Canción que dice la verdad*

Por Danilo Guerrero Montero

 

Un proverbio ruso afirma que “los cuentos fabulan, pero una canción te dice la verdad”. Tamaña sentencia puede convidar a vivir y a soñar la música como una parte indisoluble de nuestra existencia y puede brindar la seguridad de que el tarareo de una copla nunca abandonará nuestros labios.

Las historias de los pueblos se cuentan también a través de sus canciones. Líricas que desde la memoria se van entonando y variando hasta permear la identidad de una nación. Los bardos asumen el rigor de la dura y dulce tarea. Brindan la magia sutil de una entonación y una poesía, que en nuestra peor angustia llegan para recogernos el alma de la tormenta y la desolación.

El bardo ahora se transfigura en trovador. El bardo asidero de nuestra existencia toma la guitarra en su nueva vestidura y nos brinda el sostén de un mañana, de una nueva historia que contar. Santiago Feliú, que partiera hace cinco años más no de este mundo, revela así, todos los días, el camino de la voluntad para “seguir intentando encontrar el porvenir”. Él y asimismo otros ofrendan en nuestro andar la poesía de una canción, la ternura de un acorde sencillo y la oportunidad de encontrar otros asideros.

A Manuel Leandro Ibarra lo conocí en esta ciudad de parques hace más de una década. ¡Qué alegría tener la certeza de su amistad y de que puede tocar mi puerta en el próximo segundo! Hace días me aseguró que otras canciones estarán por venir, que casi están grabadas y que ya casi me las facilita para que las ponga por la radio. Y yo ansioso por conocer sus nuevos derroteros y dispuesto a concurrir otra vez a la llamarada de su poesía.

Pero, antes de consumado el hecho, Manuel Leandro Ibarra nunca me contó sobre sus ansias de publicar un cancionero con sus obras. Para él los asuntos editoriales no son terrenos desconocidos, pues posee en su currículo una antología de su autoría, publicada en 2012 bajo el sello Ediciones La Luz y de título Quiero una canción: jóvenes trovadores cubanos. Parece que el cantautor se motivó a ampliar la breve muestra de su obra incluida en la citada compilación y dejar evidencia de su amplitud en un nuevo texto.

Del aire soy incluye veinticinco composiciones de Manuel Leandro Ibarra que fueran agrupadas por Lizania Bermúdez. Diez de las obras reaparecen en el texto con su cifrado, elaborado por Javier Pérez, y el diseño del cancionero cuenta con fotografías de la compiladora y de Kaloian Santos, donde sus reversos contienen pinceladas extralíricas del trovador. Allí Manuel Leandro Ibarra nos declara: “Nosotros tenemos la obligación de ser auténticos, de ser libres y sinceros, de sacar la música que nos fluye por el cuerpo y no nos deja dormir (…)”.

En Del aire soy las temáticas viajan desde el amor, la ciudad, la Patria y la naturaleza, hasta los desencuentros, los miedos, la noche y la Luna. Brotan en el conglomerado las estrofas celebradas de sus espacios por la ciudad, como “Seguro ya habrás aprendido que la soledad es algo enormemente bullicioso” o “Nunca sabremos si fuimos lluvia en la noche, / nacimos libres y pobres con la verdad.” Se incluyen otras que, como nos advierte el poeta Manuel García Verdecia en las notas de contracubierta, exaltan “fervores y emociones de vida”. Hablo particularmente de “llevo la noche atada a la ventana y en tus labios / el mar se torna gris” o “Quizás el viento nos dé un minuto más / aunque la herida duela, / aunque el sudor me queme, / aunque la patria llame y nadie conteste, / aunque no queden sueños ni en ti, ni en mí.” Bajo este conjuro Manuel Leandro Ibarra asoma en este compendio su rostro lírico, marcado por las llamas de la existencia y por la luz de una poesía que traspasa épocas y soportes.

Con Del aire soy recordé la épica e intensidad de Santiago. Vinieron a mi mente también Nicola y Silvio, por lo necesarios que se hicieron y se hacen todavía para cada latir de verso intenso y guitarra penetrante. Confieso que canté todas las piezas del cancionero, que creía me sabía de memoria pero no fue así, y volvieron a dejarme en la garganta el sabor de lo trascendente.

Mi admiración una vez más para Ediciones La Luz, que insiste en escanciarnos del cáliz de la belleza. Qué buen regalo encontrar canciones nuevas dedicadas a la Isla, necesarias para el sostén del mañana, guías de la razón porque, como dijera el proverbio ruso, siempre nos dirán la verdad. La verdad infinita que viaja oronda por las praderas de la poesía con su carruaje esbelto de madera, cuerdas y trastes.

Gracias a ti, Manuel Leandro Ibarra, por regalarnos tu canción. Aunque no te perdono que no me hayas contado de primero esta travesura. Al final eso no importará mucho. Como dijera Nicola: “Seguro que lo olvido”.

 

*Publicado en Ámbito, año XXXII no. 185, p. 25-26.

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