«La lección» de Emerio Medina

El mocito se entretenía mirando los molinos por la ventana mientras el maestro terminaba de leer el largo manuscrito.

     —¡Ea, Pedro, muchacho! —dijo el maestro de pronto—. Este personaje, este Alfonso, ¿no te parece demasiado flaco?

     —Sí, maestro. Verá…

     —Verá… ¡nada! —dijo el maestro con sequedad—. Un personaje tan flaco solo va a estorbar en el texto. Ningún lector va a retener en la memoria la figura de ese hombre alto y desgarbado que lleva un bacín por sombrero.

     El mocito bajó la mirada y se rascó la cabeza. Le parecía que, si bien el hombre flaco de su historia sería difícil de recordar para un lector, la idea de llevar un bacín por sombrero no resultaba tan descabellada. Pero aceptó la observación sin protestar y levantó los ojos otra vez hacia las lejanas torres de piedra de los molinos.

     El maestro acercó el candelabro. Carraspeó y habló sin mirar a su pupilo. Señaló con el dedo una oración muy larga, una frase atrevida, alguna palabra inadecuada que se podía sustituir por un sinónimo cualquiera.        

     —¡Ajá! —apartó los ojos del papel—. Este otro personaje, este Pancho, ¿no te parece demasiado gordo?

     —Sí, maestro. El problema es que…                

     —El problema es que… ¡nada! —el maestro golpeó la mesa con la palma de la mano—. No estaría bien que la atención de los lectores se desviara hacia ese detalle tan poco importante. En general los personajes gordos molestan en cualquier historia. No es bueno comenzar tu carrera creando personajes tan voluminosos. ¿Acaso crees que eso sería bueno para ti? Dime sinceramente: ¿acaso lo crees?

     El mocito no respondió. Por un momento brevísimo sus labios temblaron. Miró a los ojos del maestro y escondió la cabeza.

     —Veo que me entiendes. Y te lo repito ahora: no sería bueno. Nunca debemos cometer ese tipo de errores. Y nunca debemos comenzar la carrera escribiendo textos tan largos. Se lo hice notar a tu madre cuando ella vino a hablar conmigo. Creo que la poesía es lo mejor para ti. Sí. La poesía. Algunos sonetos. Algunas glosas. Algo rimado estaría bien. ¿Recuerdas que te hablé de la espinela? Bien. La espinela te funcionaría muy bien.

     El mocito quedó callado. Otra vez fijó la mirada en las aspas de los molinos. Se movían con lentitud en la distancia como grandes brazos que el viento se encargara de empujar eternamente. Sí. Las aspas giraban en sus torres de piedra como brazos enormes. Por momentos le parecían los brazos de un gigante al acecho, y por momentos lo hacían evocar las alas abiertas de terribles monstruos voladores.

     El maestro terminó de leer y apartó el manuscrito. Carraspeó. Cruzó las manos bajo la barbilla. Suspiró y movió la cabeza en señal negativa.

     —No has avanzado nada. Todo este tiempo has venido a mi casa por gusto. ¿Sabe tu madre que estás escribiendo ese tipo de cosas? ¿Lo sabe? ¿Eh? ¿De verdad lo sabe? Y en general, Pedro, muchacho, ¿cómo se te ocurrió esa historia tan loca? ¿Qué es eso de andar arremetiendo contra los molinos?

     El mocito secó una lágrima y escondió el rostro entre las manos.

     —Perdóneme, Don Miguel. Yo solo quería…

     —Bien —dijo el maestro—. Prueba con otra cosa. Vuelve el año próximo y tráeme un par de sonetos. O quizá sea mejor que trabajes las rimas de Espinel. Y déjame este manuscrito por aquí. Lo echaré al fuego, así no te buscarás problemas con tu madre.

     El mocito se levantó sin mirarlo a los ojos y se fue con la cabeza baja.

     El maestro se acercó a la ventana y lo miró alejarse hasta verlo desaparecer en la dirección que señalaban los molinos. Sonrió después, cerró la ventana, echó las llaves a la puerta y acercó otro candelabro. Le brillaban los ojos cuando se sentó a releer el manuscrito.

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