Volver a Gira “La Isla en versos”

Gibara

En versos la numerosa isla

 

Manuel García Verdecia

En Holguín, 2 de noviembre de 2011

La casa editorial La Luz, de Holguín, acaba de sacar una sugerente antología poética, La isla en versos. Cien poetas cubanos. Se ha presentado en casi todas las capitales de provincias con recitales de poetas incluidos. Por su concepción, por la cifra de autores reunidos, así como por el fenómeno de difusión que ha generado esta publicación constituye un acontecimiento que indudablemente atraerá la atención del momento y dejará una seña para quienes nos lean desde el futuro.

Para empezar a acercarse a ella es bueno aclarar lo que no es esta antología. No es un muestrario de alabanzas patrióticas. Mucho menos es un folletín turístico de bondades del país. El libro vence el concepto rutinario, edulcorado y simplón de patria. Lo complejiza y actualiza, le da relieve humano, creíble por su dialéctica y minuciosidad humana. Se ubica en una sistemática inquietud de nuestro devenir poético cuyo espejo teórico más refulgente ha sido el estudio Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier.

Toda verdadera antología es un concepto. Un pálpito de sentido que se lanza al espacio para ir ganando una configuración. Esta obra ha sido pensada y sentida. No es un dato accesorio que su conformación sea obra de poetas (Luis Yuseff y Yanier H. Palao, con la impulsión entusiasta de Rafael Vilches), pues se ha visto su elaboración como el tejido de un extenso y múltiple texto poético, sentido y presentido. Estos poetas han trazado su espacio, han determinado las voces, han prefigurado los matices. Hay un elemento que se trasluce en la lectura: la indiscutible legitimidad de los autores incluidos y sus textos acogidos.

La condición de isla siempre estuvo aureolada de insondable atractivo. Ha constituido materia feraz de lo mítico. Tal vez debido a que las primeras conglomeraciones humanas surgieron en zona continental, en macizos espacios terrestres. De modo que la visión de un pequeño microcosmos rodeado de aguas que crecía solitario y distante cautivó la mirada de los hombres, hechos desde siempre para el contacto y lo colindante. Las islas implicaban no solo lo distante sino lo distinto y nutrieron lo exótico y la utopía en la mente de los hombres siempre tensada a lo inconseguido.

El hecho de habitar una isla traza ciertos condicionamientos en los seres. La discontinuidad respecto al resto del orbe, la alternancia de elementos (mar-tierra, interior-exterior, aquí-allá, autonomía-dependencia, estar-irse, etc.), modelan una bipolaridad de conceptos y emociones. Se ama la tierra pero se cede a la fascinación del mar, se siente como una gracia el peso de estar solos en medio de la nada pero se anhela poder palpar la otra orilla, se defiende la independencia con que somos en el orbe pero se siente la necesidad de estar conectados… En fin, el hombre siempre necesita lo otro y la isla exacerba este apremio.

Tal vez esta ambivalencia teñida de misterio y singularidad ha conferido al tema un espacio mayor en la literatura. Platón refiere la historia de la Atlántida, que indica le fue dada a conocer a Solón por un sacerdote egipcio (fijémonos en este dato impreciso pasado de un informante a otro, recurso tan empleado en la ficción), para ejemplificar una república eficiente. De la isla de Ítaca parte un rey que abandona todo para irse a la guerra y luego sufre por retornar a ella, confiriéndole una marca especial a esa isla abandonada y añorada. Añejas son también las distintas islas de encantos y sustos que visita Simbad el Marino, sobre todo aquella donde habita el ave roc. El renacentista Tomas Moro ubica su estado modelo en otra isla, Utopía, que por algo quiere decir “lugar que no existe”, único sitio donde lo ideal puede cumplirse. Es isla también Barataria, premio que le promete don Quijote a Sancho para que ejerza su práctico raciocinio. Robinson, el marino eficiente y voluntarioso,  realza su isla donde llega a reproducir un estado burgués perfecto por medio de su ingenio y voluntad. De modo que las islas un poco significaron la probabilidad de lo deseado.

En Cuba, lo insular irradió con fuerza desde las vísperas de nuestro ser. Ya Colón quiere hallar algo edénico, de belleza prístina y singular en el mundo, que nos distingue. Cintio traza este viaje metafórico que va desde la naturaleza al espíritu, pasando por el carácter y el alma. Con Martí, cree que llega a su punto cenital, al convertirse en centro de la emoción y el sacrificio que libera. Quizá, el tema de la isla tiene sus polos más encontrados en las visiones enfrentadas de Lezama y Virgilio. Mientras, el primero quiere fundar nuestro ser en esa singularidad de isla, en aquello distinto-indistinto que nos sostenía en el cosmos que le confería su fuerza fabular, según su teleología insular, el segundo halla en el hecho de nuestra insularidad un impedimento, una “maldita circunstancia”. Es parte de esa dicotomía que nos  caracteriza, de ese amor-odio con que nos acercamos a nuestra condición insular.

Sin embargo, en esta muestra de poesía, no hay nada de lo fabular ni lo utópico. Más bien lo que prima es un estado de alerta y desahogo energizados por un urgido y alucinante sentido de realidad. Sentido que está siempre regido por las perplejidades y contradicciones del amor a lo que se siente propio y no se desea renunciar. En esto hay que destacar la sólida coherencia del poemario, pues hay consistencia en el tono, en la intensidad de sentimientos y en la eficaz calidad expresiva.

La antología traza una parábola en el acaecer de nuestra isla al escogerse creadores nacidos entre los años 1970 y 1988. Aunque no conocemos los razonamientos asumidos para tal selección, la misma no deja de ser altamente sintomática. 1970 es la fecha en que nuestro país conoce un desalentador revés,  al no cumplirse la zafra de los diez millones, quizás el primero que nos hizo percatarnos de que no éramos ajenos a tales pérdidas. Esto sumió al país en un proceso de arduas tareas para superar aquella adversidad que afectó ampliamente nuestra economía y nuestras ventajas sociales. Mientras tanto, 1988 es el año en que se avizoran los cambios en el denominado Campo Socialista. Al “desmerengarse” este nos empujó a una estrategia de supervivencia que hemos conocido como Período Especial. De manera que los que han escrito aquí son de cierto modo hijos de la fragilidad, el cambio, las renuncias, alejamientos y reajustes, así como la denodada resistencia. Esto no deja de verificarse en su lectura.

Se ha dicho que se advierte la notable coherencia de los textos entregados. En primer lugar, destaca la autenticidad de los asuntos expuestos. No hay fingimientos, tergiversaciones o tapujos. Se habla con el corazón palpitando en los labios, con la mayor honestidad, algo que se agradece y enaltece a los creadores aquí reunidos pues asumen concientemente su cuota de responsabilidad y riesgo.

Rige un tono herido, dulce-amargo, trenzándose entre el amor y el despecho, pero siempre involucrado, entrañable, consanguíneo. El libro es también un muestrario de diversos discursos donde prima la absoluta libertad de dicción, el afán de modular una voz personal, siempre en busca de la mayor eficiencia expresiva, con preeminencia de lo conceptual-reflexivo. A lo largo de los textos sentimos la consistencia de la veracidad, la implicación más amplia así como cierto simbolismo que intenta evadir las señas de lo más inmediato que pudiera restarle latitud y permanencia a lo connotado.

A través del texto la isla se nos revela no como un mero accidente geográfico con incidencias sociales. Se revela el multifacético continente de sentidos en que aquella condición deriva. No es solo la naturaleza y su incidencia en el sujeto, sino la historia, el sentimiento y el espíritu. Es isla sentida, presentida, sufrida e imaginada.

La lectura de los distintos poemas nos ofrece un complejo inventario de sentidos que irradian de la asunción de nuestra insularidad. La isla se va desdoblando en sus mil implicaciones:

Isla nostalgia: “quería una casa/ donde viera el mar/por las mañanas…” (René Coyra)

Isla discurso: “Palabras, horizontes que encuentras a cada paso sobre la superficie viva de lo eterno…” (Daniel Díaz Mantilla)

Isla contingencia: “De nuevo el circulo dejándome en el centro/ subastando un pronostico entre sombras. “ (Eduardo Pino)

Isla inconciencia: “Los constructores levantan míseras paredes. Las familias inocentes sentadas unas al lado de las otras no lo descubren,  no se percatan…” (Yanier Palao)

Isla fatalidad: “Crece el mar como la promesa de un tambor para la tierra. / Como un sentido nuevo nacido al cuerpo crece/ el mar bajo el cuchillo del sol…”  (Francis Sánchez)

Isla deseo: Las cosas tienen que existir para poder amarlas… Busco un oasis.”(Yuliuva Hernández)

Isla añoranza: “concédeme un trozo de mar/ donde no puedan partir/ en dos mitades/ mi lengua” (Niurka Valdés)

Isla sensualidad: “Amar tu raíz   isla/ bebiéndote el agua de mañana…” (Luis Yuseff)

Isla pivote al viaje: “Todo queda lejos del fulgor que se nos sueña. / Todo engrandece ya nuestro sexo, nuestra brújula. / Y hemos jurado viajar, romper la imagen…” (Norge Espinosa)

Isla límite: “Yo nunca tuve mar/ ni brazos con que llevar a mi hija a las olas…” (Nuvia Estévez)

Isla espíritu: “este juego de agua no se puede acabar/ sin que seamos felices el resto de los días/…/ no por azar nacimos en una misma isla…” (Yamil Díaz)

 “Seguimos esperándolo. Palomas y poemas en mano/ en la costa de Banes o en la bahía de Corinto, / donde un desvencijado parque lo recuerda…” (Ronel González)

 Son estas entre muchas otras las figuraciones. En fin, los versos dibujan el tapiz doloroso y dulce, jubiloso y terrible, real y soñado, azaroso e ineludible de la isla.

 Indiscutiblemente que La isla en versos será –es ya – materia obligada para quienes estudien las mil sutilezas con que nos marca la insularidad. Constituye un eficaz medio para acercarse a los latidos y modos de la poesía cubana que hoy se escribe desde, por y con todo el peso de la isla.

 

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