Categoría: Poesía

La extraña felicidad en los sonetos de Liliana Rodríguez

Por Erian Peña Pupo

La poesía —aun la más desgarradora— resume y rezuma una búsqueda de la felicidad. El poeta ansía, evoca, rememora, con nostalgia o anhelo… y esa ansia o remembranza está dada por la plenitud o ausencia de las múltiples formas, posibles o extrañas, de eso que llamamos felicidad.

Buscamos la felicidad —decía Voltaire— sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. Tropezando, palpando paredes y puertas, dando traspiés un día tras otro. A veces la asimos, otras se aleja irremediablemente, dejándonos en los labios la extraña sensación del roce, de la posibilidad y sus fragilidades. De lo que pudo ser, pero jamás sucedió. Confirmándonos que «la felicidad —frágil idea— no era como yo la imaginaba: Una canasta llena. Un dios mirando/mis huesos en desgaste, perdonando/la ausencia que perdí, la que no tuve».

Pero lo que importa es la búsqueda, pues la felicidad es el camino.

Desde el pórtico, Liliana Rodríguez Peña (Puerto Padre, 1991) nos confirma que «El libro de la extraña felicidad» (Ediciones La Luz, 2019) es un cuaderno para acompañarnos a lo largo del camino. Incluso la portada —una fotografía de Lino Valcárcel que nos hace recordar algunas páginas neogóticas y tenebristas, o un camino simbólico hacia la luz— evoca el ascenso, el viaje. Cada poema —sus confesiones y búsquedas— nos parece tan próximo que nos invaden, después de la lectura, similares afirmaciones, dudas y deseos como somos capaces de aprehender.

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Sergio García Zamora: la poesía como calabozo

Por Moisés Mayán

 

Sergio García Zamora no tiene nada que demostrar. Lo confirmé una vez más cuando releí de una sentada la edición cubana de «Diario del buen recluso» (Premio Internacional de Poesía Gabriel Zelaya). Las clasificaciones «escritor en ascenso» o «joven promesa de las letras», han ido evaporándose de las notas críticas sobre su obra, y de los breves preámbulos a sus entrevistas. En Sergio García Zamora todo lo que parecía (ya) es, el vaticinio se ha vuelto certeza, y la posible revelación cuenta ahora con el respaldo de más de una docena de poemarios.

    Confieso, sin embargo, que mi criterio puede estar distorsionado, porque desde que conocí a Sergio en la Semana del Autor de Casa de las Américas en 2014, entre nosotros ha crecido una productiva amistad. Amistad que no precisa de encuentros habituales, ni siquiera de fecundos diálogos en las redes, sino del respeto y la admiración mutuos, de la lectura cruzada de nuestras obras, con el rigor de dos viejos correctores de pruebas.

    Desechemos entonces mi opinión, y concentrémonos por ejemplo en las valoraciones de Roberto Fernández Retamar, quien no vaciló en afirmar que Sergio: «es uno de los mejores poetas vivos de la Isla». O en Víctor Rodríguez Núñez, que da testimonio de la madurez expresiva y de la manera particular de percibir el mundo en Sergio García Zamora. Aunque su poesía ha desbordado los rigurosos límites de la Isla para leerse en Latinoamérica, en Europa y en los Estados Unidos, Sergio sigue comprometido con los lectores cubanos.

    A su Resurrección del cisne (Premio Rubén Darío, 2016) reeditado por Letras Cubanas, se suman «El frío de vivir» (Premio Loewe, 2017), acogido por la Editorial Capiro, y «Diario del buen recluso» (Ediciones La Luz, 2019). Cuarenta y cinco poemas en prosa conforman esta entrega, donde el poeta en posesión de los clásicos movimientos «del medio juego», construye su propia colonia penitenciaria para interrogar y ser interrogado.

    Al lector esquivo y ajetreado de nuestro tiempo, le recomiendo dos piezas irrenunciables: «Poema a mi padre» y «Tren de Occidente». Leer estos poemas es reconciliarse casi de forma providencial con la palabra. El mundo íntimo de Sergio García Zamora emerge en «Poema a mi padre» con temeraria sinceridad, mientras su observación acuciosa de la historia y la política, convergen en esa lección de filosofía que es «Tren de Occidente».

    Sergio García Zamora es un recluso de la poesía. Sus poemas son rectangulares como calabozos. Una vez que comienzas a leerlo descubres, con cierto horror, que has perdido tu libertad.

 

 

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100: Una cantidad misteriosa (dosier al centenario de Cintio Vitier)

Han existido varias formas de sanar, pero hemos apostado por la lectura. La complacencia de encontrar el verso justo, la medida exacta que nos provoque o nos deje la estabilidad emocional que necesitamos. Queremos adentrarnos, de la misma manera como el «ángel que devora las formas del silencio».

A un siglo del nacimiento de Cintio Vitier, en jornada de Romerías de Mayo, nuestra casa editora resurge en sus imágenes, en la metáfora que delira más allá de «una cantidad misteriosa». Detrás de cada intención, editores, diseñadores, promotores, encuadernadores, todos en general, sueñan los espacios y conciben un dosier que reúne en apenas cinco días un quehacer intenso literario, una especie de homenaje, una «sedienta cita, porque hay hambre de verso y de pasión».

El Salón Abrirse las Constelaciones, situado en el último piso de Ediciones La Luz mostrará en los canales y diversas redes sociales un panel por los destacados escritores e intelectuales holguineros: Ronel González, Eugenio Marrón y Manuel García Verdecia; la presentación del esperado audiolibro «10×10 Una cantidad misteriosa. Poemas de Cintio Vitier por jóvenes escritores cubanos & Dj Arte» , proyecto sonoro de la colección Quemapalabras, grabado en los estudios de Radio Holguín La Nueva con la colaboración de Héctor Ochoa como realizador, Dj Arte (Artemio Viguera) en la experimentación sonora, en las voces de diez poetas de la sesión de literatura de la Asociación Hermanos Saíz. A propósito de esta idea, la Promotora Literaria «Pedro Ortiz Domínguez» confeccionó a partir de nuestra selección un libroarte.

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Un libro de madurez

Por Fernando Rodríguez Sosa

Poesía, poetas, poemarios, centran la atención de un libro que se propone, y logra, nuevas e interesantes reflexiones sobre un tema que, a lo largo del tiempo, ha motivado el interés de investigadores de diversas latitudes del mundo.

Complexidad de la poesía (Ediciones La Luz, Colección Capella, Holguín, 2018, 176 pp) es el sugerente título de esa obra en que su autor, Virgilio López Lemus, entrega certeras y valiosas indagaciones.

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Las poses verbales de Norge Luis

Por Eugenio Marrón

No está de más recordarlo: postura –que viene del latín positura- es la manera en que cualquier persona se pone o, más exactamente, está “puesta”, vale indicar, lo concerniente a su colocación, figura o situación. Así, “pose” es la apariencia poco natural, principalmente la que pintores, escultores y fotógrafos le solicitan a sus modelos. Y también se designa como “pose” a los procederes y modos de hablar presuntuosos, o para decirlo mejor, al fingimiento. Tales posibilidades, adecuadas a los usos de la argumentación, sea oral o escrita, advierten una labor en la que cada paso a seguir en la colocación de las palabras, adquiere un valor tan singular como manifiesto.

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Metamorfosis del autor o cómo nacen las islas

Por Liset Prego

En el año de su nacimiento se hundió el Titanic. «La maldita circunstancia del agua por todas partes», diría. Un barco no es una isla. Virgilio no es una isla, pero quiere serlo.

Ha viajado, traducido a su amigo polaco Witold Gombrowicz, ha escrito, publicado, fundado revistas como Ciclón, una herejía junto a Rodríguez Feo, ha polemizado, lo hará toda su vida. Ha hecho amigos y enemigos. Ha regresado a su casa y aún no es 1959.

Entonces el país da un vuelco sobre sí mismo y se sacude la sombra del norte, convulsiona, se desprende de la garra. Virgilio escribe. El filántropo y La sorpresa son parecidos a ese tiempo nuevo. Van a escena. Envuelto en la vorágine transformadora de la revolución crea, cree.

Luego Virgilio tiene miedo. Lo ha dicho. Pero sigue siendo Virgilio, el de los Cuentos fríos, irónicos, absurdos, donde están los «puros hechos» y es suficiente; el de las Pequeñas maniobras narrando vidas intrascendentes, tan normales, hechas de gestos nimios, tan parecidos a la realidad; el del mito griego reinventado con ingredientes cubanos en Electra Garrigó, el del absurdo en El flaco y el gordo. Virgilio-Oscar, el poeta de regreso de Argentina, algo cercano a vencido, el mismo hermano de Luz Marina, anhelante del Aire frío, protagonista del ciclo infinito de la pobreza de una clase media en perenne agonía.

En él irradian el lenguaje autóctono, la ironía como firma, el humor negro, una causticidad ontológica, la reinvención del teatro cubano, la búsqueda de desmarcarse del cuórum, la vanguardia de la vanguardia. El hombre que ama a un hombre abiertamente en tiempos de puertas cerradas. Ese es Virgilio.

Busca constantemente la experimentación. Prueba la fórmula del teatro en el teatro. Reta al público, procura la interacción, provoca. Con Dos viejos pánicos gana el premio Casa de las Américas y es publicado en 1968.

¿Sería la maldita circunstancia, la de su nacimiento, la misma de su vida? Virgilio tiene miedo. Cómo no temer. Él es la disonancia. A nadie parece gustarle la estridencia de su otredad. Virgilio escribe, escribe como un modo de oxigenarse el alma, aunque en esta última etapa de su vida nada vaya a escena, nada se publique. Virgilio Atlas. Virgilio carga su isla en peso, la de su apartamento donde náufrago de su propia existencia crea un micromundo al que solo acceden unos pocos, elegidos acaso. Gente con menos miedo, menos grises que los años que viven.

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Escrito sobre piedra de rayo*

Por Luis Yuseff

 

Fue R. quien lo trajo a casa. De regreso a la pequeña choza en la provincia me esperaba un muchacho de pelo negro ensortijado. Algo más que sus veinte años rampantes lo distinguía: su silencio. El silencio que, de pronto, me hace parecer a los ojos de mis invitados inseguro, ansioso, desarticulado. El silencio de un dulce muchacho nacido en la calma aparente de su provincia y educado en la prudencia de sus mayores. Un silencio que pocos saben guardar sin resultar por ello descorteses o desmotivados. Un silencio que tiene que ver más con las palabras que con el sonido mismo. Un silencio que ha desterrado de sus dominios a la era digital. Un silencio animal. Y después de las necesarias presentaciones: pues un poco más de silencio. Casi terminando la tarde llegaron las tazas para tomar juntos el té, y aquello se fue pareciendo a una amable costumbre. Tomar juntos el té. No a las cinco de la tarde, de un día pactado, sino a la hora imprevista de un día cualquiera.

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