Héctor Luis maravillado*

Por Rubén Rodríguez

 

Alice in Wonderland es una bomba. Sí, porque es un libro que revela desde la primera página una premisa esencial de la literatura infanto juvenil, a través de una interrogante que invita a la polémica y enciende la candelita: ¿Para qué sirve un libro sin diálogos ni ilustraciones? Así exclama la infeliz —infeliz de desdichada, no de apocada ¡bendita polisemia!— en medio de un picnic apropiado para gente adulta e hipersensible, no para una niña que, a todas luces, padece lo que la preceptiva llama síndrome de déficit de atención e hiperactividad.

No en vano se le considera uno de los clásicos de la literatura infanto-juvenil escritos expresamente para niños. Hay que aclarar que esta vertiente de las letras tiene dos afluentes, las historias escritas para niños y aquellas destinadas a un público adulto y que por su temática y contenido fueron “expropiadas” en su beneficio por los que saben querer. No es el caso, Alice in Wonderland fue escrita por el profesor de matemáticas, fotógrafo y ajedrecista Charles Lutwidge Dodgson con destinatario infantil, específicamente las niñas Liddell, hijas del rector de la universidad donde el joven Lewis Carroll integraba el claustro.

En el berenjenal sobre la supuesta parafilia del autor prefiero no adentrarme porque es campo harto enyerbado. Se sabe, por ejemplo, que el Dante Alighieri y el poeta Petrarca colocaron como destinatarias de su poética y dueñas de sus corazones a sendas niñas, Beatrice y Laura, que encarnaban el ideal de la donna angelicata, la chica angelical, pues, por alguna razón harto renacentista, las mujeres menos jóvenes ya no competían como ideal artístico; paradójicamente, las puras no eran puras. Por ese rumbo se movería también el esteta Walter Páter, maestro de Oscar Wilde, que desposó a una niña de doce años, pero tampoco de él estamos hablando.

Se conoce que las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas y, posteriormente, en el del espejo, surgieron a partir de los cuentos que les relatara, durante un tedioso paseo en barco por el río Támesis, el 4 de julio de 1962, a las hijas de su jefe, el joven diácono anglicano —era una especie de religioso, pero de la iglesia de Inglaterra, inventada por el rey Enrique VIII para pasarse a Roma por sus reales… eso mismo—. Muchos años después, los originales de la novela salvaron a las ancianas señoras Liddell de la miseria. Supongo que le sacaron algunas libras a los cuadernos, y no precisamente de carne de cerdo.

Fértil en el plano simbólico, las novelas han ido fuente para numerosas adaptaciones, versiones y reciclaje en los más diversos formatos en teatro, música, pantomimas, videojuego, musicales, ballets, animes, series de televisión, parodias, dibujos animados y ópera; incluso Salvador Dalí realizó en 1969 trece ilustraciones basadas en Alicia en el país de las maravillas. En el cine, por ejemplo, se recuerdan la primera versión, de 1903, y la de Walt Disney, de 1951, que dio a Alicia y su mundo la forma en que la recordamos: niña rubia vestida de azul con delantal blanco y zapatitos de trabilla. Rayado gato de Cheshire. Gordos idénticos de pantalones cortos con tirantes. Soldados, cortesanos y reyes inspirados en la baraja de corazones. Años después, el semanario Pionero publicó las aventuras de Alicia en el país de las Maravillas, reproducidas por el excelente historietista Domingo García. Alicia cuenta también con su versión operática y otras películas, como la de Tim Burton, de 1910 y su secuela, de 2017.

¿Qué tiene que se mantiene? Preguntaríamos, parodiando a un salsero nacional. No es difícil responder: Primero, es una narración que narra, valga el pleonasmo… porque hay muchas que no. Suceden cosas todo el tiempo. Tiene, además, concreción. Precisión. Buen diseño de personajes. Abundantes peripecias. Economía en las descripciones. Sintaxis precisa. Ritmo. Fino humor, que incluye paradojas, metáforas, juegos de palabras, alusiones y otras figuras retóricas. Fantasía a pulso. Manejo apropiado del absurdo. Varios niveles de lectura que la hacen asequible y seductora para públicos diversos. Alicia aprende cosas, por tanto es un bildungsroman. Referencias abundantes provenientes de la historia y la literatura. Buena dosis de absurdo, que resaltó también en su poesía: les recomiendo leer el divertidísimo poema “Fantasmagoría” del cual es autor.

Como símbolo de inocencia, curiosidad, espíritu crítico e indagatorio, hallamos a Alicia presente en obras de varias manifestaciones artísticas, como esta que presentamos esta tarde lluviosa, nada semejante a aquella tarde soleada en que se ubica el tránsito de la niña a la otra dimensión, la mágica, la misma que la espera al final del viaje inverso, ese regreso al regazo de su hermana, todavía en una dorada tarde que se me antoja de noviembre, cuando se pregunta si habrá soñado su persecución del conejo blanco obsesionado con el tiempo, porque el tiempo es una preocupación básicamente del autor; su ronda mágica para secado; la oruga filósofo sobre la seta mágica, aquella mediante la cual uno crece o se achica según sea el caso, al igual que crece o se achica por beber de una botella o comer galletas: otra vez la obsesión con el crecimiento, la maduración, el movimiento hacia delante o hacia atrás que quizás —¡Sigmund Freud, sal de ese cuerpo!— preocupaba al propio autor peligrosamente apasionado por una niña, a la que retrató en varias ocasiones con preocupantes exposiciones de piel, pero no pasa nada, es solo una niña vestida de pordiosera, y ¿quién ha visto un vestido de mendiga que no esté raído aquí, roto allá y descosido acullá?

¿Y qué me dicen del socarrón gato de Cheshire, inquietante, cínico, pragmático, esdrújulo? Ese que dice, simplemente, que el camino depende de la meta. Si lo vieron en el cuerpo de Woopy Goldberg, seguramente conservan ese cosquilleo que induce a la zozobra, al miedo. Será porque a los niños les gusta que les asusten. ¿Serían los acertijos del gato y de la oruga parte del modus operandi del señor Carroll, de quien se ha dicho que solía visitar las playas inglesas cargado de juguetes; o recreación lúdica de un método filosófico? ¿Quién duda que su mundo enloquecido sea un reflejo crítico de la sociedad en que vivió, en una historia llena de reinas aficionadas a cortar cabezas? Y esto explica su obsesión con regresar al mundo maravilloso de la infancia. Antes de que lo olvide: Lewis Carroll pidió al rector Liddell la mano de su hija Alicia que tenía, a la sazón, nueve años; este, obviamente, se la negó y no solo eso, le echó del campus.

Con todos estos elementos juega Héctor Luis Leyva Cedeño, y lo propio hace su ilustrador Alain Cuba, al reciclar la narración y sus personajes, y también el look de las estampas clásicas, de John Tenniel, aquellas que los estudios Disney tradujeron a su estilo gráfico peculiar. Un libro que recicla otra historia no puede considerarse original y, sin embargo, Héctor Luis ha logrado que nos acerquemos a su poemario inspirado en el mundo de Lewis Carroll como si lo fuese. ¿Cómo lo logra? Básicamente, con su inefable sentido del humor —humor cubano, gracia criolla, picardía de quien ha leído porque, ojo, no es un autor naïf— que le permite renovar y actualizar las referencias, e incluso potabilizarlas para el pequeño lector cubano. Su dominio de la rima hace otro tanto, su versificación y métrica dotan a la anécdota de un extra lúdico atendible. Así, volvemos a recorrer los hitos que dejara el autor inglés, las huellas que legaron sus seguidores en el arte, sin que se perciba agotamiento en el tema ni asome el tedio. Es como si escapáramos con la curiosa niña impaciente al mundo de las maravillas por primera vez. ¿Mi favorito? Aquel que parodia el juicio de los naipes utilizando la seguidilla de un juego infantil, aquel de la retahíla del pastel devorado por uno de los participantes del juego, algo tan antiguo y siniestro como la selección de la víctima para el sacrificio sagrado, detrás del cual está la mano del dios eligiendo su menú humano. Pero dejemos esas profundidades ocultistas para otros públicos y digamos, sencillamente que Héctor Luis se comió el pastel que horneó Lewis Carroll…

Felicitemos a La Luz por agregar a su diverso, intencionado, lujoso catálogo este nuevo libro para niños que, wow, se puede también colorear y de ese modo reinventar cromáticamente el maravilloso mundo de Héctor y Alain, Carroll y Tenniel. Les invito a comprar, disfrutar y leer el libro Alicia Maravillada, que como su referente —publicado el 26 de noviembre de 1865—, debe ser presentado, comprado y leído en este mes dorado, el que tiene las mejores tardes para escapar de este mundo convulso, distópico y preapocalíptico corriendo detrás de un conejo blanco.

 

*Presentación de Alicia maravillada, de Héctor Luis Leyva Cedeño, en peña Abrirse las Constelaciones, 18 de noviembre, 2020.

Share

Enlace permanente a este artículo: https://edicioneslaluz.cubava.cu/2020/11/hector-luis-maravillado/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.