La fiesta de té de los soñadores despiertos

Por Liset Prego

 

Los invito a una fiesta de té que no termina nunca, y que empezó cuando un señor muy ocurrente paseaba en una barca junto a un amigo y tres pequeñas hermanas. La historia que hilvanó aquel señor fue luego el regalo de cumpleaños para la más pequeña de las navegantes, Alice.

Así Charles Lutwidge Dodgson (Lewis Carroll), matemático y escritor inglés, abrió en 1864 un portal a otro universo, entregó las coordenadas de un mundo absurdo más allá de las puertas de la vigilia e inició el convite fantástico.

Cuando Las aventuras de Alicia y el país de las maravillas llega a los lectores, 155 años después, sigue envolviendo en una brumosa irrealidad que entre sorbo y sorbo de un mágico brebaje permite transitar por la locura o a una cordura sobrecogedora, si se mira con detenimiento las conductas y situaciones de cada personaje.

Pero tanto y tan profundamente ha calado este libro en quienes lo conocen que no dejan de nacerle versiones en el cine, reinterpretaciones, autores que remedan sus escenas. El texto se ha vuelto un referente de persistencia profunda, un clásico, versionado en decenas de lenguas.

Ahora a Ediciones La Luz se asoma hecho poesía Alicia maravillada. Las cuartetas de rimas bien logradas, en las que, de verso a verso, se reconstruye la historia de Carroll, conforman el cuaderno de la autoría de Héctor Luis Leyva Cedeño, joven autor granmense, que contó con la edición de Irela Casañas y diseño de Frank Alejandro Cuesta.

Alicia maravillada llega imaginada por Alain R. Cuba con un estilo que recuerda los dibujos animados, el diálogo preciso con el texto, y una Alicia representada en las más desatinadas circunstancias en las que su historia la sume.

El abordaje de textos narrativos desde la poesía no es asunto realmente novedoso. Otros incluso de la literatura para adultos han sido versionados desde el verso y para los niños y jóvenes.

De este modo llegan, simpáticos y descabellados, los personajes ideados por Carroll y sus aparentemente ilógicos escenarios y aventuras: la Liebre Marceña, la Falsa Tortuga, el Sombrero, la cruel Reina de Corazones, Alicia y sus pies distantes, y la merienda infinita con relojes embadurnados con mantequilla.   

También aquí la metáfora de la cordura incierta, las alusiones a una sociedad que se representa disparatada, pero que remeda los reales escenarios que siglo y medio después se repiten, matices más, detalles menos, pero con similitud y precisión sorprendentes. El viaje de Alicia muestra cómo las decisiones que a cada paso del camino se toman nos impactan, cómo se crece o decrece con cada una, simbolismo aparte, como en la vida misma.

Y porque los libros, aunque etiquetados en grupos etarios, son disfrutables, más allá de las edades de quienes los descubran antes y ahora, esta fiesta de té admite invitados diversos.

Para el lector que se ha acercado antes al original es fácil encontrar los referentes de la prosa precursora y quien llega por primera vez al País de la maravillas a través de la obra de Héctor Luis Leyva Cedeño, disfruta con las bien logradas estrofas, el cuidadoso uso del lenguaje, y el fascinante mundo de los «soñadores despiertos», en el que se zambullen los lectores de la mano del apurado conejo a través del agujero fantástico, puerta de las ensoñaciones.

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