La luz te pertenece y el viaje en ascenso de Ícaro

Por: Erian Peña

Es 1968 y en Cuba un ángel asciende al firmamento literario nacional. La fuerza de su vuelo se sostiene en la poesía. Es un ángel hermoso de solo 22 años y va en pleno ascenso. Podríamos decir que lleva una túnica griega y que en su lírica hay reminiscencias clásicas, ecos del mundo grecorromano; podríamos decir, además, que la túnica le sirve para sostener las flores recogidas seguramente en la mañana, en del campo húmedo del paisaje natal; y que esas flores le dan a su poesía un olor a campiña, a juventud, a vida, a celebración del goce y los sentidos, al desborde de ellos… Este ángel vuela alto y tras sí destellan unos pocos rayos de sol que realzan su figura… Y en ese vuelo en vertical, el ángel se trastoca en Ícaro. Es un Ícaro de enormes alas que entonces no sabe –¿cómo saberlo, si él solo quiere gozar la felicidad?– que el ascenso, llegado a un punto, contempla la caída, y que la osadía conlleva al castigo, pero que solo los osados, los que corren el riesgo de perseguir un sueño, cualquiera, hasta el final, pueden llegar a tocar con un dedo, al menos con un dedo, el sol y su poderosa imantación lírica. Este ángel-Ícaro no tiene cabeza, es una figura descabezada la que sobrevuela, y a falta de ella habla, en cambio, un lenguaje de mudos. Es un ángel-Ícaro descabezado en cuyo cuello, como en susurro, se advierte que a sus palabras –casi en tono profético– le acompañarán un bregar por la mudez, pero no una carencia de lenguaje. Después de la tormenta, el bosque reverdecido –donde, como un animalillo, se resguardaba la poesía– se abría a la mañana, a los ecos de la gratitud al ángel-Ícaro.

Darío Mora, al ilustrar y diseñar el libro ganador del Premio David de Poesía de 1968, partió de esta imagen hermosísima y enigmática, para dialogar con los versos nuevos (y no por ser inéditos) de un muchacho llamado Delfín Prats Pupo que, en La Cuaba, donde nació y estaba en ese momento, demoraría en conocer la noticia de los ecos y respuestas de su lenguaje de mudos.

Tal vez quiso el azar lezamiano, que sabemos todos custodia ciertos trances poéticos y cotidianos –o porque todos los diciembre, mes de su nacimiento, desde hace varios años, soñábamos, pedíamos y reclamábamos el justo reconocimiento humano e institucional que merece–, que Ediciones La Luz escogiera otro Ícaro, más de cincuenta años después de aquel, para sobrevolar el cielo y enrumbar el viaje a otras galaxias. Esas galaxias –que me hacen recordar la galaxia Gutenberg y la aldea global que anunciaba en los años 60 el teórico Marshall McLuhan– tienen matiz digital y recorren las redes sociales a través de likes… De alguna manera es un Ícaro virtual, cibernético, pero igual de tozudo y soñador… La Luz –que desde sus inicios hizo suyos los riesgos y las osadías de poeta, y reclamó su vuelo y esparció sus ecos en los jóvenes; y publicó sus versos en modestos cuadernillos y más cerca en el tiempo, en una hermosa edición que recogió su poesía completa hasta entonces; y que resguardó su voz, sí, las formas de la voz del bardo, que como ninguna otra lee sus poemas; y que nombró una colección y hasta este salón con el título de uno de sus textos– ahora hace suyos estos versos para encabezar la campaña de promoción literaria que este 2023, con el llamado La luz te pertenece, conducirá el viaje a otras dimensiones del mito: Del infinito, del universo/ de la sustancia exterior:/ patria, bosque, ciudad, jardín,/ regresar a uno mismo, al yo primordial. Este Ícaro posmoderno, que bebe del pastiche y el arte digital, vuela de noche y lleva el corazón expuesto. Todo el pecho está abierto, ofrecido al otro, al prójimo, con la sencillez de lo cotidiano. Después del largo viaje, de andanzas y recorridos, el corazón late fuera, a la vista de todos, ofrecido al dolor y al amor… Ha resistido las batallas, y aun las cicatrices laceran el cuerpo. Este ángel-Ícaro –también con flores, como aquellas enigmáticas en los versos de Julián del Casal, y con alas duplicadas, enormes y hermosas, nocturnas como las aguas y como el caracol– no tiene rostro y en su cabeza porta el sol finalmente alcanzado… Los rayos que hicieron caer a Ícaro la primera vez, como lo pintara Brueghel El Viejo en la Holanda medieval, fueron testigos de cómo tras la caída, con el paso del implacable tiempo, una legión de Ícaros soñadores se levanta; porque eso tiene el viaje, el esfuerzo y el sueño: hace crecer alas en los brazos a quienes persiguen idénticos senderos; alas líricas, resonancias en forma de versos… Este ángel-Ícaro no se detiene, y como porta la luz y vio abrirse las constelaciones, indica con su mano que el viaje y la vida siguen. Otro ángel-Ícaro, uno que mira de frente con los ojos desorbitados desde un dibujo a tinta china, tiza y acuarela sobre papel de Paul Klee, el Angelus Novus, y en el que se basó Walter Benjamin, el filósofo judío exiliado Walter Benjamin, para conformar su teoría del Ángel de la Historia, nos asegura que una legión de ángeles nuevos es creada a cada instante para, tras entonar su himno ante Dios, ir disolviéndose en la nada. A este viaje de regreso al yo primordial y a las esencias de la poesía, nos invita Ediciones La Luz. Aceptemos, todos, esta invitación y el riesgo del vuelo, por favor, que la luz nos pertenece y hacia ella vamos.

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