Día del idioma, día del ser

 

Por Manuel García Verdecia

 

No creo que hubiese mejor ocasión para celebrar la lengua española que el día en que nació un escritor primordial de la literatura en dicha lengua, Miguel de Cervantes y Saavedra. Sobre todo por ser este el autor, entre muchas obras, de una de las novelas más fascinantes, amenas e instructivas de las letras mundiales, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Y no se trata solo de que por su vastedad episódica, su variedad formal y su multiplicidad de motivos, la obra devenga un descomunal catálogo del uso del castellano. Es que además ella relata la colosal aventura que emprende un idealista febril acompañado de un pragmático raigal, los que recurren a las prácticas de caballería para rescatar y devolver la virtud a la Tierra. Sucede que el idioma es en sí mismo una fabulosa aventura, aquella de utilizar un limitado número de vocablos para comprender, captar y contar todo lo que es, fue y será el mundo. No hay novela más sublime y enriquecedora que la de las palabras.

    Pero, ¿por qué habrá de dedicarse un día a celebrar algo tan común, tan cotidiano, tan connatural que lo usamos generalmente sin percatarnos de él, sin distinguir su naturaleza particular? Tal vez la respuesta más cuerda sería esa: pues para que nos demos cuenta de lo que es el idioma. Pero cualquier contestación atinada iría mucho más lejos e implicaría todo lo que el lenguaje es y representa en nuestras vidas.

    El idioma por lo general se define como un medio de comunicación. Esto es ciertamente básico, pero decir solo eso es mutilarle otras funciones y posibilidades. Es asimismo un instrumento para ser y actuar. La vida humana, la sociedad, el individuo, se manifiestan, se asocian e identifican por su peculiar modo de emplear las palabras en el trato social. Somos algo porque hemos conformado nuestro ser a través de la negociación con el mundo por medio de las palabras. Además, cuando enunciamos algo estamos, a la vez, actuando, o sea, conocemos, rebatimos, indagamos, cuidamos, planeamos, organizamos, evaluamos, etc.  

    Entonces podemos decir que el idioma es el rostro del ser. Por él nos asomamos al mundo y el mundo se asoma a nosotros, y aun más, nos asomamos a nosotros mismos. Lo que somos, aquello que ansiamos o buscamos, nuestras más arduas disquisiciones en torno a esas tremendas preguntas ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿por qué somos nosotros y no otros?, todas son objeto de laborioso trasiego de palabras para luego conformar un sistema de ideas. El lenguaje es el instrumento existencial por excelencia.

    Pero recordemos que las ideas hallan un sustento para realizarse en las propias palabras. Octavio Paz afirma que «El hombre no habla porque piensa, sino que piensa porque habla; mejor dicho, hablar no es distinto de pensar: hablar es pensar» («André Breton o la búsqueda del comienzo») Son dos procesos siameses, inseparables. Sin la capacidad de transformar todo cuanto existe en sonidos con significado que se articulan en una estructura coherente y trasladable, no pudiéramos entrar en el sí de las cosas. El mundo se hace pensamiento mediante el logos y por él se vuelve apropiable, transmisible, rememorable.

    De manera que nuestra capacidad de instalarnos en la existencia tal como lo hacemos, como seres activos, productivos, se debe al idioma como procedimiento de aprehensión del mundo. Cada cosa pasa a ser parte de nuestra intimidad, cosa para mí, mediante el idioma. Todo el universo habita en nuestra mente como una galaxia de palabras. Pensamos con palabras, soñamos con palabras, imaginamos con palabras, inventamos con palabras, hacemos el amor con palabras…

    Pero la lengua no solo atrapa y sostiene lo que es. El idioma es también el arsenal de cuanto ha sido. La lengua es memoria y la memoria es viable por la lengua. En cada palabra que enunciamos está todo su pasado. Y todo nuestro pasado se guarda en las palabras que viven en nuestra mente. Esto hace posible la resurrección de las presencias por cuanto, al enunciarlas, las volvemos realidad otra vez. 

    Y si bien el pasado se instala en nuestro ser mediante el lenguaje, igual podemos decir que el futuro es palabra antes de ser objeto o acto. La palabra posee el potencial de la futuridad anticipada. Desde lo más simple, la ropa que me quiero poner esta noche o la comida que se me antoja comer, hasta lo más importante, qué profesión aspiro a ejercer, qué libro concibo escribir, qué modo de vida deseo llevar, etcétera, se visibiliza en palabras antes de cumplirse en acciones. Todo cuanto surge u ocurre en un momento dado ha sido antes una urdimbre de palabras tejidas mediante la imaginación, imágenes acústicas ellas mismas. De modo que el germen de todo acto futuro es una semilla de palabras.

    Lo anterior nos advierte que el idioma no es únicamente una representación sonora del mundo, es también obra, es invención. Por esta facultad creamos objetos, fenómenos, procesos, actos inéditos. Empleamos las mismas palabras pero le conferimos matices de sentido que no son idénticos a los que les conceden otras personas. No obstante, si se nos hace necesario, pues inventamos las palabras que nos faltan. De ahí que el idioma no sea un sistema cerrado y limitado. Es abierto a lo infinito pues acompaña a la realidad y con esta cambia y se acrecienta. El idioma es siempre autosuficiente pues lo que no puede expresar de un modo lo hace apelando a la invención. Es así que los tropos y figuras de dicción no son creación de los poetas como pueda pensarse. Son el resultado de la intención de los hablantes bien por expresar algo casi inexpresable o por tratar de no decirlo como habitualmente se dice. Por esa versatilidad expresiva luego pasaron del lenguaje común a la poesía y allí se enriquecieron y multiplicaron.

    Somos el idioma que hablamos. Desde niños nos van señalando qué podemos y qué no podemos hacer mediante el puntero de las palabras. Nos van mostrando una perspectiva en nuestro devenir y nos dicen las grandes verdades del ser con semillas sonoras: bondad, verdad, belleza, justicia, armonía, decencia, paz, y ellas germinan y crecen en un frondoso árbol, para bien, cuando se confirman, o para mal, cuando se distorsionan, árbol que es cuanto nombramos porque lo pensamos y lo hacemos. No es casual que los que estudian el alma lo hagan básicamente mediante la conversación. Por lo que decimos se traza un mapa de nuestro pensamiento y nuestro comportamiento, de nuestras realidades y nuestras ilusiones, de lo que pretendemos ser y lo que hemos podido ser. De modo que nuestra habla se convierte en nuestro rostro más auténtico y profundo.

    Por otra parte, el idioma no es únicamente sustancia de la poesía, él es poesía. Al nombrar hacemos aparecer otra realidad, que puede tener un referente visible o no, pero al enunciarse gana independencia vital. Y ¿qué es la poesía sino nombrar lo innombrable? Todo nombre no es más que una metáfora, pues no hay una relación directa entre el nombre y el objeto, excepto en las onomatopeyas. Cuando decimos «mujer», «lluvia» o «rosa» estamos enunciando realidades que pueden ser evidentes o solo imaginables. La rosa que nombramos es una esencial y eterna, por eso es signo del poema. Y en su aparente sencillez, las palabras llevan una variedad de sentido que las acerca al potencial de significados que busca la poesía. «Mujer» puede referirse a una, pero cada oyente la puede imaginar de un modo diferente. Además, al decir «lluvia» no solo desciframos ese fenómeno que vemos desprenderse del cielo, también pensamos en toda la experiencia de lluvia que albergamos. De manera que la pluralidad semántica siempre acompaña a cada palabra.

    Como afirma Octavio Paz: «La palabra no solo dice al mundo, sino que lo funda —o lo cambia» («El caracol y la sirena») Tan así es que, incluso, hay un cierto temor mágico a las palabras. Lo que no queremos que suceda no lo nombramos. Hay asuntos que tememos enunciar, por eso empleamos eufemismos para su influencia en la existencia real. Así el cáncer ha sido siempre «una larga y penosa enfermedad». Y esa fundación por la palabra, que nos dicen las Escrituras ejerció Dios el día de la Creación, que nos hace imaginar, pensar, sentir, es ya en sí un acto de poesía.

    De igual modo debemos decir que el idioma es territorio de libertad. Nadie manda en nuestras palabras. Nadie nos ordena el modo en que debemos decir las cosas, solo nuestro albedrío. Incluso a pesar de ese constreñimiento que es la gramática, logramos comunicar lo que queremos rompiendo con ella cuando estorba lo que anhelamos expresar. Por eso los idiomas evolucionan, por la libertad que se dan sus hablantes que se ciñen a un solo principio, conseguir que el otro nos comprenda. De igual modo, forjamos un universo nuestro, íntimo, con palabras donde todos los deseos, sueños y empeños son posibles y nadie puede arrebatárnoslos. Aun en circunstancias de censura, siempre hallamos el modo alternativo, tangencial, insinuante, de decir lo que entendemos. Además, cuando creamos algo lo nombramos según nuestro deseo. No hay una regla para que algo se llame mesa y otra cosa silla. Y ¿qué mayor libertad que producir desde nuestra percepción, nuestra memoria y nuestra imaginación, un poema, un cuento o una novela, una realidad que no existía hasta ese momento en el mundo? La libertad de las palabras es tal vez la primera y más duradera de todas las libertades.

    Por último, y vinculado con el juicio anterior, quizás es en el idioma donde el ser humano ha conseguido la gran redención que siempre ha soñado: servirse de algo que no es propiedad de alguien en particular. El idioma no pertenece a nadie. Se le puede emplear pero no se le puede poseer. Las palabras que usa un hablante son las mismas que usan con igual derecho millones de otros como él. Solo en el modo de utilizarlas halla cada quien su distinción individual.

    Definitivamente, festejar el Día del Idioma es festejar el ser, el pensar, la memoria, la imaginación, la poesía, la libertad. Es la celebración del instrumento mediante el cual el ser biológico ha devenido humano. Las palabras, cuando el hombre las usa cada día con dignidad y belleza, lo confirman cada vez más humano. Entonces repitamos como una oración lo que entona Cintio Vitier en su «Himno»:

«Loada sea  la palabra

que trae esencia al desvalido

y al victorioso brinda paz.

La honda palabra de mañana,

bendita sea por actual,

por piadosa, mientras nadie la oye».

 

 

 

Manuel García Verdecia, Holguín, 14 al 19 de abril, 2021

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