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Jul 19

Ariel Fonseca y la crueldad de los pequeños acontecimientos

Por: Rubiel G. Labarta.

Hierbas es un libro inquietante. Desde la portada comienza ya a mover los arduos mecanismos capaces de generar en los lectores interés por la palabra escrita. El joven escritor espirituano Ariel Fonseca Rivero, Premio Celestino de Cuentos 2015, se introduce con sutileza en el entramado que compone la más joven generación de narradores en la Isla, de la mano de Ediciones La Luz, como quien quiere gritar pero no puede, y la emprende a cabezazos contra la pared del balcón para que estos golpes sean escuchados desde todas partes.

Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso y miembro de la AHS, Ariel Fonseca se ha ido abriendo, poco a poco, un espacio en el bullente panorama de la joven narrativa cubana, avalado por importantes reconocimientos entre los que destacan La Beca de Creación La Noche en 2013, el Premio Herminio Almendros en 2014, el Premio Celestino de Cuentos en 2015 y la Beca Dador en 2016.

Este volumen inicialmente titulado Échale la culpa a Betty Boop, ahora aparece como Hierbas, brotes duros y resistente, capaces de proliferar, incluso en los entornos más hostiles.

Hierbas está compuesto de trece cuentos cortos sostenidos por un estilo minimalista y directo, propio del realismo sucio. Claridad y concisión son las premisas que se siguen a lo largo de estas páginas, que pretenden conmover desde la cotidianidad y lo que resulta intrascendente en apariencia. Solo en apariencia. Porque a decir de los filósofos existencialistas, cuyos métodos de pensamiento imperaron durante buena parte del pasado siglo, “no hay nada más cercano a la vida que la propia vida”.

En fin, se trata de un libro que roza lo desgarrador y la crueldad de los pequeños acontecimientos. Se desliza por una fina línea hacia el vacío, la alienación y el desamparo de sus personajes, que no dejan en ningún momento de ser entes complejos y perturbadores. Es digno de señalar el hábil manejo de los ambientes marginales, marcados por la violencia, física o psicológica, por la precariedad, o por el desarraigo de los seres que se mueven por estas páginas como sombras escondidas detrás de una cortina, que temen ser descubiertas, o, peor aún, que temen descubrirse a sí mismas, encontrarse desnudas frente a ese gran dilema que es la vida.

Estos son cuentos bien escritos. Comprensibles. Visuales. Casi cinematográficos. Gozan de ese magnetismo que generan las historias cuando se parecen demasiado a la vida o a lo que conocemos como tal. El lector avezado notará, sin lugar a dudas, un buen puñado de influencias que se traslucen en los textos, influencias que parten desde Raymond Carver y pasan por Hemingway (el diálogo constante lo delata), hasta llegar al viejo Bukowski, del que hereda el laconismo, la ironía y el juego conciertos elementos que en ocasiones pueden resultar grotescos.

También aparecen cuentos que rondan la reescritura de historias conocidas o no tan conocidas. Ejemplo de ello es La felicidad (p. 53), que pudiera leerse como una hábil variación de La máquina de follar, de Bukowski.

El narrador, por regla general, se ubica en un plano distante, y cuenta con frialdad, se regodea en conflictos que rondan lo existencial, y deja las historias inconclusas o cortadas por la mitad, en un fino juego en el que se pretende involucrar al lector como elemento activo de la historia. El lector será quien deba imaginar lo que vendrá después, seguir su propio instinto, confiar en su instinto a la hora de construir destinos para este puñado de personajes que nos regala Ariel Fonseca en Hierbas.

Otro de los pilares de este libro está dado por la visión de conjunto que se aprecia al final. Solo al final, cuando queda en la boca, y en la conciencia, ese sabor amargo del ambiente, de los personajes agobiados y agobiantes, que se entrelazan y saltan de un texto a otro, y contribuyen a enriquecer sustancialmente las tramas.

No puedo dejar de referirme al diseño fresco, agradable, atractivo y renovador realizado por Frank Alejandro Cuesta. No escatimo adjetivos porque sería pecar de omisión.

Y para finalizar este paseo por los controvertidos laberintos humanos construidos por Ariel Fonseca, vale la pena citar el exergo de Yukio Mishima, incluido en el último cuento del libro, titulado Que no pare de llover (p. 63) y que a mi entender, engloba la dimensión de estas Hierbas que brotan casi con rabia en el suelo después de la lluvia: “…en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro, con la misma transparencia de un cauce de agua alimentado por el deshielo”.

 

Fuente; http://www.caimanbarbudo.cu

 

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