Categoría: Narrativa

Preguntada desde el espanto*

Por Adalberto Santos

Yo también quise para mí una casita japonesa junto a un remanso de aguas y el ritual de un desayuno de peces y legumbres. Pero tengo el vocerío de mi amada madre espantando las aves del amanecer, llamando al lechero que tarda o se demora entre las sombras, allá donde no puede verle. Yo también pude ejercer de masturbador anónimo en el metro de New York con Halloween y gente espantada y escondida detrás de la mascarada. Yo también quise darle vida a la palabra que seca en la tinta, aun sin saliva, pero la forma de la vida se me escapa entre los días que transcurren. Pero no quise morir ni una sola vez, pues no hay gloria en la muerte que no sea de ausencia. Por eso quiero llamarte, quedo, como se llama a un animal propio y místico. Nombrarte: Marina Perezagua, desde el maelstron distante. Ven a hablarme con tu palabra de tinta seca y cuerpo vigoroso que hiende la vida. Háblame del amor que alumbra los cuerpos, que produce una electricidad continua hasta consumirse y dejar la casa de la pasión a oscuras y fría. Háblame de la hibakusha, a quien la flor atómica despojó de sus atributos de varón. ¿Qué tan ardua fue su vida? ¿Qué tal la vida sin un pene, colgando como un parásito al que hay que darle de comer y asear? ¿Qué tal la libertad de escogerse? Dime también de los amantes prohibidos por las circunstancias, de un amor que está hecho de lianas y verdor y animales salvajes y también de muerte, de un amor que lleva por gracia y castigo el cuerpo de su amante a las espaldas y ve convertirse el rictus amado en la risa perpetua y calcárea de la eternidad.

Escribirte y preguntarte me duele, con el dolor y aprehensión de quién padece, rehén

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Metamorfosis del autor o cómo nacen las islas

Por Liset Prego

En el año de su nacimiento se hundió el Titanic. «La maldita circunstancia del agua por todas partes», diría. Un barco no es una isla. Virgilio no es una isla, pero quiere serlo.

Ha viajado, traducido a su amigo polaco Witold Gombrowicz, ha escrito, publicado, fundado revistas como Ciclón, una herejía junto a Rodríguez Feo, ha polemizado, lo hará toda su vida. Ha hecho amigos y enemigos. Ha regresado a su casa y aún no es 1959.

Entonces el país da un vuelco sobre sí mismo y se sacude la sombra del norte, convulsiona, se desprende de la garra. Virgilio escribe. El filántropo y La sorpresa son parecidos a ese tiempo nuevo. Van a escena. Envuelto en la vorágine transformadora de la revolución crea, cree.

Luego Virgilio tiene miedo. Lo ha dicho. Pero sigue siendo Virgilio, el de los Cuentos fríos, irónicos, absurdos, donde están los «puros hechos» y es suficiente; el de las Pequeñas maniobras narrando vidas intrascendentes, tan normales, hechas de gestos nimios, tan parecidos a la realidad; el del mito griego reinventado con ingredientes cubanos en Electra Garrigó, el del absurdo en El flaco y el gordo. Virgilio-Oscar, el poeta de regreso de Argentina, algo cercano a vencido, el mismo hermano de Luz Marina, anhelante del Aire frío, protagonista del ciclo infinito de la pobreza de una clase media en perenne agonía.

En él irradian el lenguaje autóctono, la ironía como firma, el humor negro, una causticidad ontológica, la reinvención del teatro cubano, la búsqueda de desmarcarse del cuórum, la vanguardia de la vanguardia. El hombre que ama a un hombre abiertamente en tiempos de puertas cerradas. Ese es Virgilio.

Busca constantemente la experimentación. Prueba la fórmula del teatro en el teatro. Reta al público, procura la interacción, provoca. Con Dos viejos pánicos gana el premio Casa de las Américas y es publicado en 1968.

¿Sería la maldita circunstancia, la de su nacimiento, la misma de su vida? Virgilio tiene miedo. Cómo no temer. Él es la disonancia. A nadie parece gustarle la estridencia de su otredad. Virgilio escribe, escribe como un modo de oxigenarse el alma, aunque en esta última etapa de su vida nada vaya a escena, nada se publique. Virgilio Atlas. Virgilio carga su isla en peso, la de su apartamento donde náufrago de su propia existencia crea un micromundo al que solo acceden unos pocos, elegidos acaso. Gente con menos miedo, menos grises que los años que viven.

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Algunos delirios corporizados de Alberto Garrandés

Por Erian Peña Pupo

Todo delirio, podría pensarse, presupone un estado de psicosis. Estos deben cumplir varios requisitos: ser una idea firmemente sostenida pero con fundamentos lógicos inadecuados, ser incorregible con la experiencia o con la demostración de su imposibilidad, y ser –subrayemos esto– inadecuado en el contexto cultural del sujeto que la sostiene. Alberto Garrandés lo sabe: ha amasado los suyos con las levaduras de un erotómano perspicaz y al mismo tiempo desbocado: sus delirios –alimentados por la cercanía de varios maestros memorables– desbordan las páginas de cualquiera de sus libros. Son, delirios al fin, recurrentes, intensos, insistentes, perturbadores, pérfidos…

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Diálogos con Heras León

Por Fernando Rodríguez Sosa

Toda entrevista es siempre una imprescindible fuente de información. Mediante ese juego de preguntas y respuestas entre un entrevistador y su entrevistado, es posible confirmar lo ya conocido y, aún lo más importante, descubrir lo insospechado.

Reflexión fácil de comprobar con la lectura del volumen titulado Eduardo Heras León: en el aula inmensa de la vida (Ediciones La Luz, Colección Memoria Nuestra, Holguín, 2018, 272 pp), con compilación y selección de entrevistas a cargo de Yunier Riquenes García.

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Testimonio de un seducido: “Animal de otra raza”

Por Adalberto Santos

Conocí a Maribel Feliú bajo las alas de un invierno en que pretendía ser sepultada. Amazona de la madrugada, nombrando el placer con palabras de frío y temor. Por eso, me detengo más de una vez, en la frase final y airosa de este libro: «Que llueva la carne palpitante. Jadea, carne. Llora. ¡Reza!». De este modo, con este mantra o urgencia, terminan los once cuentos que propone Maribel Feliú en esta especie de autoantología eminentemente erótica. Y aunque este ensalmo pueda llamar por sí solo la atención, y serviría acaso como mínimo botón de muestra, sería demasiado breve e imperfecto: la poiesis erótica de Maribel Feliú es más que una mera y desenfrenada invitación al aquelarre.

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Segunda mirada a un “Animal de otra raza”

Por Mariela Varona

Ya era hora de que los cuentos de Maribel Feliú encontraran abrigo en un magnífico estuche, como lo es esta edición de La Luz. Una cubierta hermosa, de una sencillez llena de sugerencias, expresa de maravillas lo esencial que encontrará el lector en este libro. La fotografía de Norlys Guerrero Pi que la ilustra, esta mujer de pelo largo, de espaldas, con una manzana que pide a gritos la primera flecha, pudiera ser un álter ego de Maribel Feliú y de la espera en que su vida literaria ha estado expuesta a mil contratiempos.

En la contracubierta, debajo de la foto de la autora y su sonrisa más dulce, hay una breve nota donde se enlistan premios y publicaciones. Los escritores sabemos que detrás de cada libro, de cada premio, hay horas de ansiedad, trabajo, desesperación, estrecheces, renuncias y noches de insomnio. Pero cuando en vez del genérico «escritor» hablamos de «escritora», hay que agregar atrasos en el lavado de ropa y la limpieza de la casa, angustia por terminar de hacer una comida que el resto de la familia está esperando; una cola interminable de quehaceres donde creemos ahogarnos y lo peor, no tenemos ninguna justificación para pedir auxilio.

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Las mujeres de Juan Siam

Por Mariela Varona

Cada libro que acompaño en Ediciones La Luz tiene un significado diferente. Declaro que a todos los he amado con mayor o menor intensidad, y ese amor, como es lógico, es proporcional al trabajo de parto de cada uno. Hay libros sencillos donde mi ojo de correctriz es apenas necesario; otros cuyo proceso fluye rápido, apenas sin trabas burocráticas ni técnicas. Cuando los ponemos en el regazo de sus padres o madres (autores/as), la sonrisa está despojada de solemnidad, pues no ha sido un parto tan difícil. Pero hay libros complejos con tablas y gráficos, otros que se demoran en salir, algunos que tienen que vencer mil obstáculos para venir al mundo.

Y ese es el caso de Indicaciones para divorciar a un hombre, del poeta, narrador y profesor universitario Juan Siam, nacido en Banes en 1960. Este es uno de esos libros que sabemos esperado por muchos, y por eso cada semana y cada mes de demora es angustiante, hasta que al fin podemos cargarlo, examinarlo, manosearlo y olerlo, y la sonrisa se convierte en risa de alivio, de distensión, de maternidad satisfecha después de batallar duro porque el recién nacido venga sano al mundo.

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