Cuento: “La improvisación”, de Elaine Vilar Madruga. Ganadora del XXI Premio Celestino de Cuento

La improvisación

De Elaine Vilar Madruga

Es grande el salón y son gordos los comensales. Los comensales lucen como bestias hambrientas. Mientras, el sonido de los cuchillos contra los tenedores, de los cuchillos contra la carne, de la carne contra los dientes parece una sinfonía, un concierto sin forma, desmenuzado paciente de notas contra notas. La orquesta ha afinado, pero la afinación está determinada por el hambre, no es demasiado precisa. Las bestias piden jazz. Piden música de veras, música de negros, que alegre el día. Las bestias han escuchado por ahí que el jazz es como un buen plato de carne, como un cuchillo afilado. Todos escuchan jazz, dice uno de los comensales y el eco de su voz se expande de punta a punta del salón. Tiemblan los músicos. Buscan entre las partituras. Maldito jazz. Solo aparecen conciertos clásicos, sinfonías, algún divertimento para matar las horas, no hay nada más en aquellos pentagramas.

Los de las trompetas saben, ellos tienen que saber, piensan todos, piensan las bestias, improvisación, improvisación, no hace falta llevar el pecho lleno de medallas, lleno de la historia del país, como las bestias llevan, para saber de improvisación. La improvisación es un derecho del pueblo, un derecho de cada ser humano que habita la sala, es incluso un derecho de la carne —la carne fue, alguna vez, también un pedazo de improvisación. Que las trompetas toquen cualquier cosa, afirman las bestias, cómo no van a saber si están aquí, en el salón, en la casa de todos, si han tenido el privilegio de tocar para los pechos llenos de medallas y de historia, para los que comen mientras otros improvisan partituras.

Uno de los muchachos de las trompetas tiene acné y un dedo corto de nacimiento, pero sabe, sí, de improvisación y de jazz, no se ha contentado con formar parte de la orquesta y montar obras del repertorio clásico, los magníficos conciertos, las tentadas sinfonías del pasado. El muchacho de los granos conoce algunas piezas, podría hacerlo bien, al menos dignamente, el muchacho podría tocar ese jazz tan deseado por las bestias, el jazz de última hora, y ganar por ello el aplauso definitivo, un aplauso cubierto de grasa. Las palmas de las manos de las bestias chocarían unas contra otras, eco contra eco, en un aplastamiento de residuos de carne. Las bestias estarían felices. Qué puede suceder cuando un pecho lleno de medallas encuentra su felicidad. Qué sería capaz de hacer un pecho lleno de historia cuando lo complacen con una improvisación. El muchacho se pregunta eso. Se detiene en esa posibilidad mientras los ojos de las bestias navegan de rostro a rostro, hay insatisfacción, y el jazz, se preguntan, para cuándo el jazz. Las bestias no están acostumbradas a no comer de la carne de sus deseos. No por gusto las bestias llevan el pecho lleno de medallas, esa es una garantía para el éxito y la felicidad.

El muchacho de los granos contempla la desesperación. La sopesa. La desesperación está en todos los rincones del gran salón. La cargan las bestias y también los músicos. Todos lucen incómodos. Por un segundo, piensa que bien le valdría ser el héroe, porque los héroes son premiados, quizás no con medallas, pero sí con algo más, cuantificable, que llevar entre las manos de regreso a casa como reconocimiento al valor de dar el paso al frente. Pero el muchacho no se levanta, no aprieta el pistón, no improvisa. Hay algo de felicidad en la negación, en el hecho de resistirse pasivamente, en la nota que no entregará a esas manos llenas de carne y a esos pechos cubiertos de medallas.

El segundo de felicidad pasa de inmediato. Un hombre se levanta, trompeta en mano, y hay pasividad y silencio entre las bestias. Al fin el jazz, dice una, al fin. El hombre de la trompeta afina como puede. Ya se ha dicho que la afinación no es precisa porque el sonido de los cubiertos lo inunda todo, pero aun así el hombre lo intenta, como luego intenta tocar algo que suene a jazz pero que el fondo no es nada, solo una incongruencia musical que las bestias no saben definir porque las bestias no conocen de música. Mientras el hombre interpreta su solo, vuelve el sonido de los cuchillos contra los tenedores, de los cuchillos contra la carne, de la carne contra los dientes. Ha desaparecido el silencio. Ha desaparecido la música, incluso aquella improvisación que es contingencia, que es ripio, que es nada.

El muchacho de los granos aprieta los pistones. Es bueno saber cosas que las bestias no. Es bueno poder negarles algo. Ha terminado la cena. Ha terminado todo tipo de música. Las bestias se han limpiado las manos en las servilletas. Ni un aplauso. Ni un aplauso lleno de grasa. El salón, vacío, es una urna donde los músicos guardan los instrumentos.

Una de las bestias retrocede sobre sus propios pasos. Se acerca a la orquesta.

Buen trabajo, muchachos, dice con voz rasposa, con voz desafinada, aquí les va un dato curioso, una vez, hace mucho tiempo, quise ser músico, en ese una vez que nadie recuerda, trompetista quise ser, no todos los sueños se hacen realidad pero aquí estoy, otro hombre en otra circunstancia, dice e infla el pecho donde las medallas viven.

En su estuche, la trompeta del muchacho con acné parece un objeto de otro mundo. Un objeto sin uso aparente. El muchacho carga el estuche. Carga la trompeta. Es hora de la cena, de ensuciarse las manos con carne. Las bestias invitan. Comida para los músicos. Cubiertos para los músicos. El muchacho con acné se acerca, como todos, a la mesa. Heroicidad sería resistir el hambre y no tocar la carne, la tentación de la carne sobre la mesa. Pero la música de los tenedores, la música de los cuchillos y los dientes ha comenzado, y el muchacho se sumará a ella.

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1 comentario

    • vasilymp el 16 agosto, 2020 a las 10:55 PM
    • Responder

    excelente. un cuento con ritmo vertiginoso que busca el final cual una saeta.

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