Un protagonista llamado Hemingway

Por Manuel García Verdecia

 

En la historia de las letras, hay autores cuyo interés humano se halla atrapado en las páginas de los libros que escribieron. Sin embargo hay otros cuyas vidas se incorporan a su obra como otra pieza inquietante y atractiva. Tal es el caso del escritor norteamericano que rememoramos. Nacido el 21 de julio de 1899 en Oak Park, Illinois, la estela de su existencia está marcada por asombrosas peripecias. Fue conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, donde resultó herido de gravedad; se enroló en la vida de jolgorios y excentricidades que el modernismo trajo al París de la llamada Generación Perdida; trabajó como corresponsal de un periódico para cubrir la Guerra Civil española; fue reportero y llegó a formar parte de un regimiento de infantería en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial; acechó submarinos nazis desde su yate el “Pilar” por las costas del Caribe; viajó infatigablemente en tareas periodísticas o por aventura a través de Francia, Italia, España, Grecia, Austria, Kenia, Congo, Tanganica, China, Cuba; sobrevivió a dos accidentes de aviación durante una estancia en el Congo belga; tuvo cuatro matrimonios con mujeres singulares (Hadley Richardson, Pauline Pfeiffer, Martha Gelhorn y Mary Welsh) y puso fin a su vida con un disparo el 2 de julio d e1961. Son estos los principales jalones del héroe de una novela llamada Ernest Hemingway.

Ernest era hijo de un médico amante de la caza y de una músico que desbordaba energía vital. El padre lo enseñó a disparar y pescar. La madre insistió en que aprendiera a tocar el violonchelo. Entre una escopeta y un violonchelo osciló su existencia. Una le mostró el rigor de la violencia, la fuerza que puede aniquilar a gusto. El otro le mostró la armonía que hace bello el tiempo y disuelve la soledad. Entre esos dos extremos buscó Hemingway hallar el fiel de su existencia.

No resulta fortuito que el autor mostrara un interés vehemente por  la guerra, la caza, la pesca de altura y los deportes violentos como el boxeo, el fútbol americano, las corridas de toros. Se relacionó con estos y los practicó desde temprano en su vida. Luego le sirvieron para sus crónicas periodísticas, sus narraciones o como refugios para su desazón. Al seguir el derrotero de su existencia errante y azarosa un no puede menos que preguntarse que había tras esto. Es evidente que se trataba de un vitalista, alguien que iba tras los placeres extremos. No hacía nada en pequeño, sino en grande, hasta prácticas que lo llevaban al borde del abismo como el alcohol. ¿Acaso coqueteaba con la muerte o trataba de derrotarla?

Evidentemente, a pesar de sus fanfarronadas y su constante ajetreo, de hallarse siempre en el vórtice de algún episodio que incluía a muchos otros, Hemingway era un hombre solo. El ruido y la violencia con que vivió, su constante movimiento de un lado a otro, la inmersión en aventuras descabelladas, sus continuos amoríos, sus refriegas con autores y artistas, nos parecen acrobacias para ocultar su talón de Aquiles, su profunda soledad. No es casual que en el discurso que envió para que leyeran a su nombre en la recepción del Premio Nobel (otro acto que atraía la atención) tocara el tema. En el texto dice: «Escribir, en su mejor momento, es una vida solitaria. Organizaciones para escritores palían la soledad del escritor, pero dudo si mejoran su escritura. Crece en estatura pública como vierte su soledad y a menudo su trabajo se deteriora. Porque hace su trabajo solo, y si es un escritor lo suficientemente bueno, debe enfrentar la eternidad, o la falta de ella, cada día.» Nótese que explícitamente aclara que el modo de “verter su soledad”, o sea, cómo la emplea, la enmascara, le saca réditos, hace elevar su “estatura pública”. Fue lo que hizo toda su vida, llamar desesperadamente a que lo notaran, que lo tuvieran en cuenta. Por supuesto, con una obra tan sólida no era nada arduo.

La confluencia entre la vida y la obra de Hemingway es asombrosa. No solo se trata de su involucramiento en actos azarosos que, recreados, vuelven a asomar en sus libros. Así el ambiente de búsquedas y desencuentros del París de la Generación Perdida en Fiesta; su experiencia de ambulanciero en la Primera Guerra Mundial en Adiós a las armas; o su vinculación con el sector republicano en al Guerra Civil española visto en Por quién doblan las campanas; la experiencia del afán solitario por vencer una fuerza opuesta semejante durante la pesca, tal como lo presenta en El viejo y el mar, por solo citar unos ejemplos muy conocidos.

Sin embargo esta fluencia entre vida y obra llega hasta la forma de escribir. Hemingway desarrolla un estilo que podríamos denominar pugilístico. Golpes duros, secos, seguidos, que van abriéndose camino hasta derribar el obstáculo que entorpece lograr un sentido. No es casual que a los que compartieron esta manera de escribir les denominaran los “duros”. Así son las oraciones y frases con que relata. Desde muy joven, cuando se iniciaba en el periodismo desde el Kansas City Star, había aprendido en su libro de estilo que la mejor manera de presentar los hecho era emplear oraciones cortas; que un sustantivo y un verbo bien elegidos era todo lo necesario para describir cualquier asunto. Y que era necesario obligar al lector a hacer lo suyo. Todo no lo podía poner el escritor. Había que entregar unas gotas de sentido para que el lector compusiera la totalidad. A fin de cuentas, por lo general no entramos en el interior de los asuntos sino que captamos lo que queda a la vista. Entonces el escritor debía callar cosas, no inmiscuirse con explicaciones ni aclaraciones en la vida de sus personajes. Su labor era dar las pinceladas fuertes que apuntan un cuadro y dejar el resto a la imaginación del lector. Es lo que denominó la técnica del “iceberg”, cuya punta visible denuncia siete octavas partes bajo agua. Son estas las que, a partir de las señas que da el escritor, debe aportar la pericia del lector. No se puede ser un lector pasivo en ninguna obra de Hemingway.

Lo medular de la creación hemingwayana está concentrado en las diez novelas que publicó (tres de ellas tras su muerte) y diez libros de cuentos (cuatro post mórtem). Entre sus novelas sobresalen Fiesta, 1926, sobre el París de la Generación Perdida y la España de corrida de toros; Adiós a las armas, basada en episodios autobiográficos de su vida de ambulanciero durante la primera Guerra Mundial; 1929, Tener y no tener, 1937, sobre el contrabando de bebidas entre Cuba y EE.UU., durante el periodo de la Ley Seca; Por quién doblan las campanas, 1940, un amplio retrato de la Guerra Civil española; y El viejo y el mar, 1952, que refleja la soledad y el arduo afán de un pescador solitario. Sus cuentos son magníficos y en ellos destaca el estilo parco, elíptico y sugerente de su narración. Títulos como “Las nieves del Kilimanjaro”, “La breve vida feliz de Francias Macomber”, “El campamento indio”, “El gran río de los dos corazones”, “Los asesinos”, “Un lugar limpio y bien iluminado” y “La luz del mundo”, nos dejan percibir la esencia de los temas y maneras del autor.

Al contemplar la obra de Hemingway desde una perspectiva general uno se percata de que sus temas esenciales son la soledad del individuo en situaciones adversas y el enfrentamiento a la muerte. Tal vez ambos puedan resumirse en uno capital: la soledad con que el ser humano enfrenta la muerte. En su prólogo a Men at War (Hombres en la guerra) expone que “todas las historias, si se las lleva bastante lejos, acaban con la muerte”. La muerte siempre ronda a sus personajes y estos, a través de su constante esfuerzo por lograr sus propósitos, consiguen superarla y vencerla, incluso muriendo pues son dueños de su forma de morir. La acción le da un sentido a su soledad y a la vez es una vía de burlar la muerte. De aquí el contundente juicio que emerge en medio de la lucha por capturar un gran pez en El viejo y el mar, “El hombre puede ser destruido, pero no vencido.”

En el amanecer del 2 de julio de un hermoso verano en Ketchun, Idaho, en 1962, acosado por problemas hepáticos, de presión arterial, sufriendo de una hemocromatosis hereditaria recién diagnosticada, preocupado por su estado financiero, con una paranoia creciente de ser vigilado por el FBI y una consistente depresión, Ernest Hemingway cargó su escopeta favorita, se dirigió al vestíbulo de la casa, colocó el cañón del arma en su boca y apretó el gatillo. Así estalló el cerebro que había urdido algunas de las historias más atractivas de la narrativa mundial. ¿Acaso el escopetazo fue para anticiparse a la muerte y morir vencedor? ¿O tal vez se percató de que el hombre en definitiva podía también ser vendido y decidió poner fin al espectáculo de su vida? Nada sabremos de cierto. Lo que conocemos está en sus obras como un gran canto a la fuerza de la vida que siempre se impone.

 

 

Manuel García Verdecia, en Holguín, 9 al 12 de julio de 2021

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