Tres sonetos de Nicolás Guillén

Por José Luis Serrano

Uno de nuestros ensayistas más lúcidos, Roberto González Echevarría, ha establecido con argumentos muy sólidos la siguiente verdad: «La crítica más avanzada de Nicolás Guillén ha demostrado que no fue un poeta sino muchos poetas. El Guillén monolítico, esculpido por críticos y burócratas para convertirlo en un monumento llamado El poeta Nacional de Cuba ya no tiene vigencia ni validez».[1]

La obra poética de Nicolás Guillén es, ciertamente, una sumatoria de exploraciones. Hay notables divergencias en su manera de asumir el hecho poético que van, desde un clasicismo fuertemente vinculado a sus inmersiones en el Siglo de Oro español hasta ejercicios de estilo cercanos a las aventuras estéticas de las vanguardias literarias del siglo XX, pasando por su descubrimiento del habla de los negros marginales como argamasa poética y el conversacionalismo de los años cincuenta.

Guillén es el autor de un texto tan revolucionario como Elegía a Jesús Menéndez, donde permite que el poema sea inundado por informaciones crudas, cifras, datos sin aparente elaboración literaria, procedimiento que vendría a ser “descubierto” por la poesía norteamericana años más tarde. La voz de Guillén muta constantemente de registros. Libros como Motivos de son (1930), West Indies, Ltd. (1934), Elegías (1948), La paloma de vuelo popular (1958), El gran zoo (1967), La rueda dentada (1972) y El diario que a diario (1972), parecen escritos por autores diferentes, tan disímiles resultan en su manejo tropológico y el emplazamiento del sujeto lírico en cada uno de ellos.

Pero entre tantos Guillenes de autenticidad manifiesta, cierta crítica anquilosante ha destacado solamente uno, aquel que le da voz a los desclasados, el poeta afroantillano. (Un Guillén sin lugar a dudas valioso). Los efectos secundarios de este abordaje reduccionista han sido devastadores. El noventa por ciento de su poesía permanece bajo las aguas. Solo es visible la punta de un iceberg que tarde o temprano terminará por derretirse bajo los rigores del trópico. Nicolás Guillén resulta inaccesible para las generaciones poéticas surgidas en Cuba a partir de los años ochenta, donde comenzó a dominar el canon origenista que, dicho sea de paso, ha sido reemplazado por otros modos de indagación poética en los últimos lustros. Los origenistas ya no se encuentran a la cabeza de la poesía ni el pensamiento para los escritores más jóvenes.

Invitado por Ediciones La Luz para conversar sobre la poesía de este autor fundamental, decidí de inmediato ofrecer mis puntos de vista acerca de uno de los Guillenes más devaluados en la actualidad, el poeta de estirpe clásica.

Los sonetos de Guillén poseen la belleza de las máquinas que funcionan sin permitirnos ver sus engranajes. Son, sin dudas, hermosos en su poder de comunicar estados del espíritu, pero cuando destapamos la cubierta y nos adentramos en el interior de estos poemas, descubrimos todo un sistema de relojería, donde cada sílaba tiene asignado un trabajo esencial, un vector característico, una fuerza que se ejerce en una determinada dirección. Lenguaje en movimiento.

Hay tres sonetos muy diferentes que me sirvieron como «material de estudio». El primero se titula «Pasan días». Un texto donde la dimensión lúdica que domina gran parte de la escritura de Guillén se hace muy visible. Los catorce versos se encuentran constituidos a partir de dos rimas: las palabras «pasan» y «días» se repiten una y otra vez, pero cada oleada es radicalmente diferente y quien escucha o lee en silencio el soneto, apenas se percata de este handicap que, de no ser por la magistral estructuración del texto, conduciría indefectiblemente a la monotonía y el letargo.

El segundo soneto que recomiendo es «Che Guevara», un poema dominado en la superficie por un contenido ideológico muy explícito, un texto militante. Sin embargo, bajo esa fría corteza subyace un eslabonamiento verbal de sorprendente sonoridad, basta con observar el hipérbaton con que inicia el poema, cuya extrema alteración del régimen convencional de las palabras coloca al verso en los umbrales de la anástrofe. Este soneto siempre me hace recordar dos aforismos que citaré de memoria. 1) Dylan Thomas: «El sonido de las palabras es lo importante». 2) César Vallejo: «Lo que importa en un poema es el tono con que se dice una cosa y, secundariamente, lo que se dice».

Por último solicito una lectura muy atenta de «Proposiciones para explicar la muerte de Ana», un hermoso texto de aliento surrealista, donde lo bello y lo grotesco se entremezclan y disuelven en las aguas siempre emancipadoras de lo hilarante.

Volvamos al principio para que, de cierta forma, esta pequeña invitación tenga su consonante final. En otro segmento de su magnífico ensayo «Nicolás Guillén: el significado en Motivos de son», González Echevarría se hace una pregunta cuya pertinencia deberíamos tener muy en cuenta en estos tiempos de modernidad líquida:

¿Pero quiénes, si no los más recalcitrantes y tediosos ideólogos, querrán seguir entonando alabanzas sobre sus obras por razones que, aunque en algunos sentidos válidas, no están vinculadas a su valor poético?[2]

 

PASAN DÍAS

 

Olas de gordo aceite son mis días:

pasan tan lentamente que no pasan.

Los hombres a mi lado miran, pasan,

lentos también como mis lentos días.

 

El futuro está ahí, lleno de días,

pero es un duro charco: por él pasan

lentas sombras de sueño cuando pasan…

Nocturnos cielos cúbrenme los días.

 

Aprendí, me enseñaron los que pasan,

que siempre pasan, pasarán los días,

aunque a veces parezca que no pasan.

 

Supe además que a bordo de mis días

pasaré yo también con los que pasan,

ceniza en la ceniza de los días.

 

CHE GUEVARA

 

Como si San Martín la mano pura

a Martí familiar tendido hubiera,

como si el Plata vegetal viniera

con el Cauto a juntar agua y ternura,

 

así Guevara, el gaucho de voz dura,

brindó a Fidel su sangre guerrillera

y su ancha mano fue más compañera

cuando fue nuestra noche más oscura.

 

Huyó la muerte. De su sombra impura,

del puñal, del veneno, de la fiera,

solo el recuerdo bárbaro perdura.

 

Hecha de dos un alma brilla entera,

como si San Martín la mano pura

a Martí familiar tendido hubiera.

 

PROPOSICIONES PARA EXPLICAR LA MUERTE DE ANA

 

Ana murió de un tiro en el estómago.

Ana murió de un tiro en su retrato.

Ana murió de dos y dos son cuatro.

Ana murió de un gran relámpago.

 

Ana murió de tisis y de hongos.

Ana murió de un vuelo de comandos.

Ana murió de hipo y de catarro.

Ana murió de un solo brazo.

 

Ana murió de su cangrejo moro.

Ana murió de huevos y arroz blanco.

Ana murió de escarabajos.

 

Ana murió de hallarse sin socorro.

Ana murió de un mal casi romántico.

Ana murió de un sonetazo.

 

 

Notas
[1] Lecturas y relecturas. Estudios sobre literatura y cultura, Editorial Capiro 2013, pp. 121.
[2] Id. pp. 122.

 

 

 

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