Inventario de ingratitudes

Por: Elizabeth Soto

Para analizar un libro me detengo en sus pórticos. Los exordios, cuando están bien escogidos, siempre anuncian la sensibilidad del escritor, Yeilén Delgado en esta propuesta no es la excepción.

Fina García visita la antesala de este cuaderno: La dádiva de tu tiempo en ese niño pertenece a lo hundido, a la raíz, a lo que no tendrá nunca recompensa.

Así comienza este inventario de ingratitudes resumidos por la autora en los nueve textos que conforman el poemario: La ingratitud de predicar.

«La hija del poeta», «Poema no escrito», «Infiel», «Anestesia general», «Las manos», «Identidad perdida», «1:10 a. m.», «Mientras ordeno y no agonizo» y «Matriz».

«La hija del poeta» se desliza con sutileza en los exabruptos que se presentan en una vida después de los treinta. Conoce de cerca la separación, el síndrome del nido vacío, el miedo y el amor a una maternidad dictada por convenciones ancestrales, la muerte de sus mentores, la madurez con la que se espera que enfrente los desaciertos de la vida, pero la autora solo aprendió a conocerse en otros poemas y a que su paso por la existencia no está hecho para atravesar las realidades.

«Poema no escrito» es el tiempo que no tiene para el ejercicio de la escritura una mujer que escribe, la indecisión constante de dejar de ser para hacer, en este caso Yeilén Delgado sin opciones escoge orillas.

El verso libre invade al poema «Infiel» con un gemido triste, quiere escribir, debe escribir, pero las acciones hirsutas de una casa le roban el tiempo, el cansancio, la preocupación por los hijos. Al final, cuando resuelve el último verso, la autora se convence de que a todos les ha fallado, mas es de ella quien se ríe es la literatura: porque el poema no cree en momentos ideales y rara vez perdona la traición.

«Las manos» y la cicatriz como una medalla herrumbrosa son los símbolos que aparecen una y otra vez en los poemas que suceden. Para la autora en esta muestra no son importante los referentes, ni empatía con otros, está inmersa con notable intensidad en sus problemas (en el miedo de no construir lo suficiente) y llevarlos a flote es lo primordial, amando cada trozo de su esencia, de sus duelos, mostrando al mundo la otra cara de la maternidad, esas zonas o esos vacíos que los hijos no solucionan, pero en los que ella insiste en ver como acto de contrición porque no sabe, pierde el rumbo para asirse como animal hambriento de comunes lugares poéticos. Yeilén Delgado, quien resultara ganadora con este cuaderno de la colección Analekta, en la pasada edición del certamen literario El árbol que silba y canta, fue premiada entre otros preceptos, por su transparencia y lucidez a la hora de nombrar lo que no resulta grato, con verbos certeros que hacen de la selección un vademecum amatorio donde una mujer, a pesar de todo, no se rinde.  

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