Categoría: Narrativa

Anna Lidia Vega Serova lee un cuento erótico en el patio de un museo colonial

Premio de Cuento La Gaceta de Cuba
Por Mariela Varona

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Un protagonista llamado Hemingway

Por Manuel García Verdecia

En la historia de las letras, hay autores cuyo interés humano se halla atrapado en las páginas de los libros que escribieron. Sin embargo hay otros cuyas vidas se incorporan a su obra como otra pieza inquietante y atractiva. Tal es el caso del escritor norteamericano que rememoramos. Nacido el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, la estela de su existencia está marcada por asombrosas peripecias. Fue conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido de gravedad; se enroló en la vida de jolgorios y excentricidades que el modernismo trajo al París de la llamada Generación Perdida; trabajó como corresponsal de un periódico para cubrir la Guerra Civil española; fue reportero y llegó a formar parte de un regimiento de infantería en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial; acechó submarinos nazis desde su yate el “Pilar” por las costas del Caribe; viajó infatigablemente en tareas periodísticas o por aventura a través de Francia, Italia, España, Grecia, Austria, Kenia, Congo, Tanganica, China, Cuba; sobrevivió a dos accidentes de aviación durante una estancia en el Congo belga; tuvo cuatro matrimonios con mujeres singulares (Hadley Richardson, Pauline Pfeiffer, Martha Gelhorn y Mary Welsh) y puso fin a su vida con un disparo el 2 de julio d e1961. Son estos los principales jalones del héroe de una novela llamada Ernest Hemingway.

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Nabokov, un forastero al borde del infierno

Por Mariela Varona

Porque sí: casi todos pensamos «Lolita», en cuanto se menciona a Vladimir Nabokov. Uno de los escritores mayores del siglo XX, autor de una novela canónica como Pálido fuego (1962), o de un monumento literario como Ada y el ardor (1969), ha quedado para siempre en el imaginario del lector contemporáneo como el creador de la nínfula: la niña seductora, la enfant fatale. Sin embargo, cuando indagamos en la vida de ese hombre nacido en 1899 en San Petersburgo, hay mil detalles que desmienten que Nabokov haya sido, como persona, el sátiro empedernido que muchos suponen.

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«La lección» de Emerio Medina

El mocito se entretenía mirando los molinos por la ventana mientras el maestro terminaba de leer el largo manuscrito.

     —¡Ea, Pedro, muchacho! —dijo el maestro de pronto—. Este personaje, este Alfonso, ¿no te parece demasiado flaco?

     —Sí, maestro. Verá…

     —Verá… ¡nada! —dijo el maestro con sequedad—. Un personaje tan flaco solo va a estorbar en el texto. Ningún lector va a retener en la memoria la figura de ese hombre alto y desgarbado que lleva un bacín por sombrero.

     El mocito bajó la mirada y se rascó la cabeza. Le parecía que, si bien el hombre flaco de su historia sería difícil de recordar para un lector, la idea de llevar un bacín por sombrero no resultaba tan descabellada. Pero aceptó la observación sin protestar y levantó los ojos otra vez hacia las lejanas torres de piedra de los molinos.

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Sexo chatarra: las provocaciones de María

Por Mariela Varona

Un título como este es una provocación. Porque, ¿puede el sexo ser tan efímero, tóxico y fácil de consumir como las hamburguesas con papas fritas? ¿Puede algo que se ingiere o consume ser irresistible o inevitable para el degustador, y tener luego consecuencias catastróficas? Este libro de María Liliana Celorrio intenta probar que sí: el sexo —o más bien el universo erótico de ciertos personajes— puede moverse entre circunstancias alevosas.

            Pero debemos poner atención en la segunda parte del título: no es solo Sexo chatarra, es también Los perfectos crímenes del corazón. Porque la pulsión del sexo, en los seres humanos, estaría mutilada si la razón —o el corazón, como quiera llamársele— no alentara los más temibles y arrebatados proyectos. Entre la naturaleza desnuda del sexo y las trampas de la razón, entonces, podemos apostar que anda este libro.

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La mujer del último show

n el libro hay tres relatos que exploran la relación del escritor con la literatura y de esta con la vida. «Sobre el uso de las armas de fuego» es un diálogo entre un autor y su personaje. El Narrador discute —no amigablemente—con su personaje Benigno Piñón, un tipo obsesionado con poseer un arma. En «Naturaleza muerta» un escritor que no ha vivido lucha por encontrar dentro de sí la pasión necesaria para narrar la pulsión sexual, que cree le garantizará el éxito. Por su parte, en «Días de lectura» Un hombre racionaliza las etapas de lectura de un libro que le resulta a la vez fascinante y agotador, y entabla una relación imaginaria con el escritor y su fotografía de solapa.

            Entre estos dos cuerpos —el relato noir y la reflexión sobre la escritura— hallamos tres textos que no tienen un denominador común en cuanto a género, tema o estilo, pero sirven como pausa generosa para la densidad de los que ya comenté. Uno de ellos es el tercer relato del volumen, titulado «La gran soirée», donde se cuentan los divertidos avatares de un grupo de amigos “colados” en una fiesta súper fastuosa que deriva en orgía. Quien conoce a Lourdes González puede imaginarla leyendo este cuento en público y escuchar perfectamente las risas del auditorio.

            La sexta historia es la única donde Lourdes renuncia a la atemporalidad de los otros diez relatos y trabaja a partir de un personaje real: la viuda del cosmonauta Yuri Gagarin. En «La trascendencia según V.G.» la anciana Valentina Goriácheva escribe una carta donde pone su pasado y el de su marido en su justo lugar. Cuando reflexiona sobre la fama, el valor, la trascendencia, y cómo esos conceptos pueden torcer para siempre el destino de una familia, veo el poder de la prosa de Lourdes González puesto en función de reivindicar a todo un universo de esposas olvidadas.

            En el octavo puesto cae el relato que da título al libro: «La mujer del último show». Se trata de una mujer transgénero llamada Francisco, quien canta en un cabaret de mala muerte y, entre su amiga Ivys y una paloma que cuida con obsesión, sueña con ser actriz e intenta darle sentido a su vida. En este cuento hermoso y lleno de delicadeza siento palpitar, junto al oficio narrativo, el enorme talento poético de Lourdes, que nada tiene que ver con el uso de frases o giros poéticos, sino con la intensidad con la que va tejiendo el relato hasta dejarlo descansar, como si la paloma de Francisco se quedara dormida.

             Entonces, al final, el libro desemboca en dos cuentos muy inquietantes, como si Lourdes González o su editor no quisieran que los lectores terminen de leérselo y se vayan tranquilamente a dormir.       

            Se trata de «Una boutique en el desierto» y «Una situación horrorosa y exultante, aviesa». En el primero, narrado en primera persona por un ser que vive solo y miserable en el desierto, su existencia cambia cuando descubre que alguien ha construido como por arte de magia una tienda lujosa para compradores inexistentes. No se sabe si es una alucinación o la superposición de realidades que generan los mundos paralelos, pero funciona perfectamente como una provocadora metáfora de la realidad.

En el último, un grupo humano se enfrenta a otro que le resulta extraño, ajeno. No se sabe quiénes son ni de dónde llegaron, y el miedo al Otro, a lo desconocido, va convirtiendo tanto al grupo autóctono como al invasor en enemigos mortales. Las estrategias que sugieren los personajes para deshacerse del problema son un muestrario de lo peor de eso que llamamos “humanidad”.

Estos dos últimos cuentos transpiran una atmósfera muy a lo Bradbury que, mientras leemos, sugieren un futuro distópico y alucinante. Pero más tarde el lector toma conciencia de que esas historias pueden suceder ahora, hoy, y nadie puede negar que hayan sucedido en algún pasado y que podrían suceder en un futuro inmediato. Porque están creadas con la conciencia de lo que el ser humano puede construir o destruir, y son metáforas poderosas del mundo que habitamos ahora mismo.

Es indudable que Cortázar tenía razón cuando afirmaba que «el resultado de la batalla entre la vida y la expresión de la vida es el cuento mismo, una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia». También tiene razón José Luis Serrano cuando afirma en la nota de contracubierta que en este libro «La realidad es distorsionada y recompuesta mediante estrategias narrativas que sacan a la luz las estructuras deformes de lo cotidiano».

            Y después de invitarlos a la lectura, mejor hago silencio. Y no cualquier silencio, sino el que pone Lourdes González en el último cuento de su libro: «un silencio de paisaje chino con largas hojas afiladas contra un cielo sin nubes». 

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«Decamerónicos. Cuentos aislados» para sobrevivir a la peste de este siglo

Por Liset Prego

Nuclearse alrededor de la literatura, conspirar en su nombre y en pro de la belleza, puede ser ingenuo, algo fuera de este tiempo, pero ellos insisten. Trece años hay entre el nacimiento de la primera y la última de estas voces narrativas holguineras que se reúnen como homenaje a la Asociación Hermanos Saíz, en su aniversario 35.

Diez miembros de la sección de literatura de Holguín que persisten en el afán del cuentero, obcecados en relatar, por encima de la abulia, de la alienación, de la paranoia, unen sus cuentos breves, escritos sin prisa, sin la urgencia de su generación o generaciones, pues hay entre ellos un puente que une lo analógico y lo ontogénicamente digital.

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