«Avance y fruto» de Rafael de Águila

Era difícil, condenadamente difícil avanzar. El medio oponía una resistencia tenaz, como si este avance que ahora ejecutaba junto a otros de su especie no hubiese tenido lugar millones de veces. Era fuerte, trataba de vencer todos los obstáculos mientras a su alrededor morían sus congéneres agotados, exhaustos. Esto, lejos de desanimarlo, le infundía fuerzas, lo hacía ver allá, difusa aun pero cada vez más cercana, la mole rosácea que debía ser su destino final. Al menos uno, uno de ellos, debía llegar y cumplir la tarea. Veía al resto desfallecer cuando en su cuerpo las fuerzas se hallaban aun casi intactas y se lanzaba hacia delante con todo ahínco, sabiendo que muy pronto el medio dejaría de ser adverso para facilitar el camino hacia la región más profunda. Cuando llegaron allí quedaban muy pocos, él entre ellos, con menos fuerzas pero distante de ser vencido, menos ahora que la pared rosácea se levantaba a su alcance, meta final nunca antes vista, pero reconocida por la memoria del ancestro. Allí, junto a la pared, tuvo lugar el combate último, la lucha por obtener el acceso al recinto. Y en el apogeo de la increíble energía desplegada en aquel instante apenas pudo advertir que solo él había llegado, solo él había podido burlar las paredes del lugar, el resto yacía allá, definitivamente vencido. Pero bastaba él, eso lo sabía bien, uno solo bastaba para esta  labor, seguro de sí mismo fue dejando atrás aquellas paredes y se dirigió hacia el elemento buscado, el complemento intuido, aquello que desde el exterior ya le impelía en su búsqueda y que ahora se lanzaba también a su encuentro, admirando la tenacidad de su avance, para fundirse en un ente superior, que no era ni uno ni otro, sino una mezcla de ambos, bellísimo, que le retribuiría a él todas las angustias del camino ascendente y que un día, nueve meses después, haría el camino inverso.

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