El enterrador de libros (+ Spot)

Presentación de Carne roja (Ediciones La Luz, 2019), de Reynaldo Zaldívar

Por Luis Yuseff

 

I

No es el título de una película de Netflix. Tampoco es un bestseller. Más bien es la historia de un poeta. Y ni a Netflix ni a los bestseller le interesan demasiado estas verdades. Aunque bien contadas, creo que podrían servirles a ambos para mantener atentos a miles de seres humanos en todas partes del planeta, sin importar edades, razas, ni religiones. Todos los días no aparece en nuestras vidas un enterrador de libros. Reynaldo Zaldívar es uno de pocos.

Alguna vez le escuché contar, como si no se tratase de un asunto puramente personal sino la historia de vida de un conocido suyo (cualquiera), que —siendo él mucho más joven (hoy apenas tiene 27 años)— ciertos libros le resultaban pecaminosos. Todavía alcanzo a recordar algunos de aquellos títulos y también el nombre de sus autores, pero no viene al caso publicar la presunta nómina de los textos que, a juicio suyo y de sus mayores, podrían haber despertado la censura religiosa. Una práctica tan antigua como la fe misma.

Y como de fe se trata, aquel muchacho cavó en tierra.  No hacía falta ahondar demasiado –pensó-. La criatura que confinaría a la oscuridad y que aún permanecía con vida, una vez desprendidas sus páginas y denigrado a los ojos de un Dios celoso, era en extremo frágil, como el cuerpo de un niño recién nacido. Así son todos los libros de poemas cuando son alimentados por el dolor: criaturas larvales y traslúcidas.

Entonces, sus manos roñosas, se mancharon otra vez de tierra. Miró a las parcelas donde apenas crecían los magros vegetales. Rezó a su Dios. La estación de los libros insepultos aportaba una hambruna bíblica, que ya había comenzado a diezmar la aldea; pero allí quedaba —reducido— uno, borrado finalmente de la memoria de los hombres. Sonrió sin entender del todo la brutalidad del gesto. Y se echó sobre la tierra como una vaca ─una robusta y lírica vaca─ a rumiar sus pecaminosos versos.

II

«Al herrero le ha nacido un hijo. / Hay el sonido de música de cuerdas/ y danzan las jóvenes/ alrededor del asado. / Los amigos del herrero se embriagan. // De pronto el pequeño/ anda unos pasos/ y empieza a llamar las cosas/ por su nombre/ todos aplauden y cantan. “Este será grande/ y será llamado sabio”. / (El niño recita unos versos). / El espasmo cubre la sala/ y los hombres lloran. / Uno se levanta y dice: “Démosle el pésame al herrero/ porque le ha nacido un poeta”».

III

Reynaldo Zaldívar no «está condenado a caer/ por el borde caótico/ de la palabra». Su Carne roja trae implícito algo de orden natural innato, de anunciación, de buena nueva a los lectores, porque es el libro de un poeta. Uno de esos que te dejan con la seguridad absoluta de que la apuesta no ha sido en vano.

El libro primero siempre es una carta de presentación riesgosa para un escritor. Demasiadas palabras suelen acudir a los labios de «los jóvenes poetas» y estas acaban por perforar ese velo de contención que acompaña a la auténtica poesía. En unos pocos casos, como este, he podido comprobar que ese primer libro, esa «carta al mundo», está asistido únicamente por el tropo exacto, intransferible y vivificante.

En esos trabajos de ardua naturaleza se consumen muchas horas, sobreviven con dificultad algunos poemas y mayormente, se agotan los seres humanos que no saben mentir —al viejo estilo de Fernando Pessoa—, construyendo, más bien edificando el andamiaje preciso de los poemas. Demasiados destrozos líricos han manchado los infinitos campos de rosas y otras plantas invasoras han crecido a la par de «las flores del mal».

IV

Lo que en Alejandra Pizarnik era un ejercicio de elaboración literaria, sus trabajos en las noches, la escritura en el pizarrón, en Carne roja viene a ser un estado coloquial de la vida común –por cotidiana-. Vive y transcribe con precisión el poeta, el hombre, que nos advierte, con letra capitular y en voz de la propia Pizarnik, que ha «yacido días animales». Forma parte de un paisaje donde los suyos carecen de aspiraciones; ya se sabe que el poeta debe enterrar al poeta y los libros permanecer alejados del hogar.

Simplificado por la mirada común, allanado en el reducto de la propia existencia, repasa su vida y se replantea el conflicto: «Me levanto temprano. Talo árboles. / Un bosque me nace dentro del pecho. / Aquí se puede respirar la corteza y el sudor y el hacha. / Nada como respirar esta trilogía: / corteza / sudor / hacha. / Otro golpe y otro árbol./ Preferiría pastorear vacas, / hornear panes. / Pero si un bosque te nace dentro del pecho/ no queda más que talarlo / o dejar que poco a poco los árboles te asfixien.»

Y los árboles crecieron. El hacha se fracturó.

Quizás, el hombre que es Reynaldo Zaldívar —o el que ven los otros en él—, conserve mucho de bestia cansada, de vida empobrecida, de enquistamiento en un paisaje rural que se equipara a los territorios viles, dañados definitivamente por el desencanto. Él sabe que lleva «dentro una ciudad perversa», aunque quizás no sospeche que un día también encontrará ruinosas y empantanadas las ciudades («Te soñé y no tenías ciudad, / no tenías bandera, / cabeza no tenías»). Es cuestión solo de iniciar el viaje.  Hombres, mujeres, niños y travestis lo apedrearán igualmente. En la Gran Vía o en la 5ta. Avenida, la vaca que lleva tatuada sobre su piel —no sé dónde— mirará con ojos dulzones a sus captores, mientras las luces led pintan con bonitos colores la madrugada. Sobre el pavimento las bostas del animal. Sobrevivirá, únicamente, la poesía. Las ubres secas y el animal mismo, ya se habrán borrado para entonces con la endeble tinta de los tatuajes baratos.

V

Transiciones y engarces: Bien ajustados («Vaca», «Yo, el animal», «Acéfalas» y «Tiempos de bestias» estructuran el cuaderno).

Sajaduras: Muchas («Paso frente a la escuela/ que cuida mi madre cada dos noches/ y pienso que cada dos noches mi madre / duerme a intervalos o no duerme. / Una guerra contra los mosquitos y contra el sueño / está apresurando su vejez»)

Aspiraciones: Las hay («he decidido dejar de ser un animal: / por respeto a mi cabeza» o «Ser algo más que la cuerda / tensa entre los dedos del cazador. // Ser algo más, / simplemente algo más»)

Evocaciones: Sobreviven al paso del cuarto tiempo («Una rama quebrada bajo los pies recuerda / el sonido del disparo, / la sangre, los gritos, / la tarde donde los tuyos / caían como aguaceros de verano / sobre las esquinas de la casa»)

Los amigos: Su esfuerzo personal y su fe («Mi amigo nació en 1989 y se está cayendo. / Lleva veintinueve años cayéndose sobre una isla. / Tal vez deje de escupir por respeto a mi amigo. / Alguien que lleva cayéndose tantos años y continúa vivo/ merece que yo deje de escupir» o «A veces quisiera comerme a mis amigos / para evitar las costumbres»)

Reproches: ¡Si! («Anoche soñé con un hombre/ enterrando a su hijo, ¿enterrándome?, / y un sol demasiado oscuro / le proyectaba el rostro a contrasombra / sobre la cáscara de un sauce. // (…) Temo haber perdido la ruta a casa. / Olvidar el verdadero sentido de no mirar atrás. / (…) Soy un obsceno. / Carne de perro. / ¡Ah, padre! / “Si quieres / aparta de mí esta copa”. // O déjame zarpar / hacia alguna isla / y dejar entre las rocas / este cuerpo»)

Resumen: «Soy esta prisión que ves, / este prisionero que ves, / esta mierda que ves».

 

VI

Quizás, los tres versos últimos que he citado de este libro expliquen la existencia de Reynaldo Zaldívar. Y también, nuestras propias vidas.

Quizás, el corazón acribillado (como un San Sebastián) de Lisandra López en la cubierta, sea el corazón humano de una vaca. O el corazón de una vaca en un cuerpo humano.

Quizás, pienso, no sea esta la historia que a Netflix le interesaría contar; pero es la verdadera historia de vida de un hombre que ha comenzado a desenterrar libros.

 

 

 

 

 

 

 

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