Como el sorbo de agua*

Por Belkis Méndez

 

A San Lázaro.

                                               A Lily.

                                                                                       

 

Nunca escuché hablar de Dulce María Loynaz. Cuando a principios de 1990 alguien trajo a la Biblioteca Provincial “Alex Urquiola” un ejemplar de Poesías Escogidas, la escritora resultó desconocida para mis compañeras de labor. Cierro los ojos y me veo absorta leyendo en silencio o en voz alta versos que no quise disfrutar a solas. La poesía de la Loynaz me acompañó cada viernes, en el camino que me llevaba a las prisiones de Holguín. De un lado, los muros tras los que se encontraban hombres y mujeres que descubrieron a la poetisa por las actividades de promoción de la lectura. Al otro lado del camino, un campo de girasoles me regalaba, al entrar y salir del recinto penitenciario, la presencia de la belleza.

El 27 de enero de 1990, el periódico Granma publicó “Hombre de fe”, preciosa crónica de Dulce María sobre José Martí. Ese día estaba llamado a convertirse en uno de los más decisivos de mi vida. Le envié la primera carta que terminé firmando junto a una amiga.

En la correspondencia siempre me animó la emoción, la pasión y el júbilo. No existió acontecimiento alguno que dejara de compartir con ella. En estas cartas encontraremos nombres de personas con las que compartimos su poesía en un viaje a Sagua la Grande; el agradecimiento por las hojas enviadas; el regalo del ejemplar de mi poemario Por toda la luz; la arena de Duaba, y los encuentros con los reclusos.

A las cinco de la tarde, del 4 de diciembre —día gris y húmedo del invierno de 1991— visité 19 y E. No había puertas ni ventanas abiertas. Al gritar el nombre de la escritora para hacer notar nuestra presencia los perros ladraron. Una humilde señora que caminaba por la acera preguntó: «¿Ustedes son amigas de Dulce María?, ¿ella las va a recibir?, ¿le avisaron de su visita?». Respondimos afirmativamente a esta señora, que resultó ser la madre del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal. Alguien abrió el portón y atravesando el jardín vino directo a la verja. Era Dulce María. La llamé «mi reina». La tomé de mi mano y me sorprendí de las suyas tan hermosas. Notó mi admiración y exclamó: «mis manos son algo de lo que todavía me enorgullezco».

Deseaba conocer nuestras ciudades de origen, y afirmó: «entonces están bien representadas las provincias orientales y centrales de la isla». Le aseguré que traía en mis ojos el mar que había visto en todo el trayecto hasta su casa, y que se lo regalaba. Rió, «mira si me gusta el agua que le dediqué todo un libro: Juegos de agua». Acarició a Chilín, su perro preferido. Y mirándolo preguntó con voz dulce: «¿qué tienes vida mía, tienes sed? Ah, yo siempre amé a los animales y los niños, pero no tuve hijos…» Muy cerca del mullido butacón y encima de la mesa de mármol verdinegra, dormía el libro Antonio Maceo: Apuntes para una historia de su vida, de José Luciano Franco. Sonrió cuando nos dijo que de tanto leerlo «está enamorada del autor». Muy resuelta agregó: «El hombre capaz para dirigir esta nación era Maceo. Sí, Maceo era el hombre fuerte, el hombre opuesto, el hombre activo, el hombre que no retenía sus sueños, que los llevaba a la práctica, porque el hombre de guerra no puede ser un soñador. Hija mía, Martí era igual a nosotras y uno siempre ama lo contrario a uno». Nos condujo hasta la colección de abanicos, guardados celosamente en vitrinas de cristal y bromeó:  «Yo no podía tener un abanico en mis manos porque lo rompía». De los abanicos fuimos al retrato que le hiciera Teodoro Ríos, con la belleza apacible de los cuarenta años. Me sorprendió con una pregunta: «¿Saben lo que más me gusta de ese cuadro? La tempestad que hay detrás». Mostró orgullosa su colección de tazas y entre ellas la más querida: «Pertenece a la vajilla del Maine y fue regalo de mi padre». La otra invitación fue a contemplar el precioso blackamoor, talla en madera policromada del siglo xviii, de quien Juan Ramón Jiménez escribiera: “yeso total grotescamente pintarrajeado, quien me ofrecía por su lado único una bandeja de tarjetas oxidadas de visita…” y ella confesó: «Nunca perdoné a Juan Ramón Jiménez». Caminó despacio y abrió la puerta del salón del lado izquierdo. Allí se reunía la Academia Cubana de la Lengua Española en torno a su Presidenta. Eran pícaros sus ojos: «Yo me siento cerca del secretario para ver las notas que va tomando. He dicho que no traigan otro académico, pues ya no tengo más asientos».

Dejó que mi voz recorriera algunos poemas de su Obra Lírica e interrumpió: «Las voces más importantes de la poesía cubana son Fina García Marruz y Digdora Alonso». Le recordé el poema que habla de María Mercedes Muñoz Sañudo, su madre, “zurcidora de vuelos imposibles, / hacedora de ángeles y cielos”. «¡Léamelo!», ordenó. Una lágrima le asomó en el rostro. «Perdón, yo no deseo entristecerla». La respuesta fue una ráfaga de firmeza: «tengo derecho a recordar a mi madre».

Los recuerdos envolvían el aire. «Mi madre fue la mujer más bella que yo he visto en mi vida. No se parecía  ni a Flor, ni a mí. Se parecía a mi hermano Enrique».

Me advirtió que estaba sentada en el asiento en que Gabriela Mistral solía descansar, cuando venía aquí, «a su casa de La Habana». Su medio hermano, Enrique, trajo una botella de coñac. Fue la única oportunidad de encontrarme con los ojos magníficos de este hombre. Brindamos por el encuentro y cuando pensábamos que la visita terminaba, pidió que nos quedáramos.

Antes de abandonar la casa quedaba otra interrogante: «¿por qué la llaman Dulce María, si su verdadero nombre es María Mercedes?». «No sé por qué, pues yo de Dulce, no tengo ni el nombre». Septiembre es su «más bello mes» y festeja «con goce íntimo» dos de sus días: el 12, señalado como el Santísimo Nombre de María, y el 24, Nuestra Señora de las Mercedes. Nos despedimos con abrazos, promesas y el regalo de un ejemplar de Últimos días de una casa.

Volvimos a encontrarnos en los siguientes años, y en cada ocasión le recité de memoria su poema “Eternidad”, que solía escuchar en silencio y complacida. En cada visita pude percatarme de cuánto había disminuido su visión. Con posterioridad y gracias a la gentileza de su sobrina María del Carmen Herrera,  mantuve inolvidables diálogos con la escritora a través del teléfono.

El 2 de diciembre de 1996 la visité por última vez. Cuando murió muchas personas en Holguín se acercaron para darme el pésame. Eran los mismos a quienes había prestado sus libros durante años. Como a un familiar amado, ofrezco cada año a su memoria, una misa en la Iglesia San José, y siempre que miro caer la lluvia siento que su espíritu me acompaña. Creo que nunca voy a olvidar su pequeña mano apretada a la mía mientras recorrimos 19 y E. Si como bien reza el libro del Eclesiastés: “Todo cuanto existe ya estaba prefijado” (Ecl. 6.10), no importó que nunca hubiera escuchado hablar de Dulce María Loynaz. Tuve sed y encontré su obra. Muchas veces, aquejada ante cada derrumbamiento cotidiano, viene ella a mi memoria. Desde la luz donde reposa, su voz me repite este cántico de amor a la patria, como para que nunca lo olvide: “¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!”.           

  • Prólogo a “Como el sorbo de agua” (Ediciones La Luz, 2012), compilación de cartas de Dulce María Loynaz a Belkis Méndez.

 

 

 

 

 

 

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