Para festejar una vida

Por Manuel García Verdecia

 

 

Traducir poesía es un mal necesario: no siempre se alcanza a transmitir el asunto en exactitud, pero es el único modo de vislumbrar sus contenidos. De otro modo (hasta que la neuroinformática no invente un chip que colocado en nuestro cerebro nos permita leer todos los idiomas) nos sería casi imposible acceder a tantos y tantos mundos plenos de sentido y vida que en las diversas lenguas se expresan. Es labor ardua, más propia del chamán, el adivino o el médium, que de un simple mortal con cierto dominio de otra lengua. Definitivamente no se trata solo de lo lingüístico, sino del complejo tejido personal y sociocultural donde la lengua se inscribe. Las palabras, bien se sabe, son esquivas y ambiguas, las visiones e intenciones del poeta no siempre resultan evidentes. Es siempre un terreno de ambigüedad y bifurcaciones elusivas. La tarea se vuelve más difícil cuando se trata de un poeta con el cual ya no se puede establecer un diálogo aclarador. Lógicamente, si se ha ejercido la creación poética, ese estado impreciso entre la intuición y la revelación que nos visita, una vez que uno consigue instalarse con sus sentidos en el ámbito del poeta a traducir (condición primera para lograr una versión aceptable), ayuda a abrirse paso en el denso bosque de implicaciones… Pero nada es absolutamente seguro.

La faena se vuelve más peliaguda cuando se trata de un poeta como Saint-John Perse, alguien que está refrendando un mundo. Ya el poeta y dramaturgo austríaco Hugo von Hofmannsthal, al prologar la traducción al alemán del Anábasis, había sentenciado: «… una obra de este tipo es simplemente intraducible. En tales casos, la traducción no puede cumplir otro papel que el de una muy exacta, concienzuda relación. Por todo lo cual, cierta fascinación en el orden de los contenidos permanece sobrevolando» (citado por la traductora Louise Varese, en Eloges and other poems, Pantheon Books, 3ra edición, Nueva York, 1965). Por supuesto, si al menos este relato (o versión) más fidedigno al que se puede acceder no fuera posible, jamás tendríamos noticia de poetas de otros mundos sociolingüísticos. Es a esto, precisamente a lo que hemos aspirado, a la formulación de una crónica lo más meticulosa posible de ese universo tan vibrante, dinámico y vasto al que queremos acceder.

Curiosamente, entre los mayores escollos que uno encuentra para llevar la obra de Perse a otro idioma es la cantidad de nombres que evocan elementos muy disímiles de la vastedad de un mundo en construcción. Así hallamos desde elementos vegetales (abutilón, guilandina, mucuna, gonfrena, sámara, pilea crepitosa), animales (desde la vanesa, el pulgón de agua y el albatros, hasta el misterioso pájaro Annaô, objeto de mil disquisiciones) hasta los más inusitados términos de diversos campos de la práctica humana (estivación, azalai, facies, escobén). Una y otra vez debe lidiarse con un inventario de sustantivos que no suelen ser del dominio general del poeta (que usualmente emplea las palabras cotidianas recontextualizándolas) sino del especialista. Tal exuberancia de nombres que aparecen en sus textos caracteriza a un sujeto lírico dedicado a explorar y apropiarse del mundo nombrándolo meticulosa, profusamente para convertirlo en experiencia verbal.

A las dificultades de orden léxico deben añadirse los usos que el propio autor le confiere a ciertas palabras, sus apropiaciones de términos antiguos o inusuales, así como una sintaxis que no sigue más reglas que las de su intención expositiva. Incluso los consultantes francófonos a quienes hemos apelado no siempre aportaban una propuesta definitiva sino más bien un «podría ser». Sin embargo, la paciencia, la búsqueda puntillosa (ahora beneficiada por el milagro de Internet), la imaginación y la asistencia de los consultantes, nos han ayudado a conseguir un puñado de versiones que creo ofrecen el espejo del mundo creativo de Perse.

Alexis Leger fue un hombre de las islas, un itinerante, un descubridor en el mejor de los  sentidos. Llegó a este mundo el 31 de marzo de 1877 en una pequeña isla, Saint-Leger-les Feuilles, propiedad de la familia y jurisdiccional de Guadalupe, en el Caribe francófono. Venía de una estirpe de abogados de ascendencia francesa asentados en ultramar donde poseían  plantaciones de café y caña de azúcar (léase el tercer texto de «Para festejar una infancia»). Ante la ola nacionalista que emergió a fines del siglo XIX, la familia se vio forzada a retornar a la metrópolis. Tras irregulares estudios se recibió de abogado, pero ya venía conminándolo su curiosidad poética. El lujurioso ámbito de la infancia, el mar, las islas, los espacios remotos y deslumbrantes que luego podría conocer en sus desempeños como diplomático, fueron sedimentando el humus creativo que irrumpiría desde sus primeros poemas. No resulta entonces un azar que su primer ciclo de poemas reconocido gire en torno al personaje de Robinson Crusoe, un ser que desde la soledad y la distancia reconstruye su ámbito significante.

La poesía de Perse (cuyo alias se cree pueda deberse a su admiración por la fundacional cultura persa, pues era un hombre para el cual todos los tiempos se cumplían en el constante ser presente del hombre) es la de un individuo que se adentra en el mundo para conquistarlo y, sobre todo, humanizarlo. La simbiosis hombre-entorno es capital para comprender su obra. Hombre y naturaleza tienen comercio, dialogan, se compenetran y en su equilibrio es que acontecen las mayores delicias y maravillas.

Una somera mirada a los títulos de sus cuadernos ya nos da una semblanza de sus motivaciones: Elogios, Anábasis, Exilio, Lluvias, Nieves, Poema a la extranjera, Vientos, Crónica, Pájaros, Canción para el que estuvo allá, Canción para un equinoccio, Nocturno, Sequía… Notemos el hecho de exaltar o cantar cuanto es y donde somos. Igual hallamos la persistente recurrencia de fenómenos climáticos y de espacios naturales que determinan en mucho los comportamientos. Por otra parte enfrentamos la condición de transitoriedad del ser en determinados espacios, así como la vocación de dar fe y noticia de ellos. El poeta viene a hacer del mundo un sitio apropiable por la memoria y la palabra y, por tanto, digno de ser celebrado pues es ahí donde alcanza su pujanza (palabra muy entrañable al autor) y su realización.

Curiosamente, dos son los personajes principales en sus textos. Uno es el Extranjero y el otro es el Peregrino. El ser humano es criatura de paso por este orbe. Es un espécimen que llega para ver y fundar, para conocer y ser, lo que vendría a constituir el sentido más exacto de vivir, o sea, experimentar por el contacto, la acción y la palabra que perpetúa. Extranjero y Peregrino van y vienen por sitios que no conocen y que solo en su amoroso contacto e involucramiento llegan a tornarse paisaje trascendente. Sin embargo, no los abandona la extrañeza de ese mundo cambiante que los rebasa. Es de aquí que uno nunca llegue a ser un morador fijo sino un simple ser en tránsito. Esto, si bien a primera lectura pudiera dejarnos un asustadizo sentido de no pertenencia o desarraigo, a la larga nos instala en el sentimiento de perentoriedad con que asistimos a los espacios de la vida y de la constante curiosidad que nos conecta con ellos volviéndonos atentos y gozosos. De aquí que el Extranjero declare: «¡todas las cosas del mundo me son nuevas!» («Exilio II»). Porque el mundo es tornadizo y el individuo transcurre también por su fluir. De esa perpetua novedad acaece el misterio de la poesía.

Es así que al resultar todo inédito, el tono más consistente es el de crónica cuando no de alabanza. El sujeto lírico siempre está dando noticia de lo que descubre. De aquí deriva entonces el tono exaltado con que describe ciertos ambientes, el constante uso del adjetivo «gran» o las palabras «canto» o «cantar». Hay una admiración por cuanto vive, desde el más nimio insecto hasta las más oscuras raíces, un deslumbrado asombro por los horizontes que nos rodean, un fervor por todo afán con que el hombre emula a la naturaleza y junta a sus obras las suyas propias. Hay pocos poetas (quizá solo lo equipare Whitman) que hayan honrado tantos oficios y haceres como Perse. En la acción edificadora del hombre, como escribe sobre el pájaro de Braque, hay también un poema. Esa admiración y esa empatía lo mueven a entonar: «¡En el punto sensible de mi frente donde se crea el poema, inscribo este canto de todo un pueblo, el más ebrio, en nuestros diques que sostienen inmortales carenas!» («Anábasis I»).

De cierta manera, Saint-John Perse se inserta en la tentativa de reconstrucción de la memoria más fidedignamente vital, derivada de las experimentaciones expresivas de inicios del siglo  XX (imbuidas de las cardinales aportaciones hechas por la Psicología, la filosofía del subconsciente y la física de la relatividad), tal y como lo intentaran Marcel Proust, Virginia Woolf o James Joyce. No solo por la referencia temática a momentos de la niñez u otras experiencias pasadas, sino fundamentalmente por la función que se le confiere a la memoria como arca sagrada de lo humano. Esto pasa a ser perceptible en la forma de la escritura. Sus textos son evocaciones. Hay una serie discontinua de discursos que dejan espacios como los que suele ocultar la propia mente que lo sabe todo y no necesita lo rigurosamente explícito. La sintaxis quiebra el orden de causa y consecuencia, asume la yuxtaposición que marca indicios más que una lógica sistemática. Así, unos y otros versos frecuentemente no tienen una consecutividad temática sino más bien aleatoria. Es esta desconexión la que hace su poesía tan abierta a disímiles sugerencias y, a la vez, la vuelve tan resistente a la traducción, pues el contexto que redondea el significado, más que lingüístico, es mental. El traductor (y por supuesto el lector que a la larga es otro traductor) debe tratar de situarse en la subjetividad que recuerda y reconstruye para poder armar las situaciones poéticas.

También de aquí emanan otras de las peculiaridades formales del poeta. En primer lugar la recurrencia a las enumeraciones. Como se ha dicho, el sujeto lírico se adentra en un espacio que debe desvelar y, mediante la palabra, fijarlo y apropiárselo. De aquí las largas tiradas donde enumera plantas, edificaciones, actos, ocupaciones, tipos de personas, y otros. Nombrar es una manera de recrear y, por su expediente, se convierte en perceptible lo desconocido. El otro elemento característico es el apego del poeta a las imágenes más que a la metáfora. El individuo que se mueve, ve, aprehende y anuncia, no quiere decirnos esto es como aquello sino quiere que sepamos que es exactamente cada cosa percibida. Entonces apela a sus sentidos para enunciar lo que ve, huele, palpa, saborea, escucha. Trata de poner nuestros sentidos en contacto con lo que han conocido los propios. Esta es la función de la imagen, reanimar para los sentidos del otro lo experimentado personalmente. A esto lo ayuda la prodigiosa locuacidad del poeta, su dominio de la palabra, su amplitud léxica, su perspicacia para escoger, de entre las miles de distintas sensaciones, aquellas que logran un mayor impacto explicativo.

Hay otros dos recursos que el poeta emplea singularmente. Uno es la utilización de comillas en determinados momentos. Como se sabe, generalmente estos signos ortográficos indican que se está refiriendo a algo que ha sido enunciado por alguien. Con su uso, en las ocasiones más impensadas, el poeta coloca un instante de conversación repentino en medio de la descripción. Diálogo donde el sujeto lírico interacciona con un interlocutor genérico que eventualmente solemos ser nosotros. Esto no solo es una forma de crear cierto condicionamiento dramático, así como de ampliar los puntos de vista que abordan un asunto. Es también un modo de dar cabida a otras voces e incluirnos en la calidez de la experiencia humana que se objetiva a través del intercambio verbal.

Habitualmente, los diálogos que imbrica el poeta no son totalmente explícitos o completos. Entonces apela a otro recurso que sugiere ese carácter de discontinua irrupción en el fluir de la vida ajena. Para ello emplea las rayas o los puntos suspensivos. El lector desapercibido puede tenerlo por un capricho o simplemente quedarse absorto. Sin embargo, al familiarizarnos con las maneras del poeta, nos percatamos de esa indicación o advertencia que nos pone en guardia. ¡Alto lector! Esto no es silencio, es palabra sugerida por lo que uno debe imaginar. El lector se vuelve partícipe y terminador de lo que aparentemente no se dice. De modo que puntos suspensivos y rayas abren un resquicio para nuestra incorporación al discurso y la incitación a nuestra capacidad de inferencia para que, como supuestos interlocutores, nos empleemos en completar lo silenciado para redondear el sentido.

La lectura de la obra poética de Saint-John Perse es una experiencia singularmente maravillosa. A través de ella no solo nos instalamos en un ámbito donde el lenguaje alcanza un protagonismo iluminador. Nos deslumbra e incita a sondearlo y acogerlo. La inusitada fuerza de sus imágenes excita nuestra imaginación y nos hace mirar el mundo de la naturaleza y las cosas que nos rodean de otra manera. Su intención de canto nos reconcilia con el mundo y nos enamora de él. Todo cuanto conocemos, una vez dicho por Perse, adquiere otros matices y aromas que nos lo vuelven sencillamente fabuloso. Creo que fue uno de los primeros seres que tuvo conciencia de que la historia siempre se cumple en el presente y que la Ecología es la única manera de que el hombre logre la armonía con el girar del universo. En Saint-John Perse el mundo vuelve a ser el sitio edénico y pletórico de posibilidades donde el ser humano descubre la potencialidad de lo trascendente.

La presente traducción no pretende negar otras versiones, sentar canon o deslumbrar a nadie. Es esmerada respuesta a la solicitud de los jóvenes que no han podido tener acceso a la obra de este principal poeta. Si acaso estos lectores llegan a acercarse al espíritu fundador, peregrino, exaltador de la vida mediante la palabra de este hombre, estimulador de nuestros más ineludibles anhelos de morar en la verdadera poesía, pues ha cumplido su destino.

Holguín, agosto-septiembre de 2012.

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