Anna Lidia Vega Serova lee un cuento erótico en el patio de un museo colonial

 
Premio de Cuento La Gaceta de Cuba
Por Mariela Varona
A la Serova, por supuesto.
A todos los que estaban esa tarde en aquel patio y al Perro, que se perdió el cuento.
A Eulalia y Nohemí, dos damas tan serias que me ruboriza imaginarlas
leyendo esta historia.

El auditorio está sentado en minúsculas sillas plegables, de aluminio y tiras de goma. Han puesto un micrófono y la voz de ella, con modulaciones felinas, completa su imagen de gran gata de raza, de pómulos altos, ojos ladinos y verdosos. Mientras escucho, empiezo a dividir mi cerebro en dos mitades. Una de ellas sigue las peripecias del cuento, donde una reprimida profesora de Química es imaginada experimentando diversas formas de desahogo. La otra mitad de mi mente se ocupa en desentrañar por qué nunca escribo cuentos como ese.

            Repaso mis historias: casi todas terminan con algo violento, incluso cuando lo que está en juego es puramente sexual. El placer, ese placer desmedido que evoca la Serova gozosamente, ese placer público que va tocando a cada una de las cuarenta personas que la escuchan, yo no puedo (d)escribirlo. Me acuerdo de Grenouille, cuando se enfrentó a una multitud armado solo con su perfume, y logró que ellos se sintieran acariciados en su zona más íntima, de la forma precisa y secreta que cada uno necesitaba. La Serova tiene solo su voz de gata, e imagino a cada cual removerse con los detalles más escabrosos.

            En el público hay personalidades de la cultura nacional, personajes y personajillos de la cultura local y aprendices de escritores. Ah, olvido a unas viejitas empleadas del museo, que asisten a esta “actividad” porque aún no han terminado su jornada, y se espantan como mulas de aldea ante las acrobacias de la profesora de Química, que tiene un enorme pepino introducido en la vagina.

            Si empezara a narrar algo así, seguro me saldría como una cita de Helen Kaplan o de Masters y Johnson: la heroína sentiría en primer lugar la frialdad de la superficie del pepino, y lucharía por engarzarlo con sus fantasías eróticas favoritas, hasta lograr, después de ímprobos esfuerzos, una lubricación adecuada. Tal vez, en mi obsesión cientificista, acabaría por describir un sensor electromagnético insertado en su vagina, que fuera transmitiendo a los lectores las curvas de dilatación. Al final, es muy probable que la heroína muriese electrocutada, con la constancia de sus reacciones en una pantalla oscilográfica.

            Esto me sugiere algo: a ambos lados de la Serova se levantan dos inmensas pantallas de video beam. En una de ellas, los espectadores-oyentes pueden mirar, al natural, la escena que describe la narradora. Una bella mujer con ropa interior de encajes negros se introduce, extasiada, el grueso falo vegetal y está moviendo el cuerpo en espasmos cada vez más violentos, rodeada por el escenario en que previamente fue ubicada: una cama cubierta de seda, con dosel, llena de tenues brillos sensuales.

            En la pantalla de al lado, está sucediendo lo mismo pero visto por mis ojos: una pobre mujer desesperada no logra imaginar del todo cómo conseguir un orgasmo con el dichoso pepino, que cada vez se le parece menos a una pinga. La cama de esta mujer, con los muelles vencidos y sábanas de color terroso, explican de sobra su soledad, su dejadez, su completa falta de coquetería para conseguir un amante, su miedo a buscar en la calle esa pinga que tanto necesita, y su convencimiento de ser incapaz de lograr que se exciten con ella, aunque compre ropa interior de encajes negros.

            La Serova le da entrada en su cuento a otro personaje: una perversa mucama adolescente. En su pantalla, veo aparecer una muchacha de suaves curvas doradas, con teticas rosadas sin silicona y movimientos de pasarela Calvin Klein. Pero en la mía, sin que yo sepa por qué, ha aparecido C. Es una antigua amiga que compartió conmigo una intensa vida nocturna, y cuyo aspecto de chica desvalida hacía difícil imaginar su potencial libidinoso. Me doy cuenta de que la he evocado porque siempre me pareció apta para llegar a la habitación de una mujer desesperadamente sola, y lanzarse hacia ella con el fervor de una misionera que escucha una orden de Dios.

            En la pantalla de la Serova las dos mujeres se aman con un placer apabullante. Hay varios close up: una boca lamiendo pezones erectos; una mano que ayuda a introducir con cadencia de coito el pepino de marras, mientras los dedos de la otra estimulan el orificio anal de unas nalgas gloriosamente tropicales.

            Pero en mi pantalla solo se ve a dos seres que no saben qué hacer. C. retuerce su cuerpillo de liebre entre los brazos de la mujer, buscando un mecanismo cualquiera que la ayude a encontrar lo que la otra necesita, y le demuestre que su intervención no ha sido en vano. Prueba a lamer por aquí, a hurgar por allá, pero en su cara no se ve placer, sino una dolorosa conciencia. Es como si estuviese cumpliendo una misión, no un ritual de orgiástica alegría. Busca en el rostro de la mujer una muestra de aprobación, pero esta se concentra solo en analizar si debe permitirse una reacción lésbica.         

De repente, caigo en la cuenta de que hay otros cuarenta cerebros a mi alrededor, produciendo sus propias imágenes. En la pantalla de una de las glorias nacionales que escuchan a la Serova reconozco una escena de Kundera. En ella, Eva y Marketa, las de El Libro de la Risa y el Olvido, se abrazan con la complicidad de dos hermanas: tienen como partenaire al marido de la segunda. Eva es un regalo mutuo que se hacen los esposos, y por eso las caricias entre ellas tienen una apacible ternura, a salvo de los celos.

            También reconozco, en la pantalla de un poeta de boina y pantalón estampado, una escena de Mishima: la relación entre una mujer de mundo, madura y apetecible, y una princesa tailandesa que no sabe nada de sexo. Las dos se revuelcan sudando, enredadas en sus larguísimos cabellos sueltos, gimiendo y arañándose, mientras son observadas tras un panel corredizo por un voyeur, cuyo mayor esfuerzo es… ¡distinguir determinados lunares!

            En la pantalla de las viejitas del museo, en cambio, se ven dos “tortilleras” de barrio bajo, llenas de cicatrices y marcas de chupones, haciendo un sesentainueve; enfrente están los que pagan el “cuadro”: unos cuantos gozadores de la vida. Ellos  beben cerveza mientras disfrutan el espectáculo, donde tienen prohibido intervenir.

            Ya no sé a cuál pantalla mirar. La mía es asquerosamente descarnada, cínica, sociológica y aséptica. La de las viejas es asquerosamente grosera y prejuiciosa. La de los personajes importantes es asquerosamente intelectual. La mejor, para mí,  sigue siendo la de la Serova, porque es la única que invoca un placer torrencial, mientras su voz felina mantiene el hechizo que hace funcionar el resto de las pantallas.

            A mi lado hay un poeta gay. Tal vez está mirando a dos travestis que se acarician sin quitarse las bragas de encaje negro. Tal vez a dos negros que se hacen una felación brutal, mientras imaginan en su fuero interno ser frágiles doncellas. De lo que sí me convenzo es de que en su pantalla no hay close up alguno que muestre una vulva palpitante: el poeta gay estuviera vomitando de asco sobre estas baldosas centenarias.

            Se me ocurre una alternativa: está viendo a dos preciosas rubias de la Playboy, que miran a la cámara mientras fingen caricias íntimas. Las dos usan ligueros de seda con medias negras, zapatos italianos de tacones puntiagudos, y sus cabelleras no tienen un pelo fuera de lugar. Una de ellas empina sus nalgas en una almohada de satén, mientras la otra chupa con falso candor infantil un vibrador fosforescente, y apoya un dedo en el pezón de la primera. El poeta gay está mostrando esa pantalla a un recluta robusto y bellísimo, digno de Reinaldo Arenas, mientras posa su mano leve en un muslo de él y va subiendo, palpando, apoderándose de un cilíndrico pepino verde olivo.

            Solo me falta buscar las pantallas de las lesbianas presentes en el patio, o por lo menos de las más estentóreas, que son tres. Aunque tengo la sospecha de que, en lugar de atender lo narrado, se dedican a mirar los muslos limpios y macizos que la Serova exhibe fuera de un short de mezclilla escandalosamente corto. De todas formas, pruebo a atisbar en sus versiones del cuento.

            Aquella, productora de la TV, está mirando extasiada su propia escena de amor con la amante de turno. Pero sin pepinos ni otros objetos fálicos: ella está “bien definida”, que conste. Otra de las “tuercas” (¿de dónde saldría la palabreja?) está a punto de llorar: ve a la muchacha adolescente de la historia con el biotipo de un amor perdido, atendiendo a su rival con las artes amatorias que ella misma se tomó el trabajo de enseñarle.

            Es la tercera lesbiana presente la que más me interesa ahora, pues debe estar introduciendo en su pantalla algo interesante. Esta tuerca, según las del gremio, es una tortillera clásica, de las que hacen “tortilla” de verdad, pubis contra pubis, y no acepta otras variantes de amor sáfico. Y eso yo sí quisiera verlo, porque llevo años agotando la paciencia y la capacidad descriptiva de las tuercas que conozco, con este asunto de la tortilla. ¿Dónde meten las piernas, por Dios? ¿Cómo pueden hacer coincidir dos superficies que están en planos inclinados divergentes? Porque eso no lo he encontrado ni en Masters y Johnson, ni en las novelas, ni en las películas porno, ni mucho menos en las Playboy y las Penthouse. Es más, ni en los cuentos de la Serova, ni en los de Ena Lucía Portela…

            ¡Horror! Al parecer, la tortilla es un prejuicio universal. No hay tortilla en los grabados japoneses, ni en los frescos de Pompeya, ni en las ruinas del palacio de Cnosos, ni en la Biblia, ni en las pirámides de Egipto, y ni hablemos de las cuevas de Altamira. ¡Ni siquiera en los cuadros, que pagan los vividores, hay tortilla verdadera! Insisto en localizar la pantalla de esa única tuerca convencional, clásica. Pero tengo que desistir, porque corro el riesgo de perder el hilo del cuento.

            En la historia de la Serova empiezan a aparecer animales: entramos en la etapa zoofílica. Ella habla de un gato, amaestrado por el personaje-narrador. No hace falta que aclare para qué ha sido amaestrado, pues nos basta con las referencias a la aspereza de su lengua. Aunque, quién sabe, tal vez las viejitas museables no han comprendido del todo.

            Lo malo es que, al entrar en danza el gato de la narradora —imaginada por la Serova—, que a su vez está imaginando a la profesora de Química revolcándose con la mucama, hay tantas pantallas de video que apenas caben en el patio. Por suerte, esta tarde de mayo, poco antes de la puesta del sol, se ha vuelto fresca. Porque ya no se ven las columnas que sostienen el segundo piso de esta casona colonial: el auditorio está encerrado entre los muros iridiscentes de las pantallas.

            Y tengo un sobresalto: en ellas, la historia que se escucha está cambiando demasiado. Al principio las imágenes se sucedían disciplinadas, a tono con las descripciones serovianas. Pero ahora están ocurriendo puntos de giro individuales. En la pantalla de una dama distinguida, famosa por su pureza de costumbres —divorciada siglos ha, sin amante conocido— veo a esa señora ocupando el lugar de la profe de Química, echada en un sofá, vistiendo una bata de casa desteñida —Dios mío, qué fea se ve sin maquillaje— y haciéndose lamer los genitales por una graciosa Cocker Spaniel, cuyas orejas cosquillean los muslos de la matrona.

            Una de las viejas del museo está generando otra imagen perturbadora: ella atisba por un hueco del tabique de plywood que separa su dormitorio del de la hija. Del otro lado, el yerno azota con su enorme pinga el pecho y la cara de la muchacha, mientras la viejuca utiliza con manos temblorosas el desodorante de bolita —vacío— que guarda en la gaveta de la cómoda.

            Trato de volver a las dos pantallas originales y prescindir de las otras, porque estoy entrando en caos. Ahora pululan otros tipos de pantalla y es difícil encontrar la mía y la de Anna Lidia Vega Serova. En la de ella se suceden imágenes vertiginosas, con variantes zoofílicas insospechadas —el colmo es que ha introducido un caballo y hasta un oso en la orgía— y masturbación por teléfono entre la narradora y la profe de Química.

            En la mía, ya no veo a la mujer desesperada del principio. Ahora hay una gordita, no muy joven y algo desaliñada, acostada en una cama, absolutamente inmóvil. Está mirando sin pestañear una gran pantalla de video beam donde se ve un patio rodeado de pantallas, en el medio del cual lee la Serova. Es evidente que ella no puede generar placer: mira el placer de los otros. Está inmóvil, observando las variantes del placer con las que gozan los demás y que a ella no le hacen gozar para nada. Porque si al menos la excitaran, estuviera masturbándose. Pero ahí la veo: inmóvil, observando, como el voyeur de Mishima.

            No es posible que ella sea el único ser gélido en este gran carnaval. La clave —pienso— está en que no ha echado a andar el motor de sus fantasías como los otros, seducidos por la Serova. Se ha negado a ser manipulada por ella, supongo. Ha querido disfrutar del espectáculo de la líbido multitudinaria, prefiriendo dejar el suyo en la intimidad. Pero sé que ella tiene miedo. El miedo a las cosas de resultados impredecibles, como el miedo a la hipnosis, a las consultas espirituales, al Somatón. Miedo de que los demás hurguen en sus resortes como ella hurga en los de todo el auditorio.

            Echo un vistazo a las otras pantallas. Lo que veo en ellas me deja en el colmo del desconcierto: la gente, no contenta con haber adulterado la ilación de la historia principal, involucrando en ella sus propias fantasías, ha empezado a robar imágenes de las pantallas ajenas.

            Por acá veo a la dama seria introduciéndole el pepino a un travesti negro con ajustador de encaje. Por allá, la Cocker Spaniel se deja lamer su totica por el oso de la Serova. Al lado, las dos chicas Playboy le dan vergazos por todas partes, con la pinga plástica fosforescente, a la vieja del museo. El poeta gay se está engullendo la verga del caballo de la profe de Química, y el recluta introduce su falo, con violenta impudicia, en el trasero de la princesa tailandesa. El marido de Marketa ha cambiado a Eva por el “compromiso” de la productora. La profesora de Química se está introduciendo, en lugar del pepino, el desodorante de bolita. La tuerca clásica ha puesto a hacer tortilla a C. con la mismísima Serova, mientras el yerno de la vieja museable se hace lamer su enorme miembro por el gato amaestrado.

            Solo hay una pantalla que se mantiene igual: aquella donde el primer plano lo ocupa una mujer regordeta, echada en una cama, mirando en una gran pantalla la multitud de pantallas cambiantes, que reproducen en pequeño lo que yo veo a tamaño natural. En este caos indescriptible hay un silencio extraño, un silencio atestado de imágenes, donde solo se escucha la voz de la Serova y algunas risas sofocadas cuando ella incorpora un nuevo elemento alucinante a la historia leída. El contraste entre la agresividad de las imágenes en las pantallas y la placidez del rostro de los oyentes me enerva.

            Quiero agredir. Siento la necesidad de invocar un elemento bien disonante, que atraiga la atención de todos hacia mi versión del cuento. Si solo soy capaz de generar historias morbosas, violentas, esquizoides, ¿por qué tengo que esforzarme en describir el placer? Hago un tremendo esfuerzo de concentración; es difícil lograrlo ante tantas visiones de lujuria: vulvas abiertas, glandes a punto de estallar, pequeños surtidores de esperma, lenguas goteantes, rostros desfigurados por la pasión del goce.

            Y entonces, algo atrae mi atención. En la pantalla que mira la mujer gordita, inmóvil en su cama, aparece una imagen fuerte: es un muchacho andrógino, en la edad imprecisa de los efebos. Tiene ojos grandes y cejas alargadas, finas, crueles. La boca es del color de alguna fruta exótica, y el mentón se alza sobre un cuello de base ancha que muestra la tersura y esplendor de la piel. Va vestido de cuero negro —pantalón ceñido y chaqueta corta— con apliques de metal. Lleva aros de plata en las orejas, el pelo suelto hasta media espalda. Arrastra una cadena con una mano y en la otra lleva un cuchillo estrecho, como una faca.

            El muchacho está entrando en el patio colonial y pisa con fuerza las baldosas con sus toscas botas negras. El ruido de la cadena interrumpe el silencio que rodea a la voz de Anna Lidia Vega Serova. En la pantalla de la mujer gordita se ve al intruso detenerse, mirar a los que están sentados en el patio (reconozco mi propia espalda, y siento un escalofrío al saberla mirada por él), fijarse en la mujer que está leyendo y echar un vistazo a cada una de esas pantallas brillantes. Hay un acercamiento de cámara a su rostro cuando detiene la vista en la pantalla donde está echada la mujer inmóvil que lo mira.

            Ellos se miran, pero en y desde pantallas diferentes: la mujer lo mira desde la cama en su gran pantalla, que muestra un patio atestado de ellas; él la mira desde ese patio, en una de las pantallas que lo rodean. En ese instante ella sustituye todas las demás imágenes por la nueva, y esta se multiplica en los muros iridiscentes que rodean su patio. Él observa parado, con las piernas abiertas, cómo el patio entero se llena de su imagen. La multiplicidad de las pantallas acentúa mil veces su belleza. 

            En los ojos del muchacho aparece un fulgor siniestro, y sonríe. Se da vuelta lenta, simultáneamente, en todas las pantallas que rodean el patio que mira la mujer gordita, y se queda mirándola, esta vez sí frente a frente, de la pantalla a la cama. Su imagen, ahora, toma proporciones gigantes, eclipsa el fondo del patio donde antes eran reconocibles nuestras espaldas, la silueta felina de la Serova, el muro iridiscente de las pantallas.

            Siento la voz de la narradora muy nítida: hay una especie de silencio visual. La gente se remueve en sus sillitas plegables. Me doy cuenta de que ahora las demás pantallas están detenidas, como difusas, porque todos miran lo que ocurre en la de esa mujer. La causa no es solo el tamaño de la imagen que ella invoca. Es también su belleza satánica, su androginia, su frialdad.

            La gente está desconcertada, porque no sabe si es un muchacho lánguido o una muchacha viril. Es como Lilith, pero vestido(a) de cuero. Es más, mirándolo bien, yo tampoco sé si es chico o chica. Además, qué importa. Lo que importa es que cada vez parece más real, más de carne y hueso. En algún momento se desmaterializó la pantalla donde estaba su imagen y ahora es él en realidad quien se acerca a una cama desde donde, inmóvil, lo mira una mujer regordeta, desaliñada. Cuarenta personas los miramos a los dos.

            Me causa una desazón extraña la manera que tienen de mirarse. La gordita lo mira como al ser más bello que pudo imaginar. Pero él (ella), imperturbable, se dedica a esposarla a los barrotes de la cama. Solo las manos, porque la cadena está reservada para los pies. Es curioso que, después de tantas vulvas abiertas, la de esa mujer se cierre con la atadura, en torno a los tobillos, de una cadena de hierro. Me resulta un símbolo tan fuerte que tengo que cerrar los ojos un momento.

            Pero en la pantalla, ella sigue mirándolo(a) con tanta intensidad que uno comprende por qué es odiada, encadenada de esa manera. A un ser bello, absolutamente bello, tiene que molestarle esa mirada fija, idiota, embobada, con que lo mira una mujer nada sexy. Sin dinero, sin poder, sin artificios. Comprendo que tiene que odiarla porque no puede sacar nada de ella, porque le da rabia provocar una adoración tan inútil; porque es imposible extraer algo de una persona que solo sabe mirar el placer de los demás, y no le interesa recibir placer de nadie.

            Aprovecho que el ser está asegurando las amarras —dejó el cuchillo sobre la mesa de noche— para explorar al auditorio: compruebo que el muchacho(a) ha aparecido también en las demás pantallas de nuestro patio, pero con los arreglos inevitables. Acá, se parece a un actor de moda; allá, a una cantante popular. Los hombres hétero y las tuercas ven en él a una muchacha espléndida. Los gays y las mujeres hétero le van agregando atributos viriles.

            Observo cómo termina de amarrar a la mujer regordeta. Levanta su falda y en la pantalla aparece todo el bajo vientre, sin encajes negros, sin seda, sin liguero. El ser recoge el cuchillo de la mesa de noche, y se aproxima más aún. La voz de la Serova se oye cada vez más lejana. Solo puedo mirar al visitante. Quisiera cambiar la vista, no mirarlo con la cara de vaca estúpida con que lo mira la gordita que provoca su odio, pero es más fuerte mi deseo de mirar. Me duele tanto su belleza. Me duele tanto la crueldad de sus cejas alargadas, la perfección de su nariz, de sus labios desdeñosos. Me duele que sonría de tanto odio a la mirada.

            Y veo cómo la punta de su cuchillo se acerca al vientre. Los demás pueden verlo también, me doy cuenta. En todas las pantallas está la misma imagen. Su cuchillo traza una línea recta desde el ombligo hasta el comienzo del triángulo. Hay un close up para esta raya carmesí que tiene una asombrosa simetría. Y yo no puedo dejar de mirarla. Nadie puede dejar de mirarla. Ni siquiera la Serova, cuya voz felina parece cantar un réquiem.

            Los ojos del muchacho andrógino están fascinados. El cuchillo vuelve a posarse en el vientre, esta vez a la derecha del ombligo, y de nuevo hay una línea en la carne que va haciendo brotar el rojo como un pequeño reguero de pólvora. Los cortes se suceden, concéntricos, y van a morir todos en el comienzo de la vulva. Un sol de sangre llamea sobre el vientre de esa mujer regordeta. El clásico sol infantil, formado por rayas que convergen en un punto. Como el sol que empieza a ponerse esta tarde de mayo.

            Quiero gritar, pedir auxilio. No puedo soportar que el amor de esa mujer por la belleza sea castigado, seccionado a punta de cuchillo. No quiero que todos vean esa imagen sustituyendo a las demás. Es terrible ver la belleza convertida en instrumento de castigo. No quiero que nadie hurgue en esos traumas. Necesito conjurar tanta miseria con el placer que invoca la Serova, añoro ese placer, a mí siempre me ha bastado con mirar el placer.

            Pero ya la Serova terminó de leer su cuento. Nadie escucha mis gritos. El patio está fresco y oscuro como el de un templo. Oigo los aplausos. Ella sonríe, con sus ojos de gata de Cheshire. Las pantallas se han desvanecido en el aire. La gente se levanta y estira las piernas, poniendo cara satisfecha. Unos acuden a hablar con la Serova, otros se arremolinan junto a las glorias nacionales, el poeta gay recoge de mi lado una enorme mochila y las viejitas se marchan. Yo quiero pararme, pero no puedo. Quiero hablar, decir algo, pero una gran fatiga me lo impide. Y siento algo tibio corriendo por mi vientre, resbalando por entre mis muslos; una tibieza que empapa mis ropas y gotea, a través de las tiras de goma de mi sillita plegable, sobre las baldosas de este patio colonial.

 

 

 

 

 

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