Cartas al peregrino

Por Luis Yuseff

 

I

 

K.:

 

Trato de regresarme en el tiempo ꟷasunto que ha ocupado hasta el cansancio a los sabios de antes y a los de ahora y a los que vendránꟷ y me sorprendo de perfil, contra el mar fugitivo de tu pequeña aldea. En esa imagen me adivino joven y amado, más bien codiciado por algunos seres facinerosos. A partir de ese instante, en el que apenas supero los veinte años, comienzan a sucederse vertiginosamente, recuerdos que pueden o no ser similares, pero donde aparece una y otra vez el mar. El mar y un hombre en el paisaje, solo que el mar resulta ser siempre el mismo y el hombre, el de ahora, ya no luce su antigua cabellera. Las hambres también son las mismas, pero los cuerpos amados han ido desintegrándose en la memoria como si los hubiera expuestos a una nube radioactiva.

Es apenas un recuerdo, K. querido, un recuerdo extraño y una vieja fotografía.

 

II

 

Aquella mañana también estuvo el mar cerca. «El dolor estaba sentado en el sillón de costumbre/ con las piernas cruzadas» y tú leías con cierta dificultad unos poemas míos frente a unos seres inexpresivos en la sala de una vieja casa que hace aún de biblioteca local. Lo que se anunciaba como suerte de homenaje comenzaba a impacientarnos a los dos. Y yo me preguntaba, todavía me pregunto, cómo podemos aceptar elogios de quienes aprueban con normas nuestros duelos. Los himnos del alma profunda y oscura. El dolor no debería tener palabras, o los poetas tendríamos que aprender a permanecer callados cuando ese dolor comienza a querer manifestarse en renglones irregulares. Muchas veces he llegado a creer que el dolor más irrestañable es mudo, completamente mudo. No obstante, tú leías calladamente esos versos y en tu silencio se escuchaban mejor.

Luego el tiempo pasó, y esos días quedaron como hojas botánicas entre prensas (¡esas hojas de árboles viejos que tanto te gusta conservar!), unas veces incoloros, siempre eternos en su no vida, en su poca muerte. Y así fuiste conformando, como un obstinado coleccionista, tu propio «laminario» o mejor: tus Laminarios, los auténticos mapas de tu cotidianidad, retenida a presión entre papeles y sellados con una tinta que envenena el alma de los hombres jóvenes y bellos de este siglo y en esta isla nuestra. Los dos sabemos que la vida no cambia su paso acelerado. No se detuvo nunca en aquella sala ꟷya casi olvidada por míꟷ ni ha demorado el paso por estos ríeles quebradizos que sostienen precariamente la existencia de todos. Y lo digo «sin pena ni miedo»: ¡Cuántos seres, querido K., se desnudaron luego para nosotros, dejándonos ver sus miserias y también sus luces personales! ¡Cuántas botaduras sobre mares picados! ¡Cuántas autopistas a oscuras tomamos por caminos! Y siempre te vi, nos vi: «como una hoja espoleada por la brisa de octubre», «ansiosos por volver a morder el polvo».

 

III

 

Siento ahora una extraña paz cuando retomo estas páginas tuyas. Has querido titularlas Laminarios. Seguramente te preguntas por qué «paz», cuando los dos sabemos que tus poemas no son espacios de reconciliación. Y no te falta razón. Los cuestionamientos que te haces, tus temblores sostenidos son para encarar tu tiempo, el siglo que nos alcanza hasta el día de hoy y más, seguramente; pero son ꟷtambiénꟷ el modo que has encontrado de hallar las respuestas que tu «malacabeza» necesita para sobrevivirle, y que te han hecho ese muchacho que piensa, habla y besa «como un niño», igual a aquel otro inocente que escribía en la arena (de Gibara). Ya te adivino inquieto, por momentos desleal a una vocación que nos nace sin mostrarles a los nuestros que en sus simientes hay un germen de peculiar sensibilidad.

Esto que somos es difícil de predecir y más aun de sostenerlo en pie.

 

IV

 

Veo que has iniciado una conversación de locos con tus muertos. Te advierto: no esperes una sola señal de alegría o tristeza de parte de ellos. Sucede lo mismo que cuando te pones frente a un espejo. Es tu imagen la que ves: repite tus ridículas mímicas o tus gestos más serenos, pero nunca podrás abrazarlos. Una y otra vez, «el santo vestido de púrpura» se aparecerá en tus sueños y tus sueños quedarán encerrados en su propio espacio. Después, alguien te dictará al oído: «No son reales/ no son la puerta al cielo // Aquí debajo solo hay podredumbre // como en todas partes».

Solo, querido amigo, que tampoco podrás distinguir de qué lado del espejo es que te hablan.

 

V

 

K., hay un viejo recuerdo que quiero compartirte. Tu libro, y en él un poema en particular que me has dedicado con unas discretas iniciales, me hacen evocar una pequeña sabana que crecía junto a la casa de mis abuelos. Varios ejemplares de unas robustas casuarinas conformaban mayormente aquel paisaje agreste. Los domingos, al mediodía, se podía escuchar el viento desguazándose entre las puntas de los presuntos pinos, mientras dejaba a su paso un silbido que, a mí, en lo particular, me sobrecogía. El estómago se me llenaba de un aire helado. Alguna vez fui con otros niños hasta aquel bosquecillo de los suburbios. Bajo la sombra de los troncos leñosos podían encontrarse muy raramente los despojos de alguna orquídea desterrada de un jardín. Y otras veces, los mayores, contaban de los cuerpos encontrados, colgando de los gajos resinosos. Eran los ahorcados de la sabana. Algunos años después, todos esos árboles fueron talados y convenientemente atizaron los fuegos donde cocer el poco alimento que alcanzaban.

No he vuelto nunca más a ese sitio, pero todavía recuerdo el olor amargo de aquellas quemazones de fin de siglo.

No sé por qué te cuento ahora estas cosas, o quizás si sepa. También yo tengo mis «laminarios», mis orquídeas, mis propios muertos, mis hogueras que alimentar.

 

VI

 

Tu libro no debe ser entendido como un compendio de poemas que la vida azarosa dejó a su paso. Es, más bien, un cúmulo de oscuras verdades que ese mismo azar congeló casi fotográficamente en tu memoria. Pero una memoria viva, actuante, simultánea al proceso mismo de escritura. Un congelamiento para el corte progresivo y escrutador del tejido anatómico que te sostiene a la vez que te abandona por momentos.

Me detengo especialmente en uno de esos cortes sinuosos que has dejado con pericia sobre el cristal, me refiero a aquel ser endeble que me dejaste ver, mientras devoraba un pescado crudo, no como elección sino como puro acto de sobrevivencia brutal, a la vez que era observado por hombres y niños, como se mira entre rejas a los animales fantasmagóricos de los circos que se mueven por las miserias del mundo. Hay en esos pocos versos de tu poema una verdad rotunda y bochornosa para el ser humano. Debo confesarte que también yo he sido como ese hombre, y otras veces he sido como aquellos que vinieron a mirar con pena o descaro. Tu poema es una fuerza centrípeta que me lleva al fondo y termina allanándome al extremo que he vuelto a ver la cabeza hundida del ahogado desconocido que hallaron esta mañana en las aguas pantanosas del río. La extracción de aquel cuerpo raquítico, justificó por algunas horas las existencias de las muchas personas que estuvieron sobre la ribera, creo que de ese modo se apartaban de la vida dura, quiero decir de la propia vida cimbreante.

Amigo, «mira la cicatriz por donde sangro/ ꟷes pura analogía».

 

VII

 

Hace muchos años, un viejo amigo ꟷque luego supe «muerto por las rosas»ꟷ me escribió en una carta estas palabras que hoy comparto contigo, me decía: «se puede ver que, como para la muerte, que es difícil, para el amor tampoco ha visto aún ninguna luz, solución, señal ni camino; y para ambos deberes, que llevamos ocultos y transmitimos sin abrirlos, no se dejará descubrir ninguna regla general basada en convenios. Pero a medida que empecemos a ensayar la vida como individuos, aquellas grandes cosas nos encontrarán a nosotros, individuos, en mayor proximidad». Te digo esto porque después de transitar, como un peregrino por las páginas de tu libro, donde la muerte acechante muestra sin antifaces su rostro grotesco, aparece, de pronto, el amor. Pero no es el amor feliz el que has escogido para coronar estas peregrinaciones. No. Sino aquel falseado, la copia atroz a la que se acude «para no pintar esperpentos sexuados/ para no tener que suicidarte/ para no saltar al pozo/ para no quitar la espoleta/ (… ) para no pensar».

Seguramente, a la vuelta de estas páginas, ya habrás encontrado esa otra parte de ti que tanto anhelas, y «bajo una lluvia de mirra / incienso y mieles» alguien sostendrá tu mirada. Recuerda que «el puño del creador» es inefable. Y «el cincel no crea por sí solo: / una mano lo sostiene/ y otra lo golpea».

 

VIII

 

Láminas. Liturgias. Peregrinaciones. La libertad del poeta. No existe.

K., tú no escoges. Ni la patria ni el amor ni la muerte son condiciones discutibles.

Leo: «Estoy sangrando por las manos», «por quién lloras», «esa piel / tatuada de tantas noches/ no te pertenece», «Dispara/ sin remordimientos», «El hombre cáncer/ guarda un ónice/ en el hueco de la mano», «estaba destinada/ para tiempo de guerra», «en un país difícil», «el mecanismo herrumbroso/ para dar de comer», «sobre cal viva», «el trompeteado sacrificio», «Sediento», «Demasiado dado a la muerte», «Lo estuve soñando/ por tres noches/ consecutivas», «los muertos/ de la patria», «tiene el pecho seco/ oculta el cáncer», «tengo una colección de postales», «sexo/ dinero/ alguna forma del amor», «cortan mi cuerpo en jirones/ el rostro sin nombre/ te besa/ en un beso que sabe a madera/ y paga el mayor remate», «Las luces anuncian los camiones en la entrada», «perros que comen hombres», «1966, aquellos días grises», «el gas lo cubre todo», «mi cerebro/ es una glándula/ donde puede/ encontrarse/ contenida/ toda la miseria del mundo».

 

IX

 

ꟷLloras «bajo las mantas para que nadie te escuche».

 

X

 

K., ya me dispongo a cerrar las páginas de este arduo laminario. Como dice aquel poema-canción que tanto nos gustaba «no sé decirte nada más, yo aún estoy en el camino».

No creo que estas ideas expuestas de manera inconexa, lograrán aportar algo de lógica a un proceso de lectura que ha estado motivado más por las experiencias personales que sustentada en el distanciamiento que algunos esperan de mí y que seguramente facilitaría el trazo de un mapa de navegación despojado de dilaciones. Pero me atrevo a echar esta carta al mundo. La poesía, me dijo alguien, «es una conversación en la penumbra». Y yo te digo, querido K., ahora que nuestros caminos se bifurcan empujados por las prisas del mal vivir, que la Poesía es esa conversación ꟷcorrectoꟷ, pero una conversación escrita sobre un viejo pergamino. El poeta, ingenuo, entrega dentro de un sobre timbrado su dolor y su belleza, y luego se pasa la mayor parte de su existencia tratando de saber si su mensaje llegó finalmente al destinatario. Pero de eso nunca se habrá de enterar: el destino del poeta es escribirle cartas a un peregrino.

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1 comentario

    • Kmilo Noa el 24 septiembre, 2020 a las 4:34 PM
    • Responder

    No tengo palabras para decir lo que se siente estar acompañado por Luis Yuseff, por su poesía y por sus manos de orfebre en un libro en el que me va la vida. Solo decir ¡Gracias!

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