La belleza más humana: poses (+spot)

Presentación de Poses (Ediciones La Luz, 2019), de Norge Luis Labrada

Por Luis Yuseff

 

 

I

 

Como un centinela permanece junto a la balaustrada. Apenas se acerca al entramado metálico. Me acerca un libro. No quiere dejarme ir, lo advierto en cada nuevo motivo que introduce en la conversación. Una conversación que nunca termina. Luego, me despide con un abrazo, uno de esos que parecen no querer retener nada ni a nadie, y que solo ofrecen quienes no están acostumbrados a dar o a recibir demostraciones de cariño. Finalmente bajo las escaleras y cierro con celo las puertas blancas. Dentro queda un muchacho de 30 años, sus manos hermosas comienzan a apagar luces. Simplifica ruidos. Prepara o no algo para comer. Lava su cuerpo. Tiende una sábana oscura sobre el enlosado donde otros durante el día agotaron la jornada. Repasa las horas. Enciende la pantalla del teléfono: recibe/envía «peligrosas fotos digitales». Su perfil de mártir cristiano va quedándose inmóvil sobre el brazo que hace de almohada. Duerme poco la mayoría de las veces. El maniquí desnudo y sin rostro que lo observa desde todas partes, adquiere una inesperada movilidad y su rostro desdibujado hasta ese momento en la oscuridad comienza a reproducir imprevistamente las facciones de Enrique III de Francia. La noche de Nina Simone está por ofrecer sus mejores frutos. Los paparazis de las avenidas corren veloces tras ella, tras Enrique III de Francia y tras el corazón de este muchacho de 30 años, que ha comenzado a desintegrarse dentro del agujero donde vive y construye sus poemas.

 

II

 

«Van a hacer público este dolor», me dice una tarde cualquiera, en un café de la ciudad ruinosa, mientras vemos a los habituales pasarse los cigarrillos mentolados y sobre el hombro de una mujer, quizás demasiado joven, aletear con dolor la sombra de una mariposa recién tatuada. Frida Kahlo sobrevive con dificultad en el antebrazo de una muchacha que, a su vez, es besada por otra mujer, y las tres bailan, tomadas de las manos, sobre el mármol de Black to black, ahora que Amy Winehouse canta.

Norge me acerca el pliego de papel recuperado donde imprimió con dificultad los versos que prefiere dejar a juicio mío.

Un caballo negro trastabilla sobre el pavimento. Un caballo blanco hala de un camastro oxidado.

Las manos sucias de un deambulante piden con insistencia justo dos mesas más atrás.

Se asoma al balcón de enfrente un hombre calvo con expresión libidinosa en el rostro, mira y sus ojos parecen incrustar contra la pared de cristales los torsos hinchados de tres adolescentes.

Alguien pasa y deja sobre nuestra mesa un plegable prometiendo el fin de la existencia de los sin fe.

Alguien se para a mi lado y bate quince monedas inútiles contra la mesa.

Alguien pasea una bandeja de plástico descolorido y encima las cabezas de Ana Bolena y Catalina Howard se mueren de la risa.

«van a hacer público este dolor», me dice, y hablamos de Isabel Tudor y Alejandra Pizarnik; hablamos de Chernóbil y «caballos de vapor»; de un jardín y de una cárcel.

«la naturaleza lleva el dolor por delante / poca luz entra por donde están los vivos», me dice, y miro hacia el sitio donde los flashazos de las cámaras laminan la tarde amarilla de Holguín, y donde nos descubro, sobre la pantalla digital, como dos criaturas fantasmales al fondo del retrato de grupo de la mesa vecina.

«siempre acaricio lo que otros se han de comer», me dice, y hablamos de «la mezquindad del verde», del abrigo o el consejo; de los pájaros y las cenizas.

«camino para ser encontrado», me dice, y salgo del café pensando que Norge Luis, el poeta, no le teme «al paisaje que se quema».

 

III

 

«A veces sí», me dice. A veces ꟷel poeta que se sabeꟷ, pasa también a formar parte de ese paisaje, así que no alcanza solo a la contemplación reposada, sino que es una de las criaturas que se asfixian en las quemazones colectivas o, por lo menos, el aire enrarecido que los otros respiran también es su modo de sustento en la isla personal.

Hay siempre una participación inevitable, y muchas veces involuntaria, del sujeto-poeta en los destinos históricos de cada nación. Imposible esquivarlo. Pero no por eso está llamado a ser el Cristo de las revoluciones. Las circunstancias que dinamizan estas causas no saldadas, se asoman algunas veces en el molesto y muchas veces deteriorado sillón de escritura; pero esas mismas circunstancias, quizás por cotidianas, mal argumentadas, o por puro agotamiento de las razones que ya no justifican su existencia, han pasado a ser un duro telón de fondo. Si afuera de los cubiles personales del escritor dos mujeres destrozan sus vestimentas en una sobrevivencia humillante, dentro, en su confinamiento voluntario, el poeta reclina la cabeza contra el pecho de María Estuardo o pone «cara de niño» cuando Isabel I, la reina Virgen, agoniza en «los olores solitarios».

Otras agonías quedan recogidas en la muerte de los monarcas. Agonías individuales y muertes colectivas, también. Porque el poema, ahora en el terreno de la poesía y a los ojos del lector, ha alcanzado, como quería Octavio Paz, «la participación» señalada en El arco y la lira: «Como la creación poética, la experiencia del poema se da en la historia, es historia y, al mismo tiempo, niega a la historia (…) Revive una imagen, niega la sucesión, revierte el tiempo. El poema es mediación: por gracia suya, el tiempo original, padre de los tiempos, encarna en un instante. La sucesión se convierte en presente puro, manantial que se alimenta a sí mismo y trasmuta al hombre». (Octavio Paz: El arco y la lira, 4ta. ed., Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 2008, p. 25)

Bien entendido Octavio Paz, queda dicho que escribir un poema es siempre un acto de reconstrucción de la historia.

 

IV

 

Escribir un poema, también, es un acto terriblemente humano y delator. Queda Norge Luis expuesto en fibras sumamente íntimas y por personales, afincadas en una sustancia vital, que le amarga por momentos la existencia, como la savia amarga lo que es la vida misma del árbol. A ese árbol le he visto acercarse y dejar su espalda recostada contra el tronco leñoso. Un movimiento leve de su dedo índice ha activado el lente de la cámara del teléfono móvil. Después le he visto maquillar con paciencia la fotografía. Accede por último a los «datos» y escribe con desenfado sobre la pantalla táctil: «recupera el espejo de las tardes / a la hora del dolor del hambre/ no hagas ruido para que el dolor no se propague al pecho / (hay una sombra / una presencia que me protege)». Y la voz oracular del viejo árbol dicta: la flecha tiene la virtud de no sanar.

Posar es humano, le digo. Escribir un poema, también.

 

V

 

Poses ꟷsu primer libroꟷ se deslinda vigorosamente de lo que podría entenderse a primera vista como una escena montada para una revista de modas. Los selfis con que el autor suele llamar la atención en las redes sociales, tienen más de puesta en escena que este cuaderno, aunque no olvido que cada una de esas fotografías las hace acompañar de citas textuales ganadas a la lectura ocasional ꟷy esquivaꟷ de los poetas que gusta y consume con un apetito zigzagueante. Sus selfis son la excusa perfecta para sumarse a la escena interactiva. Allí participan las mismas personas que sus poemas asimilan o decantan, indistintamente. Poses, en cambio es ꟷel libroꟷ resultado de una escritura axial, escarizada en cortes sucesivos y cada vez más profundos, que delatan su anatomía exclusivamente humana. La profusión de guiones oblicuos en la estructura gráfica de muchos de los textos que conforman este libro (y que en buena medida también lo sostienen) podrían ser entendidos a primera vista como una dilación innecesaria, un artefacto inoportuno que debe pasarse por alto de inmediato, pero no. Ni es automática la escritura ni tampoco caótica. El poema, los poemas asaetados de este modo sobreviven porque se agarran a un orden interior, entendido en cada palabra, en cada frase o cita que sabe integrar al flujo continuo, laminar de la existencia: hay demasiados temores y un dolor que le acompaña desde siempre al poeta, al niño que fue, como para desligarse del poema soñado. El resultado puede exasperar, es cierto. La vida que vive los poemas, también.  

 

VI

 

(Sé que este libro, apartando cualquier gesto delator mío, ha sido fraguado mayormente en zona de silencio, en días sin gloria, donde la compañía dejó fuera toda existencia: amiga o amante, y el amasijo de músculos dolientes (ese viejo corazón que defienden los poetas románticos) ha cantado roncamente durante muchas noches como una estrella de jazz. Para suerte del poeta Nina Simone raspa la madrugada de París: Ne me quitte pas, aunque «hace siglos escapa la rosa»).

 

 

VII

 

Amigo, ahora que no logramos «la tranquilidad imposible de diciembre», y las «traiciones que son conocidas» nos hacen «célebres» y «las hojas filosas brillan en la madera»; ahora, que has querido «inventar un mundo / dos o tres» sé que estás listo para cerrar la casa «con un cuerpo dentro». Seguramente ha llegado el día en que podrás cumplir la promesa de regalar uno, dos y hasta tres ríos a la vez, si quisieras. Ha llegado el momento de lavar tus «manos antes de partir/ mi aliento sabrá ser inmortal». Los dos sabemos que «no hay luces en la vigilia», sino «agujeros para construir un poema» y que La Luz, nuestra casa de soles pequeñitos, siempre tendrá en ti la pose inimitable y también «la belleza más humana».

 

VIII

 

(post scriptum)

 

Llego a casa con el libro en la mochila. Tengo agotadas todas las «maneras de llorar». El centinela, justo antes de despedirme, escribió ꟷcon tinta amarillaꟷ sobre la página blanca de su libro: te voy a esperar cada mañana. El malvivir de una vida sana no me agota aún, pienso. A dormir, prefiero seguir leyendo: «Algo vendrá a aliviarnos en la medianoche / profunda medianoche que acaba con el tiempo del hombre». Cierro el libro, y pienso ꟷahora que «la casa se oscurece / del mismo modo / que las fiestas del año»ꟷ que debería amanecer ya. Quiero irme adonde este muchacho de 30 años y prometerle «girasoles para que regrese el caballo blanco»; juntos «encender un cigarrillo / para solo ver el humo» y advertirle que «algo falta», que «algo hemos dejado de hacer», como esas «criaturas que no hacen ruido con sus existencias». Algo, amigo, aunque ese gesto puramente humano ꟷcomo la belleza mismaꟷ de pretender evitar el dolor, sea tan arduo e innecesario como rehacerle el corazón a un hombre roto en «pedacitos diversos de maravillas».

 

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