UMBRALISMO: una antología

Por: Mariela Varona

 

Yo tenía escritas las palabras de presentación de este libro y me había esforzado en hacer una crítica justa de él, pues quienes me conocen bien saben que jamás he tomado a la ligera la responsabilidad intelectual, a despecho de mi azarosa duplicidad de profesiones. Sin embargo, a última hora me fue entregado un manuscrito por una persona que está aquí, con nosotros, y no quiere que su nombre sea revelado. Cuando leí los primeros párrafos no pude parar y comprendí al terminar la lectura que mi presentación quedaba reducida a un simple ejercicio de redacción si la comparaba con el testimonio de esta persona. Por eso he preferido compartir con ustedes ese testimonio, pues darle mi voz a ese testigo anónimo será la mejor presentación que podré hacer de este libro.

M. Varona

UmbralismoYo vengo a decir la verdad sobre el libro de Mateo Mordeccai. Soy la única que puede hacerlo con conocimiento de causa. Supe por un amigo que este libro se presentaba hoy en Holguín y decidí dejar a mi madrastra inválida tomando el sol en nuestro balcón de Centro Habana, para comprar un pasaje y asistir a este evento. Quien me reproche por dejar a una inválida en un 9no piso, asistida por el sol y por una gata de cinco meses, no dejará de darse cuenta de que una madrastra no es una madre, de que algún pecado horrendo estará pagando con su invalidez, y de que mi secreto deseo de verla romper las maderas podridas del balcón y precipitarse al vacío es mi más dulce esperanza desde hace años.

O sea, que no importa si este evento hubiera sido cancelado o pospuesto y el libro se hubiera presentado diez días después: yo hubiese asistido igual. El caso es que yo conocí a Mateo Mordeccai y a la mayoría de los autores que figuran en la antología de Umbralismo, y sé cuántas falacias se esconden en el compilador y pretendido autor de muchos textos.

Me había ido en balsa a Estados Unidos en 1994, pero no huía del período especial como tantos jóvenes, sino que buscaba mi oportunidad para ser famosa. En el 96, después de frecuentar los ambientes bohemios de Nueva York y perseguir a decenas de músicos, pintores y actores de cine, teatro y televisión, me había hecho amante de Julius Maynard, quien me obligaba a posar desnuda y sentada sobre cactus tucumanos para componer sus abominables fotografías. Fue a través de él como conocí a Joaquín Manila y a Mateo Mordeccai. Joaquín era un hombre increíblemente apuesto pero tenía la obsesión de parecerse a Demetrio Souza, a quien consideraba su encarnación anterior. De ahí que escribiera continuamente y destrozara luego las páginas escritas, ante la imposibilidad de lograr lo que ambicionaba. Estaba casado con una ex actriz de Hollywood que le mantenía casa, coche y un criado filipino que Joaquín Manila insistía en afirmar era la encarnación de un personaje de Carson Mc Cullers.

Mateo Mordeccai, en cambio, era muy joven y demasiado distraído para mi gusto. Yo reconocía en él el aura del genio, y admiraba sus textos umbralistas cuando, después de unas copas de vino, soltaba su timidez y se atrevía a leer. Pero estaba demasiado abstraído de la vida carnal para fijarse en mí y en el calor de mi mano cuando la posaba encima de su muslo, como al descuido, por debajo de la mesa del apestoso Nuyorican Poets Café. Entre mi amante Julius Maynard, el atildado Joaquín Manila y el enfant terrible Mateo Mordeccai, se establecía en aquel café infernal una atmósfera literaria que excluía mi capacidad de seducción, se me hacía irrespirable y sencillamente, me hacía desaparecer como un fantasma.

Sin embargo, fui el primer auditorio –invisible, pero auditorio al fin—de aquellos textos que hoy celebramos. Luego fueron apareciendo los demás autores: Maura Samprini, a quien amé por su modestia y la forma que tenía de asumir la moda de Greenwich Village sin perder su clase; Stanislaw Bauer, brillante y arrebatado, siempre lúcido a pesar de la marihuana; Juan Laprida, tan afable y erudito como Mordeccai, pero con mucho mundo y sin ninguna timidez; entre este último y Joaquín Manila, a pesar de la amistad, existía una rivalidad espantosa porque ambos reclamaban por igual el honor de resucitar póstumamente el legado de Demetrio Souza. El criado filipino de la mujer de Manila también frecuentaba el café para acompañar a su amo y sustituir las hamburguesas grasientas por bocadillos hechos en casa. Yo era casi siempre la encargada de apretar la tecla de “play” cuando los umbralistas comenzaron a grabar sus lecturas.

Un día me harté de aquellas disquisiciones interminables que no daban dinero y me largué de su Nuyorican Poets Café y también de Nueva York. Conocí a un camionero que hacía ruta a California y decidí cambiar sexo por un pasaje gratis a Los Angeles. Pero mi carrera como actriz se limitó a dos películas porno que no tuvieron mucha demanda, por lo que me fui en un crucero de lujo con Heinrich Lehmann, un alemán rico y excéntrico que me recogió en su coche una madrugada en Mulholland Drive. Con él viajé por el mundo y volví a encontrar, como si estuviera destinada a tropezar siempre con las mismas piedras, a mis viejos conocidos.

A Juan Laprida lo encontré entrando a un teatro del Soho de Londres, en noviembre de 2001. Me contó que mi ex amante Julius Maynard se había suicidado un mes antes en Nueva York. Poco después vi a Maura Samprini haciendo teatro callejero en Ámsterdam. Nos fuimos a un pub a fumar yerba marroquí y me habló de los textos de Maynard que ella misma había reunido y publicado. A Stanislaw Bauer lo reconocí bajo el disfraz de payaso utilero en el Cirque du Soleil en Québec, en el otoño de 2004. Ya no escribía y se dedicaba a traducir textos por encargo de nuestro antiguo amigo Mateo Mordeccai. Éste había publicado un par de libros en Estados Unidos, había regresado a Cuba y luego vuelto a emigrar.

Sobre Joaquín Manila todos me contaban cosas contradictorias: que había huido de casa de su mujer con el criado filipino, que había pasado de adorar a Demetrio Souza a glorificar a Vinicio Ferreira, que actuaba en un show de travestis en Barcelona doblando canciones de la Massiel; en fin, no creí ninguna de aquellas noticias y pensé que la respuesta a mis dudas las tendría cuando me reencontrara con el acucioso Mateo Mordeccai.

Para entonces el alemán que me salvara del ridículo en Los Ángeles se había convertido en un lastre en mi vida. No me permitía renovar mi stock de vibradores, se negaba a comprar un camello para nuestro zoo privado, dilapidaba el dinero en las carreras de perros y lo peor, me golpeaba cada vez con más saña y empezó a dejarme marcas en lugares visibles. Yo había disfrutado mucho su sadomasoquismo, pero no quería que los verdugones arruinaran mi reputación.

Lo dejé plantado en Dortmund, adonde habíamos ido a ver un juego de su equipo de fútbol favorito, el Borusia. En el momento en que perdía 2 a cero contra los visitantes del Bayer Leverkusen, me levanté con el pretexto de hacer pis y me llevé disimuladamente la billetera de Heinrich Lehmann, cuyas tarjetas de crédito limpié a la salida del estadio. Antes de terminarse el partido ya había tomado un vuelo a Frankfurt y me paseaba por sus calles con casi 70 mil euros en mi bolsa de mano. Y al doblar una esquina, me encontré con Mateo Mordeccai.

Nunca olvidaré ese día. Era el 22 de junio de 2008 y hacía calor, mucho calor. La alegría de encontrar a Mateo me hizo dar gritos y saltos en aquella calle europea, cosa que noté lo embarazaba, pues siempre le fue penoso llamar la atención. Estábamos cerca de la casa natal de Goethe y me propuso tomar algo, cosa que acepté con agradecimiento, pues no quería sacrificar ni un euro de los que tan arduamente había ganado y pensaba invertir cuando regresara a Cuba. Cuando ya estábamos instalados ante una mesa de taberna, contemplando la casa del autor de Fausto, Mateo Mordeccai esperó a que nos sirvieran otra ronda de cerveza negra y me dijo: “Soy un farsante y mañana tengo que morir”.

La cerveza que me llevaba a los labios quedó detenida en el aire. No sabía cuál de las dos partes de la frase tenía menos sentido. Sabía que Mateo había hecho documentales y películas, que escribía cuentos y novelas, que además tenía conocimientos de música que le habían permitido mantenerse con bastante decoro en Nueva York. Además, se veía saludable. No particularmente robusto ni con exceso de vitalidad, pero tampoco tenía síntomas de enfermedad terminal ni de locura. Entonces se explicó.

Él había robado los textos de uno de sus amigos de adolescencia en Cuba para acceder al grupo de los umbralistas. No eran suyos los cuentos y novelas que había publicado, sino de un tal Rafael de Jesús Ramírez, que vivía aún en el oriente cubano una existencia miserable y sin cobrar nada de sus derechos de autor; es más, sin sospechar que los tenía. Mateo le había pedido sus manuscritos antes de emigrar de Oriente hacia La Habana con el pretexto de ayudarlo a corregirlos, y en esos textos había basado sus relaciones, su pertenencia a un movimiento literario y una reputación que no merecía. Su vida entera era prestada, robada a otro.

Quedamos en silencio y no pregunté a Mateo por qué confesaba esto precisamente a mí, precisamente ese día. Tampoco hizo falta preguntar por qué tenía que morir exactamente el 23 de junio. Solo los suicidas saben decidir la hora y el día de su muerte con absoluta limpieza, incomprensible para los demás. Pero sí sé que ya había preparado la antología de Umbralismo, única forma de saldar su deuda con un movimiento al que entró por medio del engaño, el plagio y la suplantación. Esta es la verdad sobre Mateo Mordeccai; sé que alguien dijo que era peor una verdad a medias que una completa mentira, pero quise decir esta parte de la verdad y quise que al menos alguien la oyera, por si conocen a Rafael Ramírez y quieren contársela.

 

Holguín, 27 de diciembre de 2013

 

 

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