Robert Ráez y el arte del cartel

Por Eugenio Marrón

 

En primer lugar, es ineludible recordar que el verbo del cartel es la litografía; claro, me refiero a ello desde lo posible del primer versículo del Evangelio de San Juan: “En el principio era el verbo…”. Así las cosas, hablando del cartel hay que decirlo sin inconvenientes: en el principio era la litografía, porque la gran innovación del cartel llegó con el aprovechamiento de sus posibilidades y el uso del color, que viabilizaron ilustrar de una manera impetuosa y con ella alcanzar una mayor huella en la cotidianidad. Su presencia se generalizó primero en Francia, para situarse en los ámbitos más diversos de la sociedad, y ya en los últimos años del siglo diecinueve estaba por toda Europa. Dos nombres son ejemplos de aquel esplendor: el checo Alfons Mucha, que sitúa su nombradía en lo más alto del Art Nouveau —su primer cartel desde la producción litográfica fue para la legendaria actriz Sarah Bernhardt—, y Henri de Toulouse-Lautrec —sus carteles dedicados a los grandes espectáculos nocturnos en París no dejan de ser revisitados—. A lo anterior, ya situados en nuestro espacio insular, hay que añadir la impronta del cartel cubano nacido en tiempos de Revolución con los trabajos y los días del ICAIC y la Casa de las Américas —por citar dos ejemplos entre otros posibles— con experiencias trascendentales que son patrimonio latinoamericano. En esos orígenes está el joven artista cubano que hace posible esta ocasión.

Ilustrar el hecho de la literatura y sus protagonistas a la hora del cartel resulta una aventura apasionante, más si se trata de una galería de nombres señeros que van desde los horizontes más dilatados hasta las cercanías más propicias. Lograr que las posibilidades de las fotografías y las letras se conjuguen en una apuesta sensorial dirigida a promover y celebrar una lectura o una conferencia, con el aprovechamiento de un dispositivo visual que entrelaza el aprendizaje de tradiciones y rupturas, es un empeño en el que se entrecruzan con habilidad e ingenio —para decirlo con un título de Lezama Lima— “imagen y posibilidad”. Tal es el caso de Robert Ráez y su acuciosa labor: “leer nos acerca, leer sana”, manifiesta la contraseña escogida para entrar en estas visiones, y ciertamente tiene aquí el oficio de la lectura una cercanía que logra sanar, fortaleza de espíritu ante los cuatro puntos cardinales azotados por la peste de estos tiempos.

Aquí están los rostros de veinte nombres cuyas obras son ratificación de lo más provechoso que arraiga en el fiel de lo que aproxima y cura: el hecho de la literatura, en este caso, como sustento de calado humano y visión admirable, llevado a lo rotundo de un cartel que, más que exteriorizar, invita a emprender la lectura —o igualmente la relectura— como una ocupación donde cada lector sabrá encontrar las claves más íntimas de lo suyo en cada cartel. Charles Baudelaire, Paul Celan, Julio Cortázar, Emily Dickinson, Eliseo Diego, Virgilio Piñera, Arthur Rimbaud… Nombres y nombres reencontrados para deleite y ventaja de los ojos que aquí tendrán un banquete. Robert Ráez y el arte del cartel se entrelazan en el fiel de la gráfica cubana.

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