Cuento: “Boustrophilia” (Fragmento), de Robert Ráez. Ganador del XXI Premio Celestino de Cuento

“Boustrophilia”

(Fragmento)

De Robert Ráez

La otra cosecha: Trata de respirar después de darte un buche de acetona y tendrás una idea de cómo era resistir a un tipo como César. Si crees que el sabor de la acetona es repugnante, es mejor que dediques un tiempo a releer las otras partes de este libro. Para que te hagas una idea.

Y el problema no es que César fuera un tipo imposible ni un tipo de esos que, aunque sea tu amigo, en verdad no quieres que pase por tu casa cuando tienes visitas porque no quieres que te relacionen con ese tipo de elemento. El problema era que César Ávila escribía diferente a los de su generación y cuando digo diferente no quiero decir el más publicado ni el más premiado ni ninguna de esas mierdas que a la larga lo que hacen es humedecerle la vagina al muchachito mimadito que publicó un librito de 60 páginas y ya se cree la versión upgraded de Hermann Broch. No. Cuando digo diferente lo que quiero decir es que, si voy a escribir esto, tiene que ser imitándolo.

La gente dice que César pudo ser uno de los buenos (la envidia tiene que ser así), pero se encontró el fucking manual ese de redacción para disidentes y asociados. Y ascociados. Se supone que este iba a ser un libro sobre el detergente y los trastornos extrapiramidales, sobre cómo fumar hierba de manera original (es decir, un libro divertido), pero César no fue capaz de terminarlo por todo eso del manual de redacción. Dice que terminar de escribir un libro es, en esencia, convertirse en un demagogo de niveles dictatoriales.

La redacción del gran libro, según César, no debía pasar del hecho de solo redactar, nunca terminarlo.

Aquí va el primer consejo de esta parte, no sigan los consejos literarios de César. No vomiten Cortázar. No vomiten Bolaño. No vomiten Onetti. El socio no sabía qué cojones quería decir.

Todo es culpa del manual.

Leer el manual involucraba una serie de revelaciones para las que César todavía no estaba preparado. Lo mejor, en ese momento, era buscar alguien con quien discutir las implicaciones que suponían haber terminado de leer el manual.

Por supuesto, él no sabía que todo era mentira. Que ya todos sabían de qué iba el manual de redacción apócrifo. Que yo no soportaba un libro que dijera que tenías que dejar de escribir para aprender a escribir. Pero nadie se lo dijo. Ni yo.

Lo que pasa es que, apenas vi el invento con el manual rosacruz de su abuelo, salí a buscar como loco un ejemplar en las librerías de viejo. Salí a buscar como loco es un lugar común, así que lo mejor sería conseguir un bolígrafo studmark®3121 de punta 0.7 y tacharlo. El manual lo encontré en la librería improvisada del numismático. El numismático (y esto lo hago para que después nadie se ponga a decir que uno es desconsiderado con el lector, no porque realmente sea necesario) era un viejo que vendía libros en un cuarto que daba al parque central. Decía que los estaba vendiendo porque se iba a quedar ciego. Esa tarde le pregunté por el manual. Me dijo que lo tenía pero que no pensaba venderlo, así que al otro día pasé temprano porque sabía que por la mañana otro tipo era quien abría el cuarto, y se lo compré en cincuenta pesos. Por supuesto no le dije nada a César.

¿Y para qué iba a decirle algo a César? Creo que en lo único que tenía razón era en que las preguntas retóricas solo pueden existir si tu texto es lo suficientemente patético como para querer imitar. Por tanto, consigue un bolígrafo studmark®3121 de punta 0.7 y tacha la pregunta del principio de este párrafo. También puedes tachar suficientemente.

La primera lección del manual era sobre el arte de robar las lecturas. Irremediablemente había que robar aquello que quisieras leer. Pero no cosas como las páginas escogidas de Borges o los ladrillos interminables de Tolstoi. Según el manual, mientras más ilegible fuera la página 137 del libro en cuestión, mejor. Todo un axioma.

Así que comenzamos a robar libros.

El primer libro que nos robamos fue Ulises. Al final ni lo entendimos cuando lo leímos, pero al menos lo leímos.

Creo que, para él, se trataba de un ritual.

Robar libros. Leer libros. Regalar libros. Hasta que comenzó a andar con Tania. Entonces era ella quien se se robaba los libros mientras César entretenía a la muchacha del mostrador. Le preguntaba por algo impublicable. Y cuando ella, la del mostrador, comenzaba a discutir ya Tania llevaba tres. Cuatro. Cinco. Tengo miedo, torero. Espejo retrovisor. El disparo de argón. Cosas así. Ilegibles. Como la página 137.

A Tania yo la conocía por César, había estudiado en el mismo grupo de ella. A César le caía bien porque era una tipa culta, medio pretenciosa y comemierda, pero culta.  A mí porque le encantaba tragar alcohol. Parece otro lugar común, digo, para presentar a un personaje, pero es verdad.

Es risible ser alcohólico. Es de madre ser alcohólico. Es inefable ser alcohólico. Es de pinga ser alcohólico. Es irrelevante ser alcohólico. Es inverosímil ser alcohólico. Alcohólico ser alcohólico. Nadie quiere ser alcohólico. Es nostálgico ser alcohólico. Es bucólico ser alcohólico. Es una cuestión de principios ser alcohólico. Es literariamente incorrecto ser alcohólico. Es (consigue un bolígrafo studmark®3121 de punta 0.7 y completa el espacio en blanco) _________________ ser alcohólico.

Tania. La femme fatale del neo-noir provinciano. Aquí se supone que venga un fragmento que describa quien es Tania, o qué es ella. Según César, claro. Pero es mejor no seguir sus consejos.

Una cosa. Tania tenía el pelo recogido siempre. Como si lo tuviera corto.

César no sabía qué hacer cuando la conoció pero si sabía que verla con el pelo recogido, casi como si se lo hubiera cortado a lo garçon, iba a ser el final de todo, eso no lo iba a olvidar por dos o tres semanas. Ahí se dio cuenta de que, irremediablemente, Tania iba a ser la causa y consecuencia de los cuentos ¿Por qué tenía que ser como con el pelo corto? Nada era como el pelo corto. Ni la yerba. Ni tres botellas de ron Santero un jueves a las dos de la mañana. Ni siquiera teclear era como el pelo corto sería jamás como el pelo corto de verdad. Como la imagen. Se me fue una coma en cuando la conoció coma pero si sabía que hasta que termina esa oración.

Una farsa salvaje…Eso. Tania era como una farsa salvaje.

Ya ven qué rápido se me olvida eso de no seguir los consejos de César.

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