Las poses verbales de Norge Luis

Por Eugenio Marrón

 

No está de más recordarlo: postura –que viene del latín positura- es la manera en que cualquier persona se pone o, más exactamente, está “puesta”, vale indicar, lo concerniente a su colocación, figura o situación. Así, “pose” es la apariencia poco natural, principalmente la que pintores, escultores y fotógrafos le solicitan a sus modelos. Y también se designa como “pose” a los procederes y modos de hablar presuntuosos, o para decirlo mejor, al fingimiento. Tales posibilidades, adecuadas a los usos de la argumentación, sea oral o escrita, advierten una labor en la que cada paso a seguir en la colocación de las palabras, adquiere un valor tan singular como manifiesto.

En el caso que ocupa estas líneas, un libro de poesía cuyos textos se desplazan por zonas colindantes con la pintura, la escultura y la fotografía –o mejor: la poesía misma en el acto de asumir aquellas disciplinas-, resulta un ejercicio de plenitudes para afirmar el trasvase ya advertido. Tal es el caso de Poses (Ediciones La Luz, Holguín, 2019), de Norge Luis Labrada (Cauto Cristo, 1989).

Tres zonas integran el libro, casi como tres salas de exposición en las que un artista va a desplegar sus piezas. Curiosamente la primera, a diferencia de las otras dos, no tiene título, sino un poema inicial que también carece de él, por lo que su primer verso lo nomina: los dioses de la tierra. Se trata de 12 poemas que actúan como puesta en escena –con sus “poses” muy definidas- de una “autobiografía precoz” –pues sí: casi rememoración del carácter anímico de aquel título homónimo de Evgueni Evtushenko- en la que vigilia e ilusión mudan sus roles a cada paso, para revelar sucesivamente el desvelo que anida en la quimera y el sueño que crece en la vigilia.

En ese rumbo, hay un texto que se convierte en alfa y omega: el caballo negro y el caballo blanco. Se trata de un poema que abreva con potestad y distinción en reminiscencias y leyendas provenientes de imágenes y voces muy precisas –fragmentos de películas, visiones de cuadros, añoranzas de contingencias- no buscadas como objeto de estudio, sino tenidas como aire de familia que el poeta tiene por muy suyo: “voy a poner girasoles /para que regrese el caballo blanco /el asesino de la ventana me quita el frío /fumar /te puede calmar /el caballo blanco fue pintado por Van Gogh / el caballo negro fue pintado por Munch /el asesino sigue con el cigarrillo en la boca /su hermana se llama Noah Cyrus /canta con sombreros”.

La segunda, Monarcas –la que alcanza mayor fuerza y cohesión con el avance escalonado de los siete poemas que la integran-, con una progresión como guiada por un director que vigilara tras bambalinas, paso a paso, el desarrollo de una puesta minuciosa y delicada- funciona como una sucesión de actos que, de cierta manera, y desde un examen cumplido en uso de vocación teatral, se convierte en calco de una aventura isabelina al uso de un contemporáneo de Shakespeare que viajara en la máquina del tiempo. En los textos que la conforman, se dan cita evocaciones de Los Tudor –la serie de televisión creada por Michael Hirst sobre el reinado de Enrique VIII de Inglaterra- y asimilaciones diferentes de aquella época, conjuntamente con lecturas entreveradas de una actualidad abisal.

Nombres legendarios como los de Ana Bolena, Isabel I de Inglaterra y María I de Escocia se suceden en estampas como captadas por algún fotógrafo de improviso que irrumpiera entre líneas –“algunos llegan /con cámaras /colgadas del cuello /ladrones de instantes”-, arrimándose al avance del discurso poético. Bien apunta el poeta a la hora de las seis esposas de Enrique VIII y desde ellas hasta el tiempo mismo del lector: “llaves son palabras /pies en el suelo…”.

Crucero, la tercera y última parcela del libro, es un inventario de sensaciones que, a través de 12 poemas, se adentra en los resquicios más inesperados de una actualidad que se desborda en visiones de variadas perspectivas, en la que todos los tiempos por conjugar alcanzan en un instante el disparo de un flash. En ese orden, hay textos que se aplican a la naturaleza de un videoclip, como si las palabras se transmutaran en una cascada de imágenes y cadencias tan apremiantes como vertiginosas. Ataderos y Buscando a Susan desesperadamente en una terminal (sucia) encontré a Madonna son buenas muestras de lo anterior: en el primero, el sucederse de la palabra cruces, permite una suma que busca recorrer los cuatro puntos cardinales de la memoria de la Humanidad –ciertamente, todo un video-clip de alto vuelo-; en tanto en el segundo, aposentado en el vocablo sucia, la figura y la voz de la estrella deslinda desde sus líneas más conocidas un mosaico de sugerencias para cualquier latitud.

Y sin olvido del dedicado a Amy Winhouse, en el que la cantante británica tempranamente desaparecida parece regresar de entre las sombras para recordar que –como advierte allí el poeta- “la vida tiene más silencio que la muerte”. Así, cerrando su lectura, este primer libro de su autor nos entrega un quehacer afirmado en las ventajas de un aprendizaje poético veraz y decantado: las poses verbales de Norge Luis Labrada lo han hecho posible. (Tomado de www.radioangulo.cu)

 

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