100: Una cantidad misteriosa (dosier al centenario de Cintio Vitier)

Palabras compartidas porque

«No son mías las palabras ni las cosas»

Por Elizabeth Soto

 

Han existido varias formas de sanar, pero hemos apostado por la lectura. La complacencia de encontrar el verso justo, la medida exacta que nos provoque o nos deje la estabilidad emocional que necesitamos. Queremos adentrarnos, de la misma manera como el «ángel que devora las formas del silencio».

A un siglo del nacimiento de Cintio Vitier, en jornada de Romerías de Mayo, nuestra casa editora resurge en sus imágenes, en la metáfora que delira más allá de «una cantidad misteriosa». Detrás de cada intención, editores, diseñadores, promotores, encuadernadores, todos en general, sueñan los espacios y conciben un dosier que reúne en apenas cinco días un quehacer intenso literario, una especie de homenaje, una «sedienta cita, porque hay hambre de verso y de pasión».

El Salón Abrirse las Constelaciones, situado en el último piso de Ediciones La Luz mostrará en los canales y diversas redes sociales un panel por los destacados escritores e intelectuales holguineros: Ronel González, Eugenio Marrón y Manuel García Verdecia; la presentación del esperado audiolibro «10×10 Una cantidad misteriosa. Poemas de Cintio Vitier por jóvenes escritores cubanos & Dj Arte» , proyecto sonoro de la colección Quemapalabras, grabado en los estudios de Radio Holguín La Nueva con la colaboración de Héctor Ochoa como realizador, Dj Arte (Artemio Viguera) en la experimentación sonora, en las voces de diez poetas de la sesión de literatura de la Asociación Hermanos Saíz. A propósito de esta idea, la Promotora Literaria «Pedro Ortiz Domínguez» confeccionó a partir de nuestra selección un libroarte.

Un chat de voz en Telegram acogerá por primera vez una peña con Yenisei del Castillo, destacada trovadora habanera que interpreta espontáneamente poemas con tan solo una primera lectura.

El diseñador Robert Ráez tuvo a su cargo la realización de las postales con poemas de Cintio Vitier, y de escritores miembros de la UNEAC, los “singles” promocionales de cada una de las pistas que conforman los “podcast, así como la gráfica en general que caracteriza a esta promoción.

«Diario del buen recluso», «Mis rejas y mis rosales», «Estática milagrosa», «Ser periodista, ser Quijote», «Penélope. Aserrando televishé» y «El libro de la extraña felicidad» son las novedades editoriales que se estarán presentando. Un panel sobre la creación de los sellos editoriales de la AHS en su 35 aniversario, el documental «Una isla dentro de otra isla», de Ediciones Áncoras entre otras propuestas.

#LeerSana #LeerNosAcerca #EdicionesLaLuz #UnaCantidadMisteriosa #CintioVitier #RomeríasDeMayo #AHS #ElArteNoPara serán las etiquetas con las que podrán seguirnos.

La Luz insiste y retoma su compromiso, en tiempos donde todo se torna gris, a sabor de muertes, no creer en la literatura es una hipótesis que alguno se cansó de imaginar, un cuento interrumpido para siempre.

 

 

Vitier en su siglo

Por Manuel García Verdecia

 

Este año conmemoramos el siglo de vida de uno de los intelectuales más sólidos, versátiles y prestigiosos de las letras cubanas. Con una sustanciosa obra, no solo por su cantidad y variedad sino por la personal impronta de su talento en ella, Cintio Vitier se inscribe como una referencia obligada para conocer el devenir de nuestras letras, tanto por su propia producción, en sí misma eminente, como por su visión de gran parte de la literatura cubana a la que dedicó años de inteligente y dedicado estudio. Vitier, quien nació el 25 de septiembre de 1921 en Cayo Hueso, fue profesor, poeta, editor, traductor, ensayista y narrador. Con este autor sucede que el calibre de su perspicacia, la peculiaridad de su penetración, así como el rigor escritural del ensayista, han provocado que mayormente se le asuma y estudie como tal y se soslayen los indiscutibles valores que como poeta y novelista alcanzó.

    Hasta la adolescencia, Vitier vivió e hizo estudios iniciales en Matanzas. Posteriormente se trasladaría a La Habana, donde se hizo bachiller y luego se diplomaría como Doctor en Derecho Civil por la Universidad de La Habana, profesión que nunca ejerció. Ya desde la juventud empezó sus pinitos como escritor, conoció a Eliseo Diego y a quien luego sería su esposa y notabilísima poetisa, Fina García Marruz, además de entablar amistad con José Lezama Lima. Esto lo llevaría a integrar el núcleo central del grupo literario más sui géneris y mundialmente reconocido de la Cuba republicana, Orígenes. Fue profesor de Francés, impartió conferencias en distintas universidades de Cuba y el mundo, trabajó de investigador de la Biblioteca Nacional tras el triunfo de la Revolución y posteriormente tuvo una muy productiva labor intelectual, como autor, estudioso y promotor, en los desarrollos de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo xx. Su obra prestigia las letras no solo cubanas sino hispánicas, pues es exaltada y estudiada en todo el mundo, y sus aportes explicativos sobre la literatura en Cuba son referencia obligada para cuantos se acercan a ella.

    Para hablar de la vida y creación de Vitier hay un concepto que me parece cardinal, el de familia. La familia, en general, fue un centro irradiante de información, valores e inclinaciones humanísticas permanentes. Nació en una que presidía el profesor y filósofo Medardo Vitier. El autor de Las ideas en Cuba, un autor con gravidez propia dentro del panorama de nuestras letras, tuvo una influencia decisiva en el carácter indagador y acucioso de Cintio. En la escuela que el padre fundara en Matanzas hizo Cintio sus primeros estudios, pero sobre todo la sistemática y aguda penetración del padre en la obra de Martí, Varona y otros, así como su acercamiento a las principales tendencias de pensamiento en nuestra isla, dejaron un sedimento intelectual nutricio en el hijo.

    Él mismo formaría una familia distinguida, junto a la poetisa y ensayista Fina García Marruz; dos mentes lúcidas y sensibilidades privilegiadas, que hacían de la literatura, la música y la pintura un trasfondo benéfico para la coexistencia familiar. De esta surgieron dos notables músicos, sus hijos Sergio y José María. Recordemos que el propio Cintio tocaba el violín con cierta ventaja según se dice. Por último, no es mucho menor el hecho de que el grupo que se constituyó en torno a Lezama y que se reunía en distintas casas, principalmente en la de Fina o en la iglesia del Padre Gaztelu, para la charla amable y culta, de donde surgió Orígenes, se consideraba a sí mismo como una familia, lo cual subraya el carácter amable, armonioso y fecundo que tuvo su actividad. El propio Vitier calificaba a Orígenes como «un impulso ligado a mi modo de vivir y de buscar» («Diez años», en «Para llegar a Orígenes», Letras Cubanas, 1994) y ¿qué es la familia si no un modo de vivir?

    La labor ensayística de Cintio pienso que surge, en primer lugar, de la necesidad de explicarse a sí mismo fenómenos de la cultura cubana y, además, encontrar una perspectiva novedosa, propia, atenida al peculiar desarrollo espiritual de la isla, para fundamentarla. Recuérdese que uno de sus primeros trabajos exegéticos memorables son sus notas a Diez poetas cubanos, 1948, antología de voces notables por aquellos años, donde el antologador propone una decena de voces que, según él, representan un renacer en el hacer poético de la isla. Luego, en 1952, aparecerá su indispensable «Cincuenta años de poesía en Cuba» (1902-1952), libro en que intenta exponer los principales modos y tendencias de la más relevante poesía escrita en Cuba en ese período y, solo por citar tres ejemplos cardinales, «Lo cubano en la poesía», de 1958, que surgiera de una serie de lecciones sobre poesía cubana que había dictado en el Lyceum de La Habana entre octubre y diciembre de 1957. En este se recorre el proceso de nacimiento y evolución de lo que vendría a ser la poesía cubana en un arco que recorre desde «Espejo de paciencia» hasta los principales poetas de la década del 50. Véase el constante esfuerzo clarificador, sistematizador, expositivo del autor. Hay que decir, por demás, que todo antólogo ejerce en su tarea práctica la crítica y la aproximación explicativa.

    La obra ensayística de Vitier destaca por una perspicacia muy atinada, una visión personal debidamente fundamentada en el conocimiento de la tradición literaria, una postura especulativa certeramente creativa y una escritura precisa sin abandonar la elegancia, al igual que reflexiva sin desdeñar lo sutil y sugerente. Su labor en esta faceta se puede subdividir en dos grandes temas: la poesía cubana y la obra de José Martí. En ambos casos hizo aportes que, si bien pueden provocar disensiones, no es menos cierto que son inteligentemente razonados y, por eso mismo, fecundan nuevas ideas. La escritura del ensayo en Cintio procede por dos vías: una, el razonamiento escrupuloso y sopesado y otra, el alumbramiento azaroso, producto de la inexplicable intuición o adivinación del lector versado o, quizás para él, de un susurro divino. Véase, solo como referencia, su planteo en torno a la poesía que se hacía en los 50: «Pero he aquí que el destino poético en este país cada día más irreal, cada vez más evadido de sus propios orígenes y esencias, se ve obligado a vivir en una especie de apartamiento clandestino, a superar incluso los límites de secreto en que normalmente acontecen sus iluminaciones» («Palabras en el Pen Club», op. cit.). Nótese la precisa y hermosa formulación del desencuentro entre la existencia y la poesía en condiciones adversas y la sugerencia del hallazgo poético como iluminación, algo que también tiene lugar en sus ensayos como añadido a la laboriosa interpretación.

    En cuanto a su narrativa, lamentablemente no tan divulgada ni estudiada, Cintio no es segundón de nadie. Su obra en este caso, constituida por las novelas «De Peña Pobre», «Los papeles de Jacinto Finalé» y «Rajando la leña está», muestra una intención de búsqueda estilística, de trazar un camino personal muy a tono con su proyección intelectual y poética. Sus novelas pueden ser un eco, en lo épico, del proyecto que se trazó con «Lo cubano en la poesía», esta vez reflejar la formación de un ser nacional a través de la larga epopeya revolucionaria que desde el siglo xix signó los destinos de la isla. Las tres novelas conforman un universo no sucesivo pero sí contiguo y entrelazado, precisamente por el elemento histórico donde no solo está lo puramente socio-político sino también lo cultural.

    En sus novelas, Cintio acude al polimorfismo para que todo el cúmulo de personajes, episodios, temas, puedan exponer de manera analítica y minuciosa el complejo entramado de este largo proceso psico-socio-cultural. Por tanto, en ella están el dato verídico y la ficción, la memoria y la invención, el relato y la poesía, la crónica y las referencias textuales de los más diversos tipos, en fin, un mundo en su más vasta manifestación.

    El escritor no busca la elaboración barroca de otros autores, acude a una escritura directa, sin dejar de tener prestancia, pero eficaz para que pueda seguirse el pulso de los acontecimientos. En tal sentido se ajusta a lo planteado por su personaje Finalé, en «Los papeles…, «La calidad simbólica de una vida, en todo caso, se demuestra relatándola o sugiriéndola sencillamente, dejando que de ella misma emane su posible significación».

    En «De Peña Pobre», que se constituye en el centro germinativo de las otras dos novelas, se toma la calle de ese nombre, donde vivió una tía abuela del autor, conexa a la Loma del Ángel que la aproxima simbólicamente a «Cecilia Valdés». En ella se narra la vida y amores de Violeta Fundora y Luis Alberto Palma, de Rosa Altunaga y Sandino Palma, así como de Violeta Palma y Jacinto Finalé, sus principales personajes en su continuo quehacer revolucionario desde la guerra de 1895, en que la primera Violeta conspiraría, pasando por los años republicanos hasta los inicios del período revolucionario después de 1959. El propio autor la concibe como una «constelación de planos» (De Peña Pobre, p.212). Y es cierto, transitamos por los preparativos de la Guerra del 95, la instauración de la República, el machadato con su historia de huelgas y rebeliones, el período de Guiteras, luego el batistato, la labor de Eddy Chibás y su martirio, la acción del Movimiento 26 de julio, el triunfo de la Revolución, la campaña de Alfabetización, la invasión de Girón, los cortes de caña… en fin, el mosaico de la historia del país. Sin embargo el autor no solo se fija en lo sociopolítico. Hay una mirada al panorama cultural, que parte de su propia experiencia y nos acerca a la formación del Grupo Orígenes, sus principales creadores, así como sus perspectivas creativas particulares. Así mismo el autor introduce en el discurso narrativo aspectos del propio proceso de escritura de la novela. Todo se interconecta y aflora para dar un sustancioso panorama de lo que hemos venido a ser como nación y cultura.  

    En su poema «La voz arrasadora» nos dice el poeta: «Esta es la voz de un contemplativo…/Baste decir que ha querido romper los límites del fuego en las palabras/y ha vuelto al círculo del hogar con un puñado de cenizas». Estas líneas ya nos anticipan en buena medida lo que hallaremos en la creación de este poeta notable. «Contemplar» no es simplemente mirar, no se trata de un observador casual y desprevenido, sino de alguien que mira con intención, que escudriña atentamente en busca de signos que puedan indicarle aquello que busca en todo cuanto existe. Es ya una actitud que elige el poeta.

    Con una nutrida obra, recogida en unos veintisiete libros, lo cual muestra su permanente dedicación a esta labor creativa que condensara en una línea del poema «Poeta» como «hambre de verso», Cintio sobresale por su individualidad estilística no ya entre los poetas de Orígenes sino en todo el mosaico poético cubano. Es la suya una expresión personalísima donde asoman la sensibilidad del curioso universal con voracidad, no solo de verso, sino de todo lo que rezumara vida, sumada a la actitud reflexiva del ensayista. Ciertamente, entre sus ensayos, sus novelas y sus poemas, hay vasos comunicantes que les confieren un carácter complementario como fragmentos de un vasto orbe creativo.

    Para Cintio la poesía es inquietud que intenta aprehender la existencia y volverla más vivible desde la individualidad del poeta a quien le acrecienta saber y discernimiento. Como él lo expresa: «…la poesía es siempre en todo tiempo y lugar, una sigilosa búsqueda de experiencia esencial y, por lo tanto traspasable a vida eterna…» («Palabras en el Pen Club», op. cit.). Ya se ha dicho que la tarea del poeta es contemplar, pues es así que puede captar lo sutil que la existencia posee y él debe hallar. No puede haber descuido, hay que estar alertas para sacar la pepita de oro de sentido. «Lo que la vida quiere decirme,/ya lo dijo. Yo quiero que repita/lo que no ha dicho», dice en «El poema». Ese es el sumo interés del poeta, escuchar lo aún no dicho, de modo que pueda devenir él su portavoz. 

    La escritura poética de Cintio es límpida, rigurosa, elegante, sin excesos metafóricos ni malabarismos retóricos. Gana su amplitud de sentido por su adentramiento perspicaz en el asunto y por la armonía de las imágenes con que las transmite. Es así, con esa precisión que no desdeña la belleza, con ese rigor que no elude la imaginación, con esa palabra directa no despojada de misterio, que el poeta compone esos versos que debemos digerir con lentitud y dejarles el reposo necesario para que su reverberación llegue a la médula de nuestra comprensión. Por principio, el poeta elude lo que ha descrito como «el túnel giboso de la jerigonza» («La jerigonza»), esos malabarismos con que mucha ingeniosidad fugaz ha querido vestirse de poesía.

    Su poesía es variada como la vida misma, por lo que enumerar sus temas puede provocar un reduccionismo injusto. No obstante hay ciertos motivos que suelen ser recurrentes. Así la propia poesía, «La música de la tierra existe, pero de qué distinto modo a como ahora la podemos percibir?… ¿O es simplemente un momento de la respiración del mundo que alcanza por su belleza el éxtasis, el canto?» («Fragmento»); el poeta, «Este soy, de trono concéntrico y veraz,/de texto iluso en la mirada empezando a recibir/las enormes costumbres, los voraces estribillos» («Este soy»); la palabra, «Loada sea la palabra/ que trae esencia al desvalido/y al victorioso brinda paz» («Himno»); lo religioso, «Esto solo deseo, testificar Tu vestidura,/ leer en Tu boca, oh Padre, lo que ha dicho alegría…» («Himno»); el sentido del ser, «Ay, qué alegre que no sé, que no pregunto, que no puedo/aceptar una flor de tu aposento, realidad mía, llamarada mía» («Oficio disidente»); la naturaleza, «El indecible flamboyán aísla/su estandarte plateado de candela/en el mundo suspenso de la noche» («El flamboyán»); la mujer, «Quizá nazca para mí/tu azul en la línea vil./Sombra musical, mujer quizá te tornes: sal, sed» («La ideal»); el tiempo, «Día tras día el tiempo sucesivo/pulveriza los bloques de mi ser…» («Día tras día el tiempo sucesivo»); los estados del alma, «…oh superfluo, fatuo remolino lúcido, cómo revelas silencio» («Melancolía»); los sitios memorables, «Aquel patio /que ahora ya no existe, la acompaña/ con la ardiente figura de unos ojos/tocando su alegría…» («La escucho deteniéndose en mi patio»); y la belleza, «…y la belleza es la página blanca/de todo lo que existe/ante los ojos que nos miran…» («En la profunda altura»). Son todos asuntos que estuvieron en el pálpito de su ser de extensas perspectivas.

    Este siglo de Cintio Vitier nos convida a asomarnos a un autor principal y necesario en el tejido de las letras cubanas. Su obra plural, profundamente humana, elevadamente espiritual, está viva, llamándonos a acercarnos para conocer mejor al hombre y sus afanes, a un ser ampliamente dotado para la revelación de lo trascendental, alguien que tuvo una avidez de lo total que nos sobrecoge. Como él mismo escribiera:

«De todo esto

se ha tejido mi vida interrogante, y cada cosa

—cada brizna de tiempo— me sorprende

como un ciego en el inmenso umbral,

ansioso, con las manos extendidas»

    En este autorretrato queda la mejor definición de un poeta, lo que él fue en toda la dilatada amplitud de su significación.

 

Cintio Vitier: decimista discorde

Por Ronel González Sánchez

 

Entre los escritores cubanos de todos los tiempos solo un grupo muy selecto ha comprendido profundamente su misión ante la literatura, la sociedad y la historia.  Junto a nombres como Domingo del Monte, José Martí, José Lezama Lima, Fernando Ortiz y Alejo Carpentier, no puede faltar el de Cintio Vitier (Cayo Hueso, 1921), poeta, ensayista, narrador, compilador, prologuista, cuya pasión por la cultura de su país y su honda eticidad, lo convierten en uno de los más prominentes intelectuales del continente. 

Su poesía «de extraordinario volumen y de una calidad que la sitúa entre las grandes expresiones del género en Iberoamérica»,1 hasta la fecha no ha recibido el reconocimiento que merece, a pesar de «[aportar] a nuestra lírica uno de los más intensos procesos poéticos que esta ha conocido».2

Menos valorada que sus ensayos y sus antologías, la poesía de Vitier abre un vasto horizonte de tópicos permanentes en la obra total. De ella, Jorge Luis Arcos ha apuntado:

 

[…] la dama pobreza, las esencias cubanas, la extrañeza de lo real, la luz del imposible, la poética de la memoria y el olvido, el desnacer y el renacer constantes, la misma Poesía, la sustantividad de lo desconocido, el misterio de la encarnación —expresada a través del brillo hiriente y alucinado de lo real—, la intemperie, la aridez y la lejanía, y también la alegría, las relaciones de la poesía y la historia, el mundo de los valores morales y cristianos: la verdad, la justicia, el amor, la amistad.3

 

Temáticas estudiadas, además de Arcos, por Enrique Sainz en libros que, a pesar de los premios obtenidos, han recibido cierta dosis de rechazo por algunos sectores de la crítica literaria nacional.

Conocedor de la vasta tradición de la literatura universal, Cintio ha defendido las esencias del ente cubano desde monumentales obras como «Lo cubano en la poesía» (1958), «La crítica literaria y estética del siglo XIX cubano» (1968-1974), «Temas martianos» (1969), «Ese sol del mundo moral» (1975), entre otros, y ha enriquecido, sin dudas, la historia de la lírica cubana con su incansable búsqueda de la sustancia poética que abarca la escritura del verso libre y las clásicas estrofas.

La décima, particularidad de esta aproximación a su obra, ocupa un mínimo espacio dentro de su atención a la poesía; sin embargo, Cintio ha escrito algunas verdaderamente admirables por su vuelo e intensidad. Uno de estos ejemplos es el texto «Ahora quisiera perder», incluido en la antología La décima culta en Cuba, de Samuel Feijóo, y citado por Enrique Sainz en La obra poética de Cintio Vitier.4

Ahora quisiera perder

la esencia de lo perdido

para saber si he de ser

lo que promete mi olvido,

y para irme a lo ido

en un silencio tan puro,

que lo agraz y lo maduro

transparenten mi deseo

de renacer lo que veo

con ojos de desnacido.

El tema de lo perdido —emparentamiento con las décimas de Eliseo y con las del resto de los origenistas— es, al lado de las ya citadas y grandes preocupaciones del poeta, uno de los que mejor aborda, por esa profundidad filosófica consustancial a su formación intelectual. Fiel al octosílabo, pero no a la distribución de rimas de la espinela, Vitier canta a la memoria, el destino, la encarnación, el tiempo, la muerte y a la insuficiencia ante la escritura de la décima, como ocurre en su poema «La décima en el viento», donde el sujeto lírico no solo refiere las dificultades que debe vencer el poeta cuando crea en espinelas, sino que llama la atención de la nueva mirada de los creadores hacia la estrofa del Cucalambé.

Está girando el paisaje

de la décima cubana

que pierde el sol y lo gana

con los golpes del ramaje.

Finalmente, su poema «Sorpresas del resurrecto» evidencia la impronta de Lezama en su obra, tema estudiado por Sainz en uno de sus últimos títulos publicados.5 En sentido general poco dado al empleo profuso de los recursos literarios, en la mayoría de los casos Vitier muestra su preferencia por las rimas agudas y comienza sus estrofas con una redondilla, para después alterar el orden del resto de las rimas, llegando en una oportunidad a conformar una curiosa estrofa de trece versos en la que deja libre el verso décimo.

Como Lezama y el resto de los miembros del grupo, Vitier rebasa la estructura de la espinela, pues en solo nueve estrofas es totalmente fiel a la distribución de las rimas.

El modo en que Cintio elabora sus versos en este poema, el empleo de motivos recurrentes como el símbolo del delfín, el entredós, algunos diminutivos, etcétera; la manera de adjetivar y de crear atmósferas abigarradas, densas, cargantes, son un verdadero homenaje al barroco autor de Paradiso, abanderado de la ruptura con la anécdota en el poema en décimas. Si bien no es «Sorpresas del resurrecto» un texto significativo dentro de la poesía de Vitier, ninguna antología de la décima cubana puede excluir la segunda estrofa de su texto «La batalla», que sin dudas también ha permitido a Sainz afirmar que «para Vitier la poesía no es solo el ejercicio de la palabra: es además un reclamo de la vida, un modo de ser, una ontología».6

Y el tiempo, incesante nada,

¿cómo nos deja en su vuelo

este heraldo, este desvelo

de una noche enamorada?

¿Hace falta a la alborada

del ser eterno haber sido?

¿Se funda acaso en olvido

la más ardiente memoria

y el tiempo oculta la gloria

que lo destruye dormido?

 

El poeta que ha escrito textos tan hondos como el anterior y otros como los poemas en verso libre «Con la ola», «El espejo de Dostoievski», «Casa de Lezama», entre otros, a pesar de la duda acerca de la trascendencia de la obra que poseen los grandes poetas, realmente puede estar muy tranquilo. Desde sus profundas nupcias con la poesía y sus décimas despeinadas pero memorables, como nos dice en su soneto «Vallejo mismo», también él se nos ha vuelto «desesperadamente necesario», en el viaje interior y trascendente de la gran poesía cubana.

 

Notas:

  1. Sainz, Enrique: La obra poética de Cintio Vitier, p. 31.
  2. Arcos, Jorge Luis: «La extrañeza de lo real, poesía de Cintio Vitier», en Orígenes: la pobreza irradiante, p. 118.
  3. Me refiero a los volúmenes Orígenes: la pobreza irradiante, de Jorge Luis Arcos, y La obra poética de Cintio Vitier, de Enrique Sainz, distinguidos con el Premio de la Crítica en 1995 y 1999, respectivamente.
  4. p. 54
  5. Sainz, Enrique: «Lezama/Vitier: influencias, confluencias», Diálogos con la poesía, pp. 106-111.
  6. Sainz, Enrique: La obra poética de Cintio Vitier, p. 31.

 

 

Diez poemas de Cintio Vitier

Selección: Elizabeth Soto

 

Algo le falta a la tarde, se precisan los recuerdos a un siglo del nacimiento de Cintio Vitier. Serán entonces las voces de jóvenes poetas de la Asociación Hermanos Saíz de Holguín que lo inmortalicen, en la selección de diez poemas escogidos a ultranza, como una cantidad misteriosa, porque hay hambre de verso y hambre de pasión. Esta suerte de audiolibro resuelve cada pista en la experimentación sonora que realizara el Dj productor Artemio Viguera, quien ha observado de cerca el misterio de este canto de amor, un homenaje, donde tiene sosiego la poesía. Héctor Ochoa en la realización de la grabación y Ángel López como sonidista fueron precisos en cuanto a la inflexión de la voz y otros consejos pertinentes para que cada poema sea escuchado como un canto.

 

Este soy yo

 

Este soy yo, de tono concéntrico y veraz,

de texto iluso en la mirada empezando a recibir

las enormes costumbres, los voraces estribillos.

Qué importa vivir si mañana estaré muerto.

Qué importa morir si ahora estoy solo de frente

al ángel de mi boca, si eterno oscuro caigo

al fondo de mis ojos, lleno de nada hasta la sal nocturna.

Qué me importas, oh retórico mundo, si mi muerte está viva

para siempre como el ángel que devora la forma del silencio.

 

Poeta

 

Hambre de verso, hambre de pasión

presa, rendida a los flagelos vivos,

que ya no saben si no ser altivos

después de la mujer y la canción.

 

Por dentro —donde el labio aprende el beso

y el ideal se cae lerdamente—

cruzan ráfagas tiernas y honda frente

llamea como torre de embeleso.

 

La voz es una siempre desgranada

tristeza en luz, reflejo de resol

melancólicamente eterno y cálido.

 

Y qué paleta xántica, basada

en inquietud y ausencia de lo pálido

como clara evidencia tornasol.

 

El desposeído

 

No son mías las palabras ni las cosas.

Ellas tienen sus fiestas, sus asuntos

que a mí no me conciernen,

espero sus señales como el fuego

que está en mis ojos con oscura indiferencia.

 

No son míos el tiempo ni el espacio

(ni mucho menos la materia).

 

Ellos entran y salen como pájaros

por las ventanas sin puertas de mi casa.

 

Alguien habla detrás de esta pared.

 

Si cruzara, sería en la otra estancia:

el que habla soy yo, pero no entiendo.

 

Tal vez mi vida es una hipótesis

que alguno se cansó de imaginar,

un cuento interrumpido para siempre.

 

Estoy solo escuchando esos fantasmas

que en el crepúsculo vienen a mirarme

con ansia de que yo los incorpore:

¿querría usted negar, sufrir, envanecerse?

No es mía, les respondo, la mirada,

negar sería espléndido, sufrir, interminable,

esas hazañas no me pertenecen.

 

Pero de pronto no puedo disuadirlos,

porque no oigo ya mi soledad

y estoy lleno, saciado, como el aire,

de mi propio vacío resonante.

 

Y continúo diciéndome lo mismo, que no tengo

ninguna idea de quién soy,

dónde vivo, ni cuándo, ni por qué.

 

Alguien habla sin fin en la otra estancia.

Nada me sirve entonces. No estoy solo.

Estas palabras quedan afuera, incomprensibles,

como los guijarros de la playa.

 

Algo le falta a la tarde

 

Algo le falta a la tarde,

no están completos los pinos,

y yo mirando a las nubes

siento lo que no he sentido.

 

A cada instante pregunto

por el tesoro perdido

cuya sombra se desplaza

con melancólico frío.

 

Mirándome está el deseo,

nocturno, solo, infinito;

callada va la nostalgia

llameando eternos vestigios.

 

No llega nunca mi gesto

a la tierra del destino;

la vida acaba inconclusa,

quedan los sueños en vilo.

 

Sedienta cita

 

Cito textualmente las estrellas

y el hogar complejo de la naranja herida.

Diminuta es la luz en que el buey se esconde

lejos del ave, asoleando eternamente

las estruidosas manos del guajiro,

sus diez uñas sonoras de cavar el viento.

 

Dónde estuve, qué es esto, qué era tanto,

por qué laúd de sufrir o cal o estiércol frío

se me propaga en piedras la voracidad del corazón.

¡Ay, los dorados mulos de su costa difunta!

Veo mi rostro en el soez cristal partido,

en la espuela rota, en la leve nieve del sillón de mimbre.

 

Cito el insólito fieltro de las nubes idas.

Qué flora vuestra, qué dolor, qué tacto aherrojado y libre

desciende, estricto juez de oro, y canta.

Sí, desciende, paño de la luna, sobre un sucio mendigo,

y descarnándolo hasta sus flores o risas o planetas canta:

grácil noche de todos, alas de todos, vago perro.

 

Ahora que empieza a caer, del cielo

 

                                                         A mi esposa

 

Ahora que empieza a caer, del cielo

de nuestra vida, que sólo nosotros podemos ver,

profundo, estrellado, carne y alma nuestra,

ese polvillo sagaz en tu nocturno pelo,

ahora que el lápiz finísimo, grabando

una medida sagrada, una cantidad misteriosa

del vino que sube en la jarra de la ofrenda,

empieza a trazar, junto a tus ojos, vivos

como ciervos bebiendo en el agua extasiada,

junto a tus labios que han dicho todas las palabras que adoro,

las huellas del tránsito de nuestra juventud,

ahora, lleno de un fuego y de un peso de amor que desconocía

porque estábamos engendrándolo secretamente en nuestro corazón

y es algo mucho más terrible y precioso que el amor

que diariamente conocíamos,

ahora, mujer, ahora, destinada mía,

es cuando quiero hacerte un canto de amor, un homenaje,

que dice únicamente así:

 

Te amo, lo mismo

en el día de hoy que en la eternidad,

en el cuerpo que en el alma,

y en el alma del cuerpo

y en el cuerpo del alma,

lo mismo en el dolor

que en la bienaventuranza,

para siempre.

 

Amor

 

Si vieras en qué playa te he querido

y en qué estrella te ocultas invencible,

qué acentos de mi voz has escogido,

hasta dónde te hunde lo imposible

desde mi sueño al tuyo melodioso

como una clara ola que me inunda.

 

Cruzáramos los dos el negro foso

de la tierra y el mar que nos circunda,

y cruzáramos más: la tibia fuente

de luz definidora, el campo serio

de flor que nos aguarda, y, lentamente,

hiciéramos de amor un fijo imperio.

 

A la poesía

 

¿Vienes menos cada vez,

huyes de mí,

o es que estamos entrando en tu silencio

—el pedregal, la luz—

y ya tenemos poco que decirnos?

Pero ese poco,

¿lo diremos nunca?

pero ese poco, ¿qué es?

¿Será el alimento de los ángeles,

lo que le falta al sol,

la muerte?

No digas nada tú. Cada palabra

de tu boca es demasiado hermosa.

No puedo resistirla ya,

aunque todo mi ser quiere comerla,

y de esa hambre vivo aún. Dí

la nada que estoy acostumbrado a ver

en el pálido fulgor de la sequía,

en la brasa del deseo, allí

donde la amarga mar que adoro empieza.

Dí su mezcla con todo, en que he gozado.

La memoria

guarda trenes enteros, encendidos,

silbando por lo oscuro. No me sirven.

Mañana del ayer, una candela al mediodía

se me parece más: en ella escribo

letras para el aniversario

de mi expulsión del texto que ahora miro,

incomprensible. ¿Tú eras mi madre, entonces?

¿Tú, que ahora vienes, como el alba,

llena de lágrimas? ¡Oh materia,

templo! Haber nacido es no poder entrar en ti.

Déjame verte por el lado de la historia,

que busca también un paraíso,

pues tu nombre es justicia, noche

de aquel niño.

¿Qué está pasando ahora que los músicos

acabaron de tocar aquel danzón terrible?

Mi vida vuelve a ser el arenal de hueso

donde salí del libro, ay, sellado. ¿Y tú,

serás mi hija?

¿Y tú, serás mi patria que no terminaré de ver?

¿Dirás lo que dijiste aquella noche,

cuando la finca empezaba a ser el paraíso

entrando en el futuro de los naranjales,

bajo la risa de las estrellas?

Lo poco, ¿es ya el tesoro?

Lo poco que nos falta, ¿es ya lo inmenso?

Tanto tiempo expulsado de tu vientre

apenas pesa como un ave en el silencio.

Dame tu mano. Ayúdame a llegar.

 

La hoja

 

Quedará
lo que ella afirma no lo dice
su decir es no decir y no decir y no decir
no infinitamente sino
Tres Veces
tres infinitas veces
En su rostro escribo y es un rostro sin más rasgos
que mi escritura
que ella tornará blancor de mente, jeroglífico
de espuma,
nada
Una hoja tras otra no hacen un árbol
sino un libro un libro tras otro
no hacen un árbol sino una colección
de libros Una colección tras otra hacen
una biblioteca En la biblioteca dicen
que no hay pájaros pero yo los he visto
Lo que no he visto es libros en el bosque
Claro que el bosque mismo puede considerarse un libro etc.
Etcétera es la única palabra que la hoja abomina.

 

Pienso en la santidad de los lugares…

 

Pienso en la santidad de los lugares

que nos han recibido y que dejamos

quién sabe a qué parejas o a cuáles solitarios

tan distantes de nosotros como astros

y que sin saberlo continuarán los gestos

que entre las cosas quedaron inconclusos,

y pienso en las costumbres de las cosas, criaturas

de este mundo pequeño, interminable,

que no acabamos nunca de palpar, a tientas

bajo el sol deslumbrante o la callada luna,

desconocidas lámparas de lo desconocido

con nuestras huellas dactilares: jarras,

libros, esquinas, nubarrones, árboles,

el mar, el sillón, el espejo, la noche,

todo lo que llamamos la vida sin saber

qué significa siquiera la palabra

que no es una palabra sino música

oída sólo en sueños, o un instante

de ese llamado amor que nos sorprende y cae,

roto en risa entre las piedras.

 

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