Volver a Gira “La Isla en versos”

Camagüey

La isla en versos: cien formas para el amor y la angustia

 

María Antonia Borroto

Una isla suele ser una realidad tremenda: enigmática y ambivalente, siempre puede ser apreciada bajo un doble aspecto, pues el mar que nos separa también nos acerca a eso otro que llamamos el mundo.

La nuestra parece estar rodeada de paradojas. Los primeros conquistadores españoles la creyeron tierra firme. Fue necesario un bojeo para fijar sus límites y contornos, esos que, burdos, lucen en algunos mapas añosos. A la tierra firme parece oponerse la no firme, o lo que es igual, tierra leve, alada, escurridiza, sutil… Dulce María Loynaz, al tiempo que elogiaba sus primores, advertía en el último de los Poemas sin nombre, ese doble estro: “Pero también pareces un arco entesado que un invisible sagitario blande en la sombra, apunta a nuestro corazón”. No es en lo absoluto casual que ese libro suyo culmine con el cántico a la Isla. No es casual porque uno de los ejes de su obra es, precisamente, la reflexión sobre la insularidad. El poema anterior refiere el misterio del nacimiento: así el libro se cierra con la constatación del doble misterio: el de la Isla fragante y rumorosa, y la maravilla que es brotar de un cuerpo de mujer…

El misterio de la vida y el de la Isla: tal es la sustancia de La isla en versos, libro preparado por Luis Yuseff y Yanier H. Palao, y facturado por Ediciones La Luz, No es una antología, así lo advierte su nota de contracubierta, mas nos permite aquilatar los muchos sentidos de la experiencia de la insularidad, esa cualidad genésica y primordial, en los cien poetas aquí reunidos. El abanico es amplio, y cada uno a su modo traza una suerte de bojeo sobre esa, su Isla. Tal parece que el Avemaría de los marinos, como la llama la Loynaz, transmuta su faz.

Uno de tales rostros es la Poesía misma. O el diálogo con la tradición poética. Yamil Díaz pone a conversar a Dulce María con Eliseo, y Ronel González, en una soberbia elegía, evoca el original suyo que nunca Gastón Baquero revisó y al mismo tiempo recuerda el anhelo de otro poeta, Julián del Casal, de ir a dormir con los pequeños, poeta que, acaso entre los primeros, poetizó la experiencia terrible de vivir en una Isla. Youre Merino, a su vez, evoca el instante en que Lezama lleva a la imprenta un número de Orígenes: cifra de cierto sentido para la insularidad. Frank Castell, en cambio, puede dejar como única heredad a su Isla, las manos y la espada, el camino de los huesos, el dolor de sus poemas.

Irse y regresar: realidades últimas que bien pueden ser escritas como lo he hecho, separadas —¿unidas?— por una y, o bien, según el caso, colocando entre ambas la conjunción disyuntiva o quién sabe si la pleca consoladora. Ronel anticipa otro de los sentidos posibles: “Usted se ha marchado, /  dejándonos un sabor de archipiélago mudo entre los labios, / y no habrá océano que restaure de prisa / las simas de frustración que apuntaló la diáspora.” Dolor del exilio aun antes de producirse, como en el conmovedor texto de Yanira Marimón, poema sobre el escarnio y la humillación, poema que juega con su ambigüedad, con la imposibilidad del arte de ser LA VERDAD y ser, a pesar de eso, o quizás por eso, VERDAD.

Pero la diáspora no es solo la nuestra, potencial o real, soñada o vivenciada: es también el reconocimiento y reencuentro con quienes poblaron la Isla, parte de otra diáspora que parece condenarnos a un círculo eterno: el sujeto lírico creado por Clara Lecuona se reencuentra con una antecesora en Tenerife, una antecesora que nunca pudo regresar a su Isla y, tal parece, quedó varada en esta, donde la biznieta está pronta a retornar. Se difuminan entonces el origen y el destino, o acaso son lo mismo, pues el viaje no es nunca la simple traslación física. Fabián Suárez, a su vez, invierte los términos usuales de la ecuación: los tíos que antes vivían en Cape Coral han vuelto para repatriarse: palabra extraña esta: “otra vez en la tierra de uno”. Y el 31 de diciembre, alrededor del puerco y las cervezas, todos miran a la cámara “con la ilusión / de que podamos ser los mismos”. Otros, como el sujeto lírico del poema de Israel Domínguez, tienen la frustración del regreso imposible, regreso que ya no lo sería solo a la Isla, o que complejiza las repercusiones de la vuelta al espacio físico: volver a pisar esta tierra es volver a la vida y sus dolores: “pues aunque esta paz / es inalcanzable en el reino de los vivos, / no hay nada como un trago de café, / los acordes del laúd / y mi décima irrumpiendo en el eco de otro canto”.

Porque, reitero, el viaje no es la simple traslación física, o esta nunca es simple. De una forma u otra, lo intuyen todos los poetas aquí reunidos. Y la isla muy bien puede ser la casa, la permanencia de la casa, del pueblo, de la región. O está en uno, en la puerta llevada sobre los hombros, donde Liudmila Quincoses ha sembrado un muérdago: “Para que los buenos espíritus no puedan salir, / para que el mal no penetre”. La ciudad puede ser la extrañeza al reconocerla ajena y, aunque ubicada en la patria, reacia al trato: la experiencia en ella, parece decirnos Isaily Pérez, anula el tiempo, o le atribuye a su paso otras resonancias: todas las voces y tiempos convergen hasta el punto que el presente de las paseantes es también casi pasado en una ciudad que llamaban Habana. La extrañeza también puede sorprendernos desde una música que ya no reconocemos nuestra. Gleyvis Coro se duele de algunas canciones modernas en las que no entienden, ni ella ni su pareja, “lo que dicen los que cantan / ni a las canciones mismas, / ni al hombre sabio que las memoriza / sin percatarse del endeble / contenido de la letra”. Ella y su pareja evocan aquellas “donde lo principal podía ser tratado / y todo era plausible y evidente”. El amor y la música se anudan no desde la fácil complicidad de sonoridades tarareables, sino desde la extrañeza y la duda.

Otros versos son un remedo de poemas místicos, de historias de amor sublimadas: la isla, la Amante, deviene “en arrebatos de pasión”, “sujeta a los delirios de la hablante” —Katia Gutiérrez— la Amantísima, la que da y recibe, en grado superlativo, Amor. Otros —como Isbel G.— reinventan el mito de Odiseo y reconocen la heredad común, una actitud milenaria, la universalidad de la cultura, el sobresalto ancestral: “Esta Odisea que muere en el acto de pensarse, en una esencia diferente”. O, en la propuesta de Rafael Carballosa, acoge una historia de amor maltrecha, círculo de sucesivos abandonos, de gestos indolentes, de frustraciones repetidas; mientras que en una letanía envolvente, Herbert Toranzo remeda una espiral que une figuras siempre extremas: aniquila las —sus— distancias y evoca el alma, a Dios, a Lucifer, a Baudelaire, la vejación —devenida aquí deidad a la que pide, nada más y nada menos, “que no me salgan versos en lugar de conjuros, / negras olas de calma donde el frío se adormece”.

Son muchas los sentidos de la isla en los poemas aquí reunidos, tantos que es imposible reseñarlos. Se agradece este intento, tan plausible, de mostrar cien cosmovisiones, cien formas de vivenciar la insularidad: muestra también de los múltiples registros de ciertas zonas de la poesía cubana de hoy hecha por los más jóvenes.

Pero este texto ya resulta un poco largo, y siento que bien pudiera decir, junto a Arlén Regueiro, “páginas del agua son estas que escribo”. Mis palabras tienen tal levedad, solo la Isla, y estos versos que la cantan, permanece.

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