Volver a Gira “La Isla en versos”

Ciego de Ávila

El pecho de la isla

 

Carmen Hernández Peña

Detrás del asfalto donde un niño, con tiza, dibuja la bandera cubana, parece estar asomado y a punto de la broma, de la palabra justa, aquel poeta que hablaba de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Y es que, entre muchos otros objetivos, uno de los principales de este libro –que celebra, además, los 25 años de la Asociación Hermanos Saíz– es hacerle un guiño más que un homenaje a Virgilio Piñera, ese “niño terrible” de las letras iberoamericanas.

Roberto Manzano, quien prologa esta selección –no antología según Luis Yuseff y Yanier H. Palao, los seleccionadores–, afirma: “La poesía cubana […] nace de un dolor, de una apretazón, de una nostalgia de lo distinto”.

Y es que la mayoría de estos poemas cargan en sí el desasosiego de la insularidad, de esa maldita circunstancia que escribiera Piñera, de esa cárcel de agua que significa Isla. “[…] cuando se escribe la palabra isla –afirma René Coyra en el comienzo del libro– se puede escribir maroma/ redoma de flores silvestres”; según el sujeto lírico a quien hace referencia Yanira Marimón “[…] ella solo quería irse a un lugar distinto/ más frío”, porque “[…] no hay nada seguro en una isla”, dice Maylén Domínguez.

El hombre isleño –y digo hombre genérico sin temor feminista-, el hombre de las islas, es distinto; con prisa por vivir, temiendo siempre al cataclismo del agua debajo de sus pies y sobre su cabeza. El poeta, entonces, que no es mejor ni peor por ser poeta, tan solo algo distinto, no solo teme, sino que siente sobre sí el cataclismo, y lo expande. Suerte nosotros –poetas o simples mortales menos distintos– porque nos escoltan las Diosas balseras: una mulata-india y la otra negra, prestas siempre a interrumpir la ola y a convencer al viento de que se vaya, con su terrible música, a otra parte.

Cinco poetas de los cien escogidos son avileños: Eduardo Pino, Francis Sánchez, Arlen Regueiro, Herbert Toranzo y Yanaris Valdivia, inmersos también entra las aguas turbias y sureñas de Júcaro, ese pueblo de pescadores detenido en el tiempo al que –gracias a las Diosas– hasta los huracanes le tienen miedo, y las azules, y siempre lejanas, de la cayería norte. Ah, y otra medio avileña, medio rusa, mixtura añadida en este atanor de alquimista que es la cubanía: Polina Martínez.

La isla en peso; el peso de la isla; la isla en versos, los versos que brotan de la insularidad, devienen estandartes, escudos, que guardan el pecho de los que sostenemos –a puro corazón– los vaivenes de esta isla, maldita para algunos, bendita para otros, pero siempre flanqueada por las Diosas balseras y guerreras, que emergieron aquí, para salvarnos.

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