Vine a contar las campanas

Por Luis Yuseff

Me vine aquí a contar las campanas
que viven en el mar, que suenan en el mar,
dentro del mar.
Pablo Neruda

I

Venía del desierto. Atrás quedaba Antofagasta, franja indómita apretada por una cadena de montañas contra el oleaje del Océano Pacífico. Antofagasta, con sus tiendas de gitanos junto a las perfectas autopistas que se deslizan, sinuosas, sobre la llanura, donde miles de cruces —animitas del desierto— custodian las carreteras entre flores de piedra, mientras nos apuramos en llegar a una Oficina salitrera donde —dicen— cantó Enrico Caruso.

Antofagasta y el Trópico de Capricornio; Antofagasta y la Mano del Desierto; Antofagasta y el recuerdo inefable de los astros siendo observados por los sabios astrónomos. Antofagasta y la Camanchaca: nubes cargadas de humedad, que nunca llegan a convertirse en lluvia; y las palabras que se inventan los hombres de esas tierras soleadas para retener el agua: «Atrapanieblas» ¡Atrapanieblas!; mientras, leo —desde lo alto de una montaña quebradiza—, el geoglifo que el poeta Raúl Zurita nos dejaba ver, excavado sobre tres kilómetros de arena en el desierto de Atacama: «Ni pena ni miedo».

Sin pena ni miedo han de retomarse los caminos de regreso. Esta vez, un vuelo de alguna aerolínea en huelga me llevaba a Santiago de Chile, donde había estado tres horas hacinado en un aeropuerto internacional, hacía apenas dos semanas.

La amistad invita, y a mi llegada a la Comuna de la Reina, me esperaba un magnífico naranjo frutecido, sobre la hamaca donde una maga perezosa se echa a descansar de sus rutinas, y Manuel (nombre que inevitablemente me remitirá, una y otra vez, a una vieja canción de Víctor Jara) musica el aire frío de la mañana santiagueña con los acordes duros de Dvořák, la familiaridad del viejo Vivaldi o la mesiánica armonía de Händel: ¡Mañanitas de Dios, pobladas con olores a libros y a té; fresas y panes calientes, mares resecos y peces que se escabullen en silencio debajo de los muebles penumbrosos! Es la casa de la escritora Maga Villalón.

II

Maga me llevó a caminar por las calles de Santiago.

Una llamada por WhatsApp desde Cuba me había dado los buenos días. Amaneció temprano en Santiago de Chile, con unos cuantos grados por debajo de lo acostumbrado en sus calles, que pronto ganarían en celeridad y temperatura. En la estación de Metro, la emersión de una pujante ola humana me colocó de improviso frente a las Grandes Alamedas. La Moneda, y en la memoria —otra vez— Víctor Jara; sus manos desprendidas en algún sitio donde rasga infinitamente una guitarra… Y bajo aquel palacio, custodiado hoy por un cuerpo de policías, el otrora reducto de tirano, convertido en espaciosa galería para las artes plásticas: las fotografías a Frida Kahlo, las gordas de Botero o los trazos definitivos de Oswaldo Guayasamín parecían aportar un derrotero inequívoco hacia lo que pudo haber sido entendido por mí como los caminos a Isla Negra, los caminos hacia Pablo Neruda.

III

Contrariamente a cómo sucede al «viajero» del poema de Constantino Cavafis, donde lo más importante es el viaje en sí mismo y no el destino, se me hacía imposible apartar de mis ansias la llegada del día en que, finalmente, iría hasta Isla Negra; aunque esta especie de Ítaca austral, por momentos, disipaba sus perfiles en los hallazgos que la ciudad desconocida colocaba frente a mí.

En el camino aparecieron Violeta Parra y Gabriela Mistral. Una, de lluvias y la otra, de vientos. Ambas con sayas talares: Violeta como arpillera, florida, cabizbaja; y Gabriela, definitiva, tectónica, como esos rostros que ha pujado la Madre Tierra a fuerza de dolor y resentimiento. A Violeta, que no alcanza a sostenerse en la pobreza y el desamor; su guitarra puntual la asiste, y el fogonazo «aquel» que la tendió bajo la Carpa de los Parra, terminará silenciado hasta el fin de los tiempos: Ya se va para los cielos/ ese querido angelito… [1]

Gabriela, después de perforada su bilis, allá en Long Island, fue embalada como rosa entre piedras, y el cuerpo inánime traído a su Chile. Ambas mujeres, en su silencio inevitable de estatuaria folclórica con visos citadinos, parecían darme coordenadas precisas que me ubicaron en dirección al viento, mientras Violeta, con su voz apagada, me dictaba al oído aquel poema de Neruda, escrito furiosamente en una noche de enero y duelo, cuando iba en su automóvil desde Isla Negra a Casablanca: ¡Ay, qué manera de caer hacia arriba/ y de ser sempiterna, esta mujer! // De cielo en cielo corre o nada o canta/ la violeta terrestre… [2]

IV

El funicular al Cerro San Cristóbal me asegura, en santa inscripción, que en ese carro el papa Juan Pablo II ascendió hasta el balcón donde impuso la bendición a la ciudad de Santiago de Chile. Otras cabinas del mismo carro tienen igual inscripción. Recordé, entonces, el documental de Estela Bravo: «El santo padre y la gloria»; y también el cortejo fúnebre de Pablo, el hombre de cadáver risueño, enrumbado a La Chascona, la casa que había sido allanada por los viles, inundada por las aguas de un canal con la sola intención del destrozo y la humillación: «Se descubrían los montículos de cenizas a que habían sido reducidos objetos que Pablo coleccionó»,[3] así lo cuenta Volodia Teitelboim. Y aquel niño que fui, y el adulto que soy, lee sobrecogido las páginas de esa biografía: Neruda, mientras imagino que aquellas aguas —junto a la estulticia y la barbarie— siempre servirán para espolearles el alma a los poetas.

 Ahora es el año 2018 (después de Juan Pablo II, otros dos nuevos papas han ascendido al trono de San Pedro), y desde las alturas del Cerro, la impertinencia de los modernos rascacielos ha comenzado a rasgar, desde hace mucho, la neblina cobriza que envuelve el paisaje urbano. A unas pocas cuadras, está La Chascona, donde la Fundación Pablo Neruda me recibirá. Su presidente, Jaime Quezada, me cita antes en el restaurante Venecia, mesa Pablo Neruda. Intercambiamos ideas, impresiones, libros. Finalmente, salimos a la Fundación. La Chascona tiene sus puertas cerradas. Y leo, algo contrariado, junto a los jóvenes poetas chilenos: Yo siempre quise tener un perro de aguas ladrándole a la soledad

Mesa Pablo Neruda, junto a Jaime Quezada y Maga Villalón

V

Yanet había llegado esa misma mañana de Cuba. Unos días antes, nuestros caminos se cruzaron muy brevemente en La Habana: ella volaba a Holguín y yo, a Antofagasta. Ya en Santiago, cumpliría la promesa hecha en una casona de El Vedado: iríamos a Isla Negra.

A mi llegada, los pinos gigantes —de un verde sin brillo— parecían dormir entre la lechada de la neblina mañanera. Un cansancio muy peculiar los hacía echarse unos sobre otros, mansamente acomodados, como si la brisa marina hubiera estado despeinándolos en la misma dirección desde hacía siglos y en ese nuevo acomodo hubiesen adquirido una apariencia mitológica, de bestias leñosas, reducidas a un terrario donde no es posible imaginar la violencia del rayo, ni el sobresalto que imponen los ciclones. De alguno haber caído a tierra, seguramente responderían a los efectos de su propio peso, aportado por la gravidez de los años.

En los puestos de los artesanos locales, y balanceados por la brisa salitrosa, permanecían suspendidos de la cerviz cientos de minúsculos mascarones de proa, como fantasmitas desvaídos pujando por ganarse la atención de los turistas, ávidos estos últimos de llevarse consigo aquella suerte de trofeo, una mínima parte de Pablo Neruda. También turista, extranjero yo, advertí un aleteo tristón detrás de mis ojos; miré entonces aquellas tallas con la codicia ingenua de un niño, y avancé resignado por el camino que me llevaría donde María Celeste; a lengüetazos, las buganvilias comenzaban a incendiar las velas de un buque onírico, en franca ceremonia de botadura; que es eso —y no otra cosa— la casa de Isla Negra: un velero mirando perpetuamente al mar.

VI

 Lorena parecía que estaba esperándome, pero no. La mañana de la «relacionista» no había sido pensada para mí. En su radio de mesa permanecía sintonizada la onda internacional de Radio Taíno. La voz familiar del locutor de turno me remitió involuntariamente a las noches de verano de inicios de este siglo, allá, en la otra Isla, donde un cuarto de paredes desconchadas, un colchón estropeado y la voz de Mercedes Sosa conspiraban para el amor feliz: porque está escrito en donde no se lee/ que el amor extinguido no es la muerte/ sino una forma amarga de nacer [4]. Ella bajó el volumen al artefacto e indagó, curiosa: «¿De Cuba?» Sí, le aseguré. Y Lorena apuntó, con una sonrisa dulce en los labios, al radio recién silenciado. También sonreí, y ella no se demoró en indagar sobre orígenes y destinos del viajero: «Me regreso a Holguín mañana mismo», le aportaba de seguro un dato innecesario, pero ella asintió amigablemente y dijo: «Tengo una amiga holguinera que vivió en Isla Negra». No sé cómo pude olvidarlo, pero devueltas ya todas las alianzas entre pasado y presente, el verso de mi Canción napolitana adquirió en ese instante su única y verdadera razón de existencia, que en «verdades» debe sustentarse la Poesía. En verdades y en memoria. Aquella calle de mar anchísima por la que parten cada año los amigos, también había visto partir, hacía casi dos décadas, a Lourdes: la muchacha que dibujaba sobre el papel de rosas en Isla Negra… Y la Isla Negra le otorgó, en exilio transitorio, otra familia, nuevos amigos y también amor. «Te la pongo al teléfono», me sorprendió Lorena, y al otro lado de la Cordillera, la voz juguetona de la muchacha justificaba la calidez de su amiga y de su mano extendiéndome el teléfono, los comentarios generosos sobre la condición del «ser cubano» y, también, la invitación a tomarnos un café en la casa soñada de Pablo Neruda.

VII

No se pueden tomar fotos en los interiores, pero hay fotos. Nadie debe sentarse en la cama de Pablo Neruda; pero Lorena, ahora convertida en una suerte de guía personal, ha entendido que hay una urgencia en mí de hacerme de todos los espacios del poeta. Vuelven a la memoria mis años de estudiante preuniversitario y el vuelco que trajo a mi vida el descubrimiento de la Poesía: la ceguera de la bisabuela Silvina; aquellos versos prístinos de Dulce María Loynaz y también la mano de mi madre —años después— agarrada a las mías en una fría sala de hospital; todo esos «vuelcos», digo, regresan preservados en un dolor que parece fosilizarse dentro de una gota de ámbar cristalino. Y eso es mi memoria: una gota que se espesa tras cada segundo, y donde van quedando las palabras de Lorena atrapadas, mientras caminamos por los pasillos crujientes, trazados sobre la madera vieja, y encontramos a nuestro paso el inventario de infinitos objetos: tinajas y planisferios, tijeras y zapatos, botellas gigantes y pisapapeles, botas, anclas, automóviles de juguetes, mapas antiguos con sus bordes continentales imprecisos, como dibujados por un cartógrafo niño, y paredes tapizadas con postales eróticas o contra los ventanales de vidrio, donde las licoreras multicolores, aún con el recuerdo de algún vino esfumado, tamizan la luz atrapada en un cubículo interior.

Hay viento dentro de la casa, y un caballo: El viento es un caballo (…) Quiere llevarme, escucha cómo recorre el mundo…[5] Y de ese mundo, Neruda parece haber recogido los testimonios fieles de civilizaciones, eras geológicas, las vidas del hombre. Se autoproclama «cosista», como para esquivar cualquier título de sapiencia adjudicado a priori: no hay catálogos ni ordenamientos concienzudos de ninguna naturaleza en sus colecciones, sino hallazgos, singularidades. 

También hay réplicas de veleros dentro de botellas; y un bar, donde solía recibir a los amigos en largas tertulias. Pasadas algunas horas, exhausto de tanto hablar, y como gesto elocuente de su agobio, les servía entonces un par de huevos fritos sobre un plato, todos de atrezo, de modo que esa broma infantil era entendida por todos como la manera suya de informarles a los invitados: «Es muy tarde, hasta mañana». Algunos se retiraban de seguro a sus habitaciones, pero los más quedaban allí, inscritos con la letra zigzagueante del viejo poeta sobre los tablones del techo, en la memoria de los árboles caídos. Eran aquellos los nombres de sus amigos muertos. Me detengo en aquel libro singular y el lente de la cámara de Lorena se dispara con toda intención. Leo: «Federico».

VIII

María Celeste era la bienamada, la benjamina. Dicen que perteneció a un navío francés que navegó únicamente por las aguas del Sena. Pablo Neruda aseguraba haberla visto llorar, y que todos los años, una vez llegado el invierno a Valparaíso, de sus ojos de loza bajaban «las preciosas lágrimas (…) por el rostro pequeño de María Celeste».[6] Otros mascarones de proa tienen igualmente sus propias historias en Isla Negra, sus mares ganados, y seguro que sus cuitas de amor, confesadas únicamente al poeta, aunque, si prestamos atención, se pueden escuchar gemidos de tristeza o placer a través de los estrechos pasillos crujientes.

IX

Miró por el catalejo y gritó: «¡Matilde, el mar me trajo un regalo! ¡Vamos! ¡Corre!» Y estuvieron durante varias horas en la costa, hasta que finalmente el oleaje le entregó el rústico tablón que luego se convertiría en su escritorio, en La Covacha, bajo el techo de zinc para escuchar «el canto de la lluvia» y sus recuerdos de infancia en el lluvioso Parral. Sobre la mesa, los bolígrafos de rigurosa tinta verde, el catalejo del fisgón «miramundos» y una mano de madera negra. Sobre el suelo: un cerdo y un puercoespín permanecen echados entre tinajas de loza, mientras el mar repica contra las piedras, visto a través del ventanal. «¿Y los caracoles?», pregunto. Y ya estoy frente a la fotografía de Pablo que más amo, donde aparece descansando los codos sobre el espaldar de una silla, y a sus espaldas, vigilantes, los ojos femeninos de un mascarón de proa. Cientos de mariposas irisadas permanecen con sus alas de leyendas dentro de los muestrarios de madera y vidrio. Allí hubo un jardín.

La sala sumergida, el fondo marino, la costa secreta, está magníficamente suspendida entre luces que realzan relieves, texturas y colores de las conchas. Un diente de cachalote parece atravesar el nácar de las madreperlas gigantes y el nautilo permanece indiferente a mis desplazamientos, entre la apretazón de otros magníficos ejemplares, rutilantes, intransferibles. Miro al fondo de otra vitrina y alcanzo a distinguirlas. Son apenas unos pocos ejemplares, a lo sumo cinco. Lorena me mira y no me deja preguntar, porque ya hay una respuesta en su comentario: «Son de Holguín». Las polimitas, dormidas, sueñan con el paso del poeta por Brisas de Yareyal.

X

Un pez atrapado en los círculos concéntricos de la rosa de los vientos identifica la casa de Isla Negra. El propio Pablo lo diseñó y fue emplazado en los jardines agrestes, sobre metal resistente al paso del tiempo y a los corrosivos vientos australes. Cuentan que el pez, como símbolo implícito del agua, remedaba la tragedia de su única hija, Malva Marina Trinidad Reyes, muerta en Holanda a los ocho años, cuya vida ganaron los imperdonables mares inquietos de su cabecita, preñada de quién sabe qué oscuras aguas, y a Pablo, a la postre, le han valido reproches memoriosos y culpas infinitas, de quienes dictan ideologías y credos, guerrillas y contraguerrillas.

Lorena me dejó de regalo un pez multicolor, bordado sobre tela blanca, «igual a aquellos de mi madre», le dije y nos abrazamos como dos viejos amigos, con promesas que aún no hemos podido cumplir y que algún día serán también viejas promesas. Minutos antes, me había acompañado hasta la proa de aquel barco somnoliento, donde el Capitán reposa acompañado de su último amor marinero —la Matilde de los poemas—. Algunos escolares, ruidosos, se tomaban selfies junto al locomóvil o al bote decorado con banderitas. Otros, los menos, permanecían sumergidos en un silencio cómplice con el mío, mientras miraban de soslayo al viajero, que no podía aún creerse con todo ese mar dentro. Decidí, entonces, tomar el camino que me llevaría de regreso a los míos.

A lo lejos, suspendidas en un entramado de madera: una, dos, tres… seis campanas sobre el horizonte permanecían quietas.

Nota: Las citas fueron tomadas de: [1] «Rin del angelito», canción de Violeta Parra; [2] «Elegía para cantar», de Pablo Neruda; [3] Neruda, de Volodia Teitelboim; [4] «Amores: Delia (II)»; [5] «El viento en la isla» y [6] Confieso que he vivido, todos de Pablo Neruda.

Agradecido de mis amigas: Lourdes Castro y Lorena Reyes Andersosn, de ellas son las fotos en Isla Negra, y a Maga Villalón, que testimonió en delicadas fotografías, mis días en Santiago de Chile.

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1 comentario

    • Miguel González el 12 abril, 2021 a las 8:25 PM
    • Responder

    Hermoso viaje a Chile.

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