Mayda Pérez Gallego, te invito a un café

Por Luis Yuseff

I

Verano de 1995 con sus tormentas al final de la tarde y sus bosques de acacias junto a las líneas de los trenes. En la sala de Literatura de la Biblioteca Provincial Alex Urquiola, Belkis Méndez ─único ser a quien me había atrevido a mostrarle mis poemas, transcritos con una letra legible, casi ajena para la ocasión─, hablábamos también, de música. Ya no Frederick Chopin ni la legendaria María Callas con su voz de pájaro triste, sino de Mercedes Sosa, La Negra. «Tienes que conocer a MPG», me aseguró, y la promesa vino a concretarse un par de meses después, cuando Mayda estuvo de regreso de un viaje a La Habana; solo que no fue Belkis, sino el periodista Rubén Rodríguez quien me condujo hasta aquella casa de la calle Fomento, a la que se ascendía por una escalera ruinosa y de uno en fondo, después de empujar una suerte de portón improvisado al que se accedía sin mucha dificultad. A la puerta, invariable, Mayda Pérez Gallego te recibía ─lo supe después─ con una sonrisa espléndida. Su cuerpo pequeño, el cabello rebelde y sin cortes de estilo, contenían a una mujer por momentos irónica, nunca ofensiva; y otras frágil, insegura, con una sensibilidad que la delataba cuando se quedaba atenta escuchándote, sin hablar.

De esas conversaciones, que ya no se tienen porque anteponemos a la necesidad real de comunicación la urgencia personal, tuvimos muchas en los años que siguieron, pero aquella mañana, Mayda aún era una desconocida para mí. Nos invitó a pasar. En la pequeña sala, donde se atesoraba una biblioteca de autores preferentemente latinoamericanos, también reposaban, sobre un anaquel, artesanías andinas multicolores, una botella del siglo XIX como portavelas, y a la altura de nuestras cabezas la ventana que dejaba pasar un sol insistente.

Ella se sentó en una butaca junto al televisor destartalado que con algo de ingenio había transformado, también, en librero. Rubén y yo preferimos al sofá, un par de pequeños balances que parecían pensados más bien, para niños. La timidez de mis veinte años recién cumplidos, frente a aquella mujer que escuchaba con una atención elogiosa, mientras Rubén leía mis cartas credenciales que me delataban como joven poeta inédito, melómano (con especial fanatismo hacia Mercedes Sosa) y una carrera de ciencias exactas en evolución, hicieron que me fuera encogiendo sobre el balance. Entonces sucedió lo que no hubiera querido: mis largas extremidades, adelgazadas por el impronunciable Período Especial y las hambrunas de una beca universitaria en Santiago de Cuba, me tendieron una trampa. Fui en caída progresiva resbalándome de aquel «balancito» y no paré hasta quedar hincado sobre las losas, de rodillas frente a Mayda Pérez Gallego. Es verdad que no hubo burlas, pero en los ojos brillosos de Rubén y en la sonrisa apenada de Mayda, se asomaban toda la picardía y sentido del humor que, desde ese momento, caracterizaron nuestros encuentros. La invitación cortés no se hizo esperar: «¿Quieren un café?»

 

II

Y aceptamos con gusto el café. Después vendrían las tertulias no programadas en el balcón de la «PachaMayda», que se adentraban a la madrugada holguinera y donde se sucedían las tazas cristalinas con té negro, endulzado con mieles y debidamente aderezado con unas pocas gotas de jugo de limón, mientras «los enflaquecidos poetas (que nunca fuimos tantos   por cierto)», aventábamos con nuestras manos el bochornoso verano o nos apretujábamos en el raquítico invierno local. Aspiraciones y sueños eran entrecortados por la escalinata de la Loma de la Cruz, la mayoría de las veces a oscuras. Un gato ¿o gata? Llamado/a Toti Lavernia se paseaba indiferente entre las piernas de los contertulios y en un rincón, prensado a una maseta de barro, un cactus crecía robusto, «como a porfía».

Allí reencontraba constantemente a Ghabriel Pérez, con su abundante obra inédita bajo el brazo; a Lourdes Castro, lutier de pianos de barro, dueña de una tristeza infinita, que de improviso nos hacía reír con un gesto irrepetible, dándome deseos de amarla un poco más. Y también a Belkita, con aquellos versos suyos: «suave me ha despertado la mano de mi madre», guardados para siempre en la memoria de todos nosotros. María Fermina e Isabel Angulo, Iris Bonillo, Beatricita, Isabel García Granados, Elena Fornet. Lourdes González ─solo una vez─ descubriéndome el perfil caótico en un juego de sombras contra la pared. Joaquín Osorio, de paso casi siempre hacia la espesa noche; George Riverón con el aullido permanente que le despertaban la ciudad y los amates; Luis Caissés, quizás para un cumpleaños de la Gallego, y Lalita Curbelo, también para igual fecha de no sé qué año, mostrándome una vieja fotografía suya: muchacha encantadora, llena de sueños, amante. ¡Sus ojos verdes y el mar! Y La Negra siempre cantando para nosotros: «Uno vuelve siempre/ a los viejos sitios/ donde amó la vida…»

 

III

 

Siempre volvimos adonde Mayda Pérez Gallego, solo que un día comenzó a recibirnos de una manera poco habitual: tendida sobre su cama, como una Frida Kahlo despojada de joyas y turbantes, pero dominada ─eso sí─ por una singular pereza que nos obligaba, una vez llegados puntuales e insistentes, a sentarnos alrededor suyo. Un día le hicimos un chiste que ella celebró, pero la verdad es que vi pasar por su mirada un susto que me era familiar. Los poetas siempre le tememos a la muerte. Mientras aquello se resolvía con el intercambio de ingeniosidades ya teníamos asumido que el balcón iba quedando solo para las noches en que la cifra de invitados superaba las cinco personas. O para los recién conocidos.

Ese 27 de abril llegamos, bajo el sol infame de las dos de la tarde: Belkis, Rubén, Lourdes Castro y Ghabriel. Era el año 1997. Mal que le pesara, y lejos de cualquier sintonía de estilos entre sus poéticas, se me antojaba hallar algún parecido entre Dulce María Loynaz y Mayda Pérez Gallego: su recogimiento, el cuerpo resumido por el paso de los años, y lo agudo de sus sentencias. Quizás mis amigos percibieron lo mismo. Una vez conocida la noticia que anunciaban los periódicos quisimos buscar consuelo junto a Mayda. Y ella nos bautizó, en flagrante crónica, como Los huérfanos de Dulce María.

Sobre el cielo de la Isla un cometa trazaba su cola incandescente, y así de fugaz se nos recordaba, lejos de la estrella y un tanto con el alma bajo el guijarro, que habríamos de pasar.

 

IV

 

La campana roja del framboyán cubría la casa de madera. Al fondo, el asfixiado río de la ciudad aliviaba su habitual contaminación con las últimas lluvias de la estación. Quisimos invitarla a «la covacha» nuestra, equiparable en sueños a la de Isla Negra, pero alejadas en confirmaciones de la realidad. El árbol era nuestro mayor y mejor patrimonio. La promesa de un patio llameante sería nuestro cobijo y regalo, nuestra alfombra roja a Mayda Pérez Gallego.

Los preparativos para recibirla incluyeron una mesa servida con uvas, guayabas, naranjas y plátanos maduros. También frutabomba y mangos. No faltarían el café y el té, a demanda de la ansiada invitada.

El domingo comenzó temprano, siempre avizorando que no quedaran detalles inconclusos que pudieran malograr el recibimiento de la amiga. Pero el domingo no solo comienza más temprano para los ansiosos. Esa madrugada sorprendió a la tía con una vieja escoba de yarey en ristre, adecentando el precario patio, afeado ─dijo─ por el exceso de humedad y «esa montaña de hojas caídas». Resuelta a habilitar el escenario que recibiría a la ilustre poeta, cuya visita había sido anunciada entre orgullo y preocupación en casa de pobres, no solo se encargó de deshacer la bella alfombra vegetal sino que decidió ─ahora más resuelta y machete en manos─ a desgajar la campana roja de nuestra amada primavera.

Cuando despertamos, una extraña y poderosa claridad se filtró entre las hendijas de la casa, pero la luz ya no era roja.

Al llegar Mayda, le comentamos amargamente de nuestra tristeza por la promesa incumplida. Ella, con su peculiar sentido del humor y acudiendo a la ironía acostumbrada, nos recordó algo que habíamos leído en un libro olvidado: «la gente que viene con la mejor intención muchas veces acaba haciendo las peores cosas». Nos reímos. Mercedes Sosa cantaba: «quién dijo que todo está perdido…» y la Gallego, que no parecía seguir con atención la música, nos sorprendió con la dedicatoria del ejemplar de Entre el grito y la página en blanco, que dejó para nosotros:

 

V

No tiene fecha la dedicatoria. Quizás porque la poesía, la amistad y el amor no necesitan de esos artilugios con los que se pretenden retener ciertos sentimientos de pertenencias y permanencias. Hay, en todos ellos, una libertad implícita que religiones ni políticas pueden amedrentar. Mayda siempre lo supo y ─creo─, eso la convirtió para muchos de nosotros en «la más rara de las amigas».

No puedo menos que recordar su poema en grafitis, en más de un café de la provincia:

 

Mis amigos

 

Son como sellos:

su valor no radica    fundamentalmente

en su antigüedad    sino en su rareza.

Han ido llegando

de todas partes llegando

trayéndome un aluvión de poesía

canciones

secretos y sugerencias.

Algunos    con el mucho o poco tiempo

han ido cayendo

pero hay otros que desarman

o reafirman mis tristezas.

A cualquier hora tocan en mi memoria

y yo los dejo entrar

ir derechito al corazón que los espera.

Allí anidan

Allí saben ser cálidos con mis huesos.

 

Siempre acudo a estos versos, cuando descreo de la Verdad y del Amor; cuando las fuerzas parecen no asistirme y la casa de familia va borrándose en los horizontes cotidianos que imponen la vida y la muerte. Mayda deja en mí un sentimiento de optimismo que posiblemente no predominaba en ella. Su poema me transfiere un valor de humanidad que se sobrepone a las franquicias del ser. «Mis amigos» ha venido al mundo para ser cincelado en pura piedra y para alcanzar a ser leído por los hijos de los hijos y por los amigos de los amigos.

 

 

VI

 

En diciembre de 1995 Mayda aún escribía Entre el grito y la página en blanco. Este libro posiblemente sea ─dentro del cuerpo que hoy conforma Mis rejas y mis rosales. Poesía reunida (Ediciones La Luz, 2019)─, su único cuaderno concebido en el deseo ex profeso de conformar un texto unitario, coherente, convenientemente articulado en su lírica, sustentada más que todo en esa grata e inteligente conversación que asumía, como espacio de cercanía, con amigos y amores más menos infelices.

Una mañana de ese año, posiblemente superada la pírrica Navidad nuestra, llegábamos junto a Rubén a su casa, y en lo que subíamos las escaleras nos comentó sobre el libro que estaba por terminar y la esperanza de enviarlo al Premio de la Ciudad de Holguín. «Tres o cuatro poemas y lo doy por cerrado», nos dijo. Y no había promesas en sus palabras. No advertimos tampoco grandes aspiraciones ni apegos ridículos en lo que decía, pero si entendí que sus poemas no tenían como fuente nutricia esa fuerza de voluntad que sí tienen algunos escritores y que les sirve para patentar con ella admirables estructuras literarias, aunque no por eso transidas de poesía. Muchos de los poemas capsulares de la Gallego son de lo mejor y más honesto de cuanto han escrito los hombres y mujeres de esta ciudad, agotada tantísimas veces en trasiegos literarios. Eso lo sabemos. Y su escritura reconcentrada, de tránsito breve y efectivo, como sus conversaciones, fue reconocida en la ceremonia de entrega del Premio.

Unos días después Mayda nos dejó leer el manuscrito. Había sido tecleado hermosamente en una máquina de escribir con letras azules, bien dibujadas, sustituyendo acaso su caligrafía informal. Leímos con fruición. Transcribimos todos sus poemas. Regalamos otros a los amigos. Aprendimos de memoria. La citábamos. Y cuando sopló fuerte la ventolera arrasadora del olvido, una temible noche de fin de año, solo en mi habitación, retomé aquel viejo libro impreso en Bilbao. Releí dos pequeñísimos poemas; quizás, los mismos que le faltaban a Mayda por escribir en los días finales de 1995:

 

Fin de año

 

Un poema sin campanas

¿podría considerarse de fin de año?

¿No sería     más bien

la espalda de un instante

donde los felices se abrazan felices

y los solos sobreviven peor?

 

Un poema de fin de año

¿no amanece roto de amor

perdido y estrujado entre dos cuerpos?

 

 

Año nuevo

 

Pienso en ti. Y

contra el viento del nuevo año

sigo emborronando lágrimas

tecleándola con pudor

para no contrariar el abrazo de los felices

en esta noche en que los solos

no encontramos perdón.

 

 

VII

 

Existe una voluntad no confesada de testamento literario en el deseo de publicar en un solo libro todos los poemas escritos a lo largo de una vida. Por eso me sorprendió que Yailén Campaña me propusiera incluir en los planes editoriales de La Luz Mis rejas y mis rosales. Más me tomó por sorpresa saber que tenía el visto bueno de Mayda para hacerlo, esquiva como pocos a homenajes, aunque dueña de un corazón «viejito» que al parecer comenzaba «a exhibir tantas medallas». Y la idea se concretó en un volumen en el que intervenimos varios amigos, y otros que se sumaron, como el pintor Yuri Urquiza. Pero, sobre todo, tuvo este libro el desvelo de Ghabriel Pérez, su editor, el mismo que años atrás, en un poema visionario había encontrado a Mayda Pérez Gallego, desde el malecón gibareño, alimentando tiburones. Criaturas que no son aludidas literalmente, sino más bien como una figura donde se resumen los temores, inseguridades y peligros que asumimos a diario. Mejor dicho: los temores, los peligros e inseguridades de Mayda Pérez Gallego.

En los cuadernos Territorios de sueños (1990) y Entre el rito y la página en blanco (1999), además de otro pequeño grupo de textos inéditos hasta la fecha y que fueron incorporados en la autoantología Golpes de lluvia (2007) ─todos publicados por Ediciones Holguín─, está resumida la obra édita de Mayda. No solo brevedad quiso para sus poemas.

Todavía es posible encontrar a los desalmados queriendo más para sí, cuando no es digno cavar en lo que ya es definitivamente «tierra santa»: el dolor del poeta.

No es esterilidad la aptitud de silencio en la poética de Mayda. No es omisión su contención. No son subterfugios gramaticales los juegos inteligentes y atrevidos, porque deben ser entendidos como desafíos humanos. No es abandono sino concentración su trazo rápido del verso. Ni son carencias los modos coloquiales de la expresión, sino ingenio. Pura sustancia poética. Abismos que su infierno personal supo acercarnos con timidez y casi siempre con una sonrisa irónica y de desprotección entre los labios:

 

Como ves   qué podía hacer

si cuando llegué era tarde

y ya habías hecho el reparto

                        / de tu anchísimo mundo.     

 

VIII

 

El «anchísimo mundo» parece resumirse en unos pocos renglones «cuando un amigo se va». Quedan ─sin importarme demasiado ya─ un montón de páginas grapadas sobre una mesa de oficina. Días de trabajo intenso procurando la cubierta exacta para tu libro. Su aprobación por ti. El título definitivo, tomado de un verso de Machado (¡el poeta!) Quedan las manchas de tintas de una impresora defectuosa dispersas sobre el dibujo del piso. Queda esta Luz sin ti, y también la promesa incumplida de que estarías aquí, a nuestro lado, justo hoy cuando cumplirías 72 años.  

Pero el deslizadero sobre el que nos abalanzamos todos es puntual y riguroso. Ese «puma de luz» que son los besos no alcanzan para andar distraídos por el mundo. Y los labios deciden correr, cuando menos lo esperamos, su telón de absurdo acero a cada intento de acercarnos más a esta fragilidad intransferible.

Todavía, amiga, quiero pensar que hay tiempo para repartir nuevamente el mundo. De modo que en estos juegos de azar te correspondan a ti, de una buena vez, las fotos más viejas, el cariño íntimo, el sabor de la natilla, los misterios, el saludo, los puentes sagrados de la música, las transparencias de las tardes, el olor marino de los sueños, las confidencias de trasnoche, la cama para el amor a tientas y «las nochecitas sin duende/ donde la ternura se aprieta como un racimo ansioso de madrugadas para madurar».

Todavía, amiga, quiero terminar aquella conversación donde me aseguraste que te quedaban cosas importantes por decirme, sabiéndome roto por el mal amores, buscando un alma como las nuestras.

Un año después de aquel encuentro en La Luz volví a tu balcón. Allí estaba aún el viejo cactus, prensado a la misma maseta de barro y creciendo robusto, «como a porfía». Tú acababas de salir de casa. Ghabriel, Isabel García Granados, Elena, María Fermina y yo nos quedamos por unos minutos mirando al perfil inexpresivo de la Loma de la Cruz. Bajé las escaleras de tu casa con la promesa de no regresar jamás, recordando el día de 1995 en que me ofreciste una taza de café, como celebración del joven amor y de la amistad eterna.

 

 

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