Nabokov, un forastero al borde del infierno

Por Mariela Varona

 

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía.

Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje

de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse,

en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.

 

Porque sí: casi todos pensamos «Lolita», en cuanto se menciona a Vladimir Nabokov. Uno de los escritores mayores del siglo XX, autor de una novela canónica como Pálido fuego (1962), o de un monumento literario como Ada y el ardor (1969), ha quedado para siempre en el imaginario del lector contemporáneo como el creador de la nínfula: la niña seductora, la enfant fatale. Sin embargo, cuando indagamos en la vida de ese hombre nacido en 1899 en San Petersburgo, hay mil detalles que desmienten que Nabokov haya sido, como persona, el sátiro empedernido que muchos suponen.

Nabokov fue un escritor errante por el mundo que amaba el ajedrez y las mariposas. Un aristócrata que creció entre viajes e institutrices y aprendió a leer en inglés antes de hacerlo en su lengua natal. Un ruso que huyó del comunismo primero y del fascismo después, estudió en la universidad de Cambridge (Inglaterra), vivió veinte años en los Estados Unidos y regresó a envejecer en Europa. Publicó nueve novelas en ruso entre los 25 y los 40 años, y once en inglés entre los 40 y los 78. Además, en su bibliografía destacan tres colecciones de cuentos, un drama, dos volúmenes de crítica literaria y dos de memorias.

La novela que lo hizo famoso fue terminada en 1954, pero cuatro editoriales la rechazaron. Entonces Nabokov la cedió a la editorial Olympia Press —una firma de París dedicada a la edición de obras abiertamente pornográficas— y en 1955 la novela salió en Francia. Causó un gran escándalo incluso en Europa, y con eso las editoriales norteamericanas se dieron cuenta de que estaban perdiendo dinero: Lolita se editó en los Estados Unidos en 1958 y tuvo un éxito arrebatador, aunque fue prohibida por los gobiernos de algunos estados.

La pasión de un hombre maduro por las niñas pubescentes, y por una niña en específico que, siendo su hijastra, convierte en su amante, no sería un tema cómodo para ningún escritor. ¿Cómo logró Nabokov el equilibrio exacto entre la perversidad de ese argumento y la belleza? «Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea, demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas criaturas escogidas». Lolita no tiene una sola palabra obscena, pero su esencia provoca un eco inmediato de obscenidad en la mente de las personas comunes.

La moralidad de Lolita ha sido tema de estudio para teóricos de todas las disciplinas, psiquiatras y pedagogos, ideólogos marxistas, abanderadas del feminismo; su recorrido por los vericuetos de la sociedad de consumo y la decadencia burguesa a veces incitan debates más encendidos que la dudosa moralidad sexual. Pero el centro de la incomodidad sigue siendo el hecho físico del incesto y la pedofilia, y muchos sectores del pensamiento artístico no consideran válido el hecho estético si viene a apoyar una supuesta asimilación de aquellos tópicos.

Por ejemplo, un editorialista conservador llamado Norman Podhoretz, en un artículo titulado «Lolita, mi suegra, el Marqués de Sade y Larry Flint», llega a sugerir que la novela es una influencia poderosa en la promoción del estupro. Según él, «un tratamiento abiertamente pornográfico no hubiera hecho borrosa la frontera que define al tabú; pero, al construir una obra maestra de la literatura alrededor de este tema, Nabokov transforma y disfraza la condición moral de las acciones y los deseos que describe. Convierte en arte el abuso sexual de menores».

Sobre Lolita, Nabokov fue interrogado muchas veces en distintas entrevistas. Declaró que su éxito no lo molestaba porque «Yo no soy Conan Doyle quien, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África, que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes». Y consideraba muy interesante plantearse el problema de «la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público». También expresó que Lolita es «el libro que ha dejado en mí un resplandor más placentero, tal vez porque es el más puro de todos, el más abstracto y cuidadosamente urdido».

Una y otra vez, tuvo que aclarar algo que debería ser de dominio público: un escritor nunca es el protagonista de las historias que escribe. La pasión del maduro Humbert-Humbert por Dolores Haze está marcada por el abismo generacional «y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, la atracción de un peligro mortal», dijo Nabokov. Y luego: «la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, solo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Este es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa».

En las entrevistas que concedió para radio, televisión, prensa y revistas literarias, Nabokov usaba una extraña operatoria: ninguna de esas conversaciones se hizo fuera de su escrupuloso escrutinio. Antes de celebrarlas exigía las preguntas, escribía las respuestas y, una vez establecido el contacto con el periodista, dictaba lo que había escrito en sus fichas, que sostenía frente a él. En 1973 reunió todas esas entrevistas en un volumen que tituló Opiniones contundentes.

Sobre sus motivos, dijo: «Hablo con torpeza, hablo muy mal, hablo pésimamente mal. La grabación sin corregir de una de mis conferencias difiere de mi prosa escrita tanto como un gusano difiere de un insecto hecho. Como dije alguna vez: pienso como genio, escribo como autor de prestigio y hablo como un idiota». Pero es dudoso que esa opinión sobre sí mismo fuese compartida por los alumnos que tuvo entre 1948 y 1959, cuando enseñaba Literatura en la Universidad Cornell, de Ithaca, Nueva York.

A sus estudiantes, Vladimir Nabokov no se cansaba de decirles que los buenos libros no deberían movernos a la reflexión, sino al estremecimiento. Cierta vez declaró que sus libros preferidos eran Ulises, de Joyce; La metamorfosis, de Kafka; Petersburgo, de Andrei Bely, y la primera mitad de En busca del tiempo perdido, de Proust. Sus opiniones quedaron en sendos libros de crítica literaria: Curso de literatura europea y Curso de literatura rusa.

De joven, escribía acostado; de viejo, lo hacía de pie. Siempre a lápiz. Además de esta, tuvo otras curiosas manías: nunca se supo por qué, cuando era profesor universitario, no asistía a clases si no lo acompañaba su esposa. Vladimir Nabokov era famoso en Cornell, no tanto por sus magníficos análisis sobre literatura rusa —amaba a Tolstoi y a Pushkin, pero detestaba a Dostoievski—, sino porque llegaba al campus conducido por la señora Nabokov, cruzaba el campus junto a la señora Nabokov y aparecía en clase del brazo de la señora Nabokov.

Vera, una rusa de origen judío cuyo cabello había encanecido prematuramente, se sentaba en primera fila en el aula de su marido y escribía en la pizarra, buscaba la página que Nabokov necesitaba citar o recogía textos de los alumnos; todo en absoluto silencio. Dicen quienes la conocieron que Vera personificaba la luminosidad, lo majestuoso, la elegancia; que era «mnemogénica», tal como Nabokov describió a Clara en La verdadera vida de Sebastian Knight, «sutilmente adornada con el don de ser recordada».

En 1960, gracias a las ganancias que obtuvo por la publicación de Lolita, Nabokov pudo dejar atrás su trabajo en las aulas y regresar a Europa con su amada Vera. Se establecieron en Montreux, Suiza, y en lugar de comprar casa, vivían en un hotel. El escritor decía que la vida de hotel facilita mucho las cosas y «como no soy lo bastante rico, como nadie es lo bastante rico, para revivir totalmente mi infancia, no vale la pena instalarse para siempre». Y allí siguió amando y escribiendo hasta su muerte, ocurrida en julio de 1977, con sus 78 años cumplidos.

Al morir trabajaba en una novela titulada El original de Laura. Aunque dejó instrucciones expresas para que esta fuese destruida, Vera no pudo decidirse a hacerlo. El hijo de ambos, Dimitri Nabokov, finalmente convenció a su madre para publicarla, y así lo hizo en el año 2009.

Si Flaubert era madame Bovary, Nabokov es Lolita, aunque Pálido fuego haya sido considerada por Brian Boyd como «la más perfecta novela de Nabokov», y el crítico Harold Bloom pensara que era «la demostración más segura de su propio genio». Y aunque Ada o el ardor fuese catalogada por la crítica como la más importante y completa de sus obras, y la novela por la que su autor quería ser recordado, es Lolita la que sigue generando polémica todavía hoy, 66 años después de su aparición. Incluso sus versiones cinematográficas (Kubrick, 1962 y Lyne, 1997) tienen aún admiradores y detractores furibundos. La nínfula de Nabokov, lo haya querido él o no, es tan inmortal como su creador, un genio sin patria que se sentía forastero en todas partes.

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