instala desde las primeras frases para fascinar al lector, hacerle perder contacto con la desvaída realidad que lo rodea, arrasarlo a una sumersión más intensa y avasalladora”. De un cuento así “se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante, al que se vuelve poco a poco con una mirada de sorpresa, de lento reconocimiento, muchas veces de alivio y tantas otras de resignación”, añadió.

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Las lecciones de Monterroso

Por Liset Prego

No hace falta ser un lector muy sagaz para notar la profusión de animales en los textos de Augusto Monterroso. Estas criaturas no son atrezo en las narraciones, toman los roles protagónicos con organicidad, y vuelcan en sus desdichas o peripecias toda la voluntad edificante del autor.

Escritos de este modo los textos se transforman en un espejo burlesco que no refleja al lector, pero quizás sí a su alter ego animal personificado. Aunque el propio Monterroso insistía en que no había en su literatura un afán moralizante, es imposible no encontrar en sus sarcásticas letras, pautas morales, desafíos existenciales resueltos con la sapiencia del fabulista, o magnificados para hacerlos notar.

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Diez minicuentos de Augusto Monterroso

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

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«Avance y fruto» de Rafael de Águila

Era difícil, condenadamente difícil avanzar. El medio oponía una resistencia tenaz, como si este avance que ahora ejecutaba junto a otros de su especie no hubiese tenido lugar millones de veces. Era fuerte, trataba de vencer todos los obstáculos mientras a su alrededor morían sus congéneres agotados, exhaustos. Esto, lejos de desanimarlo, le infundía fuerzas, lo hacía ver allá, difusa aun pero cada vez más cercana, la mole rosácea que debía ser su destino final. Al menos uno, uno de ellos, debía llegar y cumplir la tarea. Veía al resto desfallecer cuando en su cuerpo las fuerzas se hallaban aun casi intactas y se lanzaba hacia delante con todo ahínco, sabiendo que muy pronto el medio dejaría de ser adverso para facilitar el camino hacia la región más profunda. Cuando llegaron allí quedaban muy pocos, él entre ellos, con menos fuerzas pero distante de ser vencido, menos ahora que la pared rosácea se levantaba a su alcance, meta final nunca antes vista, pero reconocida por la memoria del ancestro.

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«De las piezas» de Dazra Novak

Metió un dedo en mi boca y masajeó la encía de ese lado. Hasta ahí, normal. Lo mismo hubiera hecho cualquier dentista. Es más, le agradecí que me diera tiempo después de la inyección, porque mis raíces son largas, profundas, bien encajadas, no se dejan extraer con facilidad. Normal que se recostara a mi mano que, inmóvil y expectante, yacía sobre el brazo del sillón. Lo mismo habría hecho cualquier dentista cuando se inclina sobre la boca abierta de un paciente y, sin querer, lo roza. Lo que no fue normal, y esto sí tuve que decírselo cuando lo encontré de casualidad a la salida, era que le hubiera pedido a otro que me atendiera argumentando que mi caso era muy atrofiado (al parecer mi cordal predispuesto yacía totalmente horizontal). Me pareció completamente injusto que me abandonara después de restregarse así contra mi mano, después de lanzar aquel aliento suyo sobre mi boca abierta. Sobre mi cara que, cubierta con un paño verde, no pudo ver su cara cuando agradecida yo y a falta de palabras, le chupé el dedo.

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CONVOCATORIA XXII Premio Celestino de Cuento (+video)

Ediciones La Luz y la sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín, convocan al XXII Premio Celestino de Cuento. El certamen se regirá por las siguientes bases:

  • Podrán participar todos los escritores cubanos, residentes en el país, miembros o no de la AHS, menores de 36 años …

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