Volver a Gira “La Isla en versos”

Bayamo

Los cien, la soledad, el mar y una isla en versos

 

Por Arsenio J. Rosales M.

Bayamo, 27 de agosto de 2011

Odio el mar, sólo hermoso cuando gime…

José Martí.

 Concedamos un saludo al siglo que se fue mientras abordamos la vieja cuestión de que todo, o casi todo, está hecho, hablado, cantado, escrito —en arte y literatura—, lo que nos conduce irremisiblemente al manoseado río de Heráclito. Este mundo de hoy como nos ha comentado alguien con suficiente información para ello[1], es mucho más diverso, ecléctico y abierto que cualquier otra época anterior. Cada uno de nosotros estará en libertad (y posibilidad) de elegir, apropiarse y de identificarse con los productos culturales que objetiva, material y potencialmente deseé, aun cuando estos no fueren los de su preferencia ni estén a su alcance.

   A nadie sorprendería calibrar —interpretar o medir serían infinitivos más apropiados— los efectos que en términos sociales, culturales, poéticos y de comunicación en todo caso, con sus consecuentes riesgos e implicaciones, alcanzaría el término global dentro de un marco de proposiciones y de tentaciones que en días como el de hoy se nos ofrecen.

   ¿Hacia dónde vamos y de dónde venimos quienes tenemos el privilegio de haber nacido, vivido, bregado, sufrido y hasta rechazado nuestro obligado nacimiento en las Antillas? Hacia donde vamos, con la incertidumbre del presente siglo XXI y sus enormes desafíos. De donde procedemos y quienes somos en esencia (y por cuestiones de identidad) ya lo sabemos. Temas cruciales para quien no haya sido, no es ni tal vez lo será: un Guillén, un  Carpentier, un Lezama Lima, un Saint-John Perse o un Aimé Cesáire, a quien tanto importara tal cuestión.[2] Mucho podríamos especular alrededor del tema de la insularidad, su desmembramiento y presumibles desgracias en lo tocante a geopolítica y otras cuestiones de carácter geográfico, socio-histórico, etc., pero no es este el problema de hoy. Se trata, por más que lo dilate, de enfrentar la responsabilidad de presentarles La Isla en versos: cien poetas cubanos[3], esta selección que Luis Yuseff y Yanier H. Palao tuvieron a bien reunir y ensamblar para que Ediciones La Luz nos ofrezca este muestrario diverso, fluvial, deslumbrante y marítimo, heterogéneo y cóncavo, angustioso o convexo como los espejos de esos faros que pierden o salvan las embarcaciones en la noche y el piélago.

   No hay duda de que las islas, nuestras islas, incluido este archipiélago cubano que abriga por igual a ultramarinos y mediterráneos de todo el país—uniendo y concertando voces de tres hornadas distintas—, alientan horizontes, inspiran, incitan búsquedas, aventuras, utopías[4]. Cada ser humano lleva en sí mismo la réplica de ese mundo donde le ha tocado vivir,  desarrollarse, de conformidad o no con su alcance, presupuestos, experiencia personal e intenciones. Lo inquietante sería preguntarnos si ahora, desde nuestra perspectiva más inmediata, nos encontramos en condiciones de enfocar y asumir este reto, panorama inusitado por sus múltiples desafíos, complejidad y exuberancia. Desafiar este universo globalizado de hoy  sin diluirnos en la banalidad ni en lo insustancial, en lo temporal como nos diría Carpentier. Lo importante, lo esencial a mi juicio, para asumir esta visión singular, desaprensiva, coloquial, en ocasiones transgresora, ejercida por ciudadanos del Caribe que se expresan en versos y con lenguaje universal casi siempre, es lo que asombra de esta Isla en versos, ejemplar metáfora para unos o delgada perífrasis para otros. Lo independiente, lo identitario, lo cubano es lo que queda en fin de cuentas como una epifanía, en ocasiones como un desgarramiento.

   ¿Cuál es entonces nuestro tiempo-espacio? ¿Cuáles nuestros meridianos? ¿Grenwich? ¿Es compatible con nuestros ideales de libertad, voluntad, autorreconocimiento y proyección como pueblo y nación? ¿Cómo creadores, habitantes de estas islas? Otro problema en discusión sería la permanencia: afincarnos en nuestra insularidad o plantearnos desde otro lado la visión de una experiencia social y cultural que apunta hacia estos territorios nuestros como tierras de paso, de encuentro y fundación, conforme a la visión de Bermúdez.[5] El viejo dilema de partir, del desarraigo del cubano, del antillano, con el consiguiente (y hasta añorado y nostálgico) obligado retorno.[6] Y de nuevo partir con todo lo que ello significa: partida, odisea, búsqueda, hallazgo y volver a lo deseado-dejado. Trayectoria y aventura de lo personal hacia lo histórico-cultural como en Saco, Manuel del Socorro, Merchán, Zenea, Palma, Tristán de Jesús Medina, Martí, Virgilio Piñera, Carpentier, Sarduy, Reinaldo Arenas, tantos y tantos.

   ¿A qué llamaríamos hoy ciudadano del mundo? El Totius Civis Orbis, entrevisto desde el Renacimiento hacia la Modernidad, ¿en qué escala lo situaríamos ahora, en este mundo interconectado por computadoras y otros artilugios incluso más pequeños, pero igualmente efectivos y rápidos? Ya ni se necesita viajar prácticamente. Nuevo replanteo de la cuestión: ¿Modificará esto de alguna forma nuestra condición de cubanos, de caribeños o antillanos, interesados en mantener nuestras costumbres, identidades, idiosincrasia propia? ¿El poema, la novela, la escultura, el cuadro, el film, podrán continuar reflejando estas realidades sin negarnos, diluirnos ni decretar nuestra extinción? Innegablemente el mundo ha evolucionado de una manera sorprendente en los últimos cuarenta años, desde la década del 70 cuando comenzaron a nacer los poetas compilados en este libro, hasta ahora. Y con el número varían además conceptos estéticos, artísticos, literarios, filosóficos.

 El prefijo post, ¿se habrá adueñado de nuestras mentes? ¿Terminará por imponernos su impronta? ¿Un mito del siglo XX? ¿Una entelequia caprichosa? ¿Una moda? He aquí algunos cuestionamientos propios de la postmodernidad, por autores que escriben para el actual siglo. Hace algunos años leí un libro del sueco Stefan Sweig[7]: deploraba él el derrumbe del viejo orden burgués de entreguerras. ¿Y ahora? ¿Asistimos a la nostálgica evocación de un pasado no tan remoto y al enfrentamiento de una realidad otra no imaginada antes de 1973? Mundo globalizado, unipolar, con blindaje económico o no y sucesivas crisis. Las nociones de Futuro y Progreso del viejo orden burgués también en crisis. No olvidemos que la ideología postmoderna irrumpe tras el shock petrolero. El mundo ha cambiado inobjetablemente y con él sus complejas relaciones. La economía se desconecta de la geografía, de los recursos naturales. La historia está siendo manipulada, descontrolada, desorientada de la geopolítica como era antes. Nuevos periodos de la Postmodernidad. Douglas Crimp definirá el arte postmoderno como “Ruinas del pasado” y se caracteriza por: Citas intensivas de un pasado identificable, nostálgico, recurrente, entrevisto en ocasiones como fragmentación. Y por el tema del simulacro, de la simulación, del camouflage. Pérdida progresiva del contacto con la realidad misma donde la imagen simbólica sustituye a la propia realidad. A partir de 1989, con la caída del muro de Berlín sobrevendrá una segunda etapa que inaugura al menos en el plano simbólico la globalización artística. Se anuncia como discurso no ideológico. Una nueva configuración del pensamiento mediante la re-configuración de archipiélagos: reagrupamiento voluntario de islas en una red para constituir una entidad autónoma. Este archipiélago deviene figura dominante de la cultura contemporánea. Fin de la cultura del Post. Altermodernidad, altermundialización, con reposicionamiento respecto al hecho  moderno, en el que se precisa profundizar mientras se le considera como un espacio sin jerarquías, en tanto cultura globalizada, preocupada por nuevas síntesis. El gesto emblemático de esta modernidad otra es el éxodo, el desarraigo de las tradiciones, de las costumbres, de todo cuanto enraíza al individuo a un territorio.

   Y mientras leo, leemos La isla en versos, pienso en Cuba, en las Antillas, en el Caribe, este nuestro Mediterráneo americano, Caribe-Atlántico al Norte y al Este de nuestras costas, este crisol de mestizaje que nos aproxima e integra a otros pueblos, a otras naciones, a diversas culturas, a otras islas de paso, del eterno reencuentro, de la diáspora, la nostalgia y el inevitable regreso. Además de evocar los atributos, los íconos, las cosas, el encanto y sentido misterio del Mare Nostrum, de las islas que lo pueblan y conforman, ¿deberíamos nombrar, enumerar puntualmente todo lo que nos aproxima y nos aleja, incluso lo inasible, mientras aguardamos la “partida”? Ese eterno partir de los antillanos. Atemporalidad e ilimitada extensión en los contextos naturales, históricos, geográficos. Carácter reacio, indagador y rebelde. Similitudes y diferencias. Preocupación por el ancestro. Negación, divagaciones; recreación de un mundo sentido, soñado, presentido e intuido. No resultará rara cierta explosión del lirismo, determinadas expansiones, el tono grandioso en algunos poetas compilados; y sobre todo la ironía, la insubordinación, la contraposición de significados entre pasado y presente, entre lo realmente vivido y lo evocado. Se precisa, por tanto, de un discurso ágil, de metro amplio en la versificación, a lo Whitman como sugiere Bermúdez[8], del versículo y del cauce anchuroso, épico-lírico, descriptivo, jugoso, explosivo, con adjetivación escasa, precisa y sustantivación provocativa; cierto afán de subvertir la realidad, de negar, de jugar, de escribir en la arena sin que la ola alcance el rasgo. Y ese rejuego inalcanzable, lúdico, propositivo, extraño, angustioso, de evidente inconformidad, recorre este libro con la única, absoluta resolución de que Dante comprende y cada uno vive donde nace/ donde abre los ojos/ donde puede…

 Quiero entenderlos. Ahí está el silencio sin remos. Yo jamás tuve un mar.


[1] El comentario pertenece al destacado crítico y ensayista, ya desaparecido, Rufo Caballero.

 

[2] Virgilio López Lemus: “Un adiós a Aimé Césaire”, en La Jiribilla, No. 76, abril 2008, p.18. Según este autor, Aimé Césaire fue “un poeta de la identidad, capaz de traducir en versos la idiosincrasia  y peculiaridad no sólo de su pueblo, sino de toda el área que baña el mare nostrum antillano”. Curiosamente para algunos críticos, según afirma V.L.L., Virgilio Piñera recibió el influjo de Césaire, sobre todo para la escritura de su texto La Isla en peso.

[3] La Isla en versos: cien poetas cubanos, Ediciones La Luz, Holguín 2011. Compilación a cargo de los poetas Luis Yuseff  y Yanier H. Palao.

[4] Jorge R. Bermudez: “Saint-John Perse o la condición antillana”, UNION 66/2009, año XLVII, p. 5. “Tierras de paso, encuentro y fundación, es, en la voluntad y vocación del poetaañade Bermúdez a continuación—, el tiempo-espacio capaz de empinarse a la altura de un ideal de hombre”.

[5] Ibid., p. 5.

[6] “¡Partir! ¡Qué familiar le es este verbo a toda la literatura antillana! En la partida está implícito el desarraigo—nos comenta Bermúdez—, pero también la búsqueda, tanto como en esta lo está el hallazgo. ¿Qué es nuestra literatura y, en particular, nuestra poesía, sino un permanente partir y buscar y volver a lo dejado?” (J. R. Bermúdez, p.5).

[7]Stefan Sweig: El Mundo de ayer.

[8] “Ya no se trata de cantarle al amor distante o perdido, a la soledad que amontona el invierno ante la puerta, al silencio de las tumbas, ahora, de lo que se trata es de una tierra nueva y poderosa, exultante de hallazgos y rutas, de promesas y afanes… Y para ello es preciso una lengua ágil  pero exacta, ajena a la regularidad, devota del ritmo interno, del metro amplio, llámese yambo homérico o versículo bíblico, tal y como ya lo había puesto de manifiesto el agreste y democrático de Whitman” (J. R. Bermúdez, p.6).

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