May 23

Para que el libro salga “bien vestido” [entrevista a Luis Yuseff]

Por: Yuris Nórido

Luis Yuseff (izquierda) y Frank Alejandro, diseñador principal de Ediciones La Luz

Ediciones La luz, la casa editorial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín, está cumpliendo 20 años. Desde hace más de una década, el poeta Luis Yuseff Reyes está al frente de un equipo integrado sobre todo por jóvenes. La nueva sede de la casa editorial sería el sueño de cualquier librero. Ahí entrevistamos a Yuseff.

—Me parece significativo que desde tus primeros pasos en esta editorial se incluyera en el catálogo la obra de un imprescindible de la poesía cubana, Delfín Prats. Es un homenaje merecidísimo, pero al mismo tiempo puede parecer contradictorio. ¿No se supone que esta es una editorial para jóvenes escritores?

—Recuerda que la Asociación Hermanos Saíz tiene un premio que se llama Maestro de Juventudes. Y recuerda, además, el lema de las Romerías de Mayo: “No hay hoy sin ayer”. Los jóvenes necesitan maestros, necesitan referencias. El lector cubano no puede conformarse con los escritores de las generaciones más recientes. Por eso las cinco editoriales de la AHS apostaron por un catálogo incluyente, que tenga en cuenta a estos maestros de la literatura cubana. Y también de la literatura universal.

«Por primera vez se publicó en Cuba la obra de Emily Dickinson, de Antonin Artaud, Alejandra Pizarnik… gracias a las editoriales de la AHS, porque estos eran autores que, por las razones que fueran, no encontraban un espacio en otras editoriales cubanas. Vinieron a encontrar esas ediciones discretas, económicas, precisamente en nuestras casas.
«Es el caso de Delfín Prats, un maestro indiscutible, un poeta cubano que cada año la AHS propone como Premio Nacional de Literatura (y seguiremos insistiendo para que un día sea reconocido con ese importante galardón), un poeta que está definitivamente inscripto en la literatura cubana de todos los tiempos, como una de las voces fundamentales de nuestra lírica».

—¿Cómo lograr en los catálogos el equilibrio entre los maestros y los que comienzan?

—Conformar un plan editorial es muy complejo. Tiene que ser un plan representativo de los intereses de los miembros de la AHS, y que también incluya obras de escritores mucho más reconocidos… sin olvidar a algunos que ya son clásicos, como es el caso de Gastón Baquero (del que publicamos dos volúmenes) o Dulce María Loynaz…
«Conformar ese plan lleva un serio trabajo de búsqueda, de conciliación (con la AHS, con el Centro Provincial del Libro,  el ICL), y también de debates con un consejo editorial riguroso. Pretendemos que lo que decida ese consejo sea, en definitiva, lo mejor, lo necesario…

«Fíjate, algunas de las obras escogidas quizás no estén pensadas para el gran público, el gran consumidor. De hecho, la literatura de por sí tiene un público muy singular. Nosotros siempre hemos tratado de defender lo artístico dentro de nuestras producciones».

—A diferencia de otras editoriales del país, Ediciones La luz se abre al público desde su sede, que está concebida como espacio de intercambio: hay librería, galería, sala de presentaciones… ¿Por qué lo concibieron así?

—Uno de los problemas que están enfrentando la mayoría de las editoriales de este país es la ausencia de un espacio físico que permita reconocer a la editorial como parte de la vida cultural de la comunidad. Toda editorial necesita un lugar no solo para producir, sino para promover los libros.

«Muchas de nuestras editoriales permanecen de espaldas a los procesos de socialización de la literatura. Eso lo estamos padeciendo hace muchos años, y ahí está una de las razones de la cantidad de libros acumulados en las librerías, estancados, con salida lenta, que no se venden… Por eso hay tanto envejecimiento en los estantes de cualquier librería de nuestro país, tanta displicencia del público ante buena parte de la producción.

«En Ediciones La Luz hemos intentado alejarnos un poco de esas circunstancias. Es responsabilidad de una editorial publicar el libro, pero también darle seguimiento: dónde se presenta, quién lo va a presentar, cuáles son sus lectores potenciales. Hay que velar porque ese libro tenga una presencia en los medios, porque los autores se vinculen también al destino de sus libros.

«Todo eso se hace más fácil cuando una editorial tiene un espacio propio. Nosotros podemos ofertar nuestras producciones aquí mismo, en nuestra librería Celestino; podemos crear vínculos más estrechos con otras instituciones culturales, con las escuelas, los hospitales, los hogares de ancianos… Todo parte de aquí. Y eso te abre el espectro.
«Pero además, nos permite interactuar con otras manifestaciones artísticas. Como la editorial pertenece a la AHS, una organización que aúna a creadores de todas las artes, pues los incluimos en nuestra programación: músicos, actores, pintores, fotógrafos… que se relacionan de alguna manera con nuestras publicaciones».

—Tú lo has dicho: Ediciones La Luz no se parece a ninguna editorial cubana. Tiene claras marcas de identidad. ¿Cómo defender esa peculiaridad?

—Muchas de las cosas que hacemos en la promoción pudieran parece novedosas, pero en realidad se hacen habitualmente en el mundo, hasta por las editoriales más discretas. Porque de ese depende, en buena medida, la propia existencia de esas casas editoriales. Lo que pasa es que en Cuba no tenemos que competir para existir, no tenemos que asumir plenamente las reglas del mercado. El libro en Cuba sigue siendo subsidiado, por suerte. Pero sí hay una competencia: a la hora en que el lector llega a una librería y se encuentra en un estante un grupo de libros que, al parecer, fueron diseñados por una misma persona… y que en realidad son producidos por varias editoriales.
«La distinción se impone. Hay que “personalizar” las presentaciones. Es algo que algunas editoriales no acaban de comprender. Claro, hay otras que sí lo hacen bien: Ediciones Matanzas, por ejemplo, hace un trabajo maravilloso con la imagen de sus libros.

«Pero el libro es un objeto, y hay que hacerlo atractivo a ojos del lector. No tiene ningún sentido que un libro se quede en un estante, hay que lograr que deslumbre al lector, que sea seducido, que lo escoja, que se lo lleve a la casa…
«Las campañas que estamos haciendo desde hace algunos años apuestan por un decidido énfasis en la gráfica, de manera que la propuesta resulte atractiva a la mayor cantidad de gente».

—Vivimos tiempos de gran impacto de las nuevas tecnologías. Algunos (no es mi caso) incluso piensan que el libro impreso va a desaparecer. ¿Cómo se inserta Ediciones La luz en este nuevo panorama?

—Es un tema muy complejo. En esta editorial existe la voluntad por insertarse. Pero hay una realidad que se nos impone. Nos falta disponibilidad tecnológica para poder “montarnos” en esas nuevas plataformas. Por fortuna —y eso lo asumo desde algunos encuentros con editores norteamericanos en las Ferias del Libro, que sí están perfectamente al tanto del asunto— las estadísticas son mucho más alentadoras de lo que en algún momento pensamos. Hubo un momento de auge de los libros electrónicos, pero ya  estamos en un momento de meseta, que los hace equiparables con los libros tradicionales, los impresos.

«Cuba, que todavía no conoce plenamente la generosidad del libro digital, está quizás siendo tardíamente deslumbrada por ese panorama. Quizás cuando las aguas tomen su nivel (y eso creo que tardará un poco) nos daremos cuenta de que el libro de papel seguirá teniendo su espacio, que tendrá sus lectores, sus coleccionistas… y capacidad para seguir sumando nuevos adeptos.

«Ahora mismo estamos apostando por un proyecto llamado “Conéctate a la luz”, que tiempo como propósito socializar el libro a través de una plataforma digital, y también de nuestro blog (hospedado en CubaVa). La intención es crear una biblioteca virtual, de la que puedan ser descargados de forma gratuita libros y otros materiales, como películas y documentales».

—¿Cómo es la relación de la editorial con la industria del libro en Cuba? ¿Qué retos plantea?

—Los retos son muchos, las posibilidades muy pocas. La poligrafía cubana es muy limitada. Limitada por lo que le pueden ofrecer a los editores. Limitada por la velocidad en concretan esas propuestas. Por tanto, algunos de nuestros proyectos tristemente fracasan, al menos desde el punto de vista de la imagen.

«Es difícil negociar especificidades: determinado tipo de papel para una cubierta, por ejemplo. Puede que un año lo tengan en existencia, y al otro no. Puede que un año impriman con una tecnología, y al otro año con otra…
«A esa escasa “generosidad” de la industria poligráfica tenemos que sobreponernos todas las editoriales cubanas. Eso se traduce en dificultades para defender una identidad visual, se resiente la calidad de las impresiones. Y se percibe por momentos demasiada improvisación dentro de la misma industria.

«Eso le pasa factura al libro».

—Además de tu vida como editor, como director de una editorial, tienes una vida como escritor. ¿Cómo lo concilias?

—Yo a veces pienso que de las 24 horas del día la editorial me ocupa 25. Pero asumo el trabajo en la editorial como un proceso artístico, un trabajo creativo. Y a mí lo que me seduce es crear. Tengo mis momentos para escribir poesía. Y ya trabajando aquí he logrado publicar buena parte de mi obra, la editorial no me ha quitado ese tiempo.
«Cuando eres un artista, independientemente de las condiciones que se te impongan, siempre te vas a sobreponer.
«A mí me quita tanto el sueño pensar cómo va a quedar un libro de un joven escritor que esté publicando por primera vez aquí, que trabajar en la estructura que le voy a dar a un cuaderno de poemas».

—Es que asumes el libro ajeno como propio…

—Pues sí, de lo contrario se notaría. Por eso hay tanto libro feo por ahí. El editor es la otra cara de un libro. El autor escribe un libro y lo entrega a un editor. Si el editor no lo asume como suyo, ese libro saldrá a la calle “mal vestido”.
«Al final el libro nos trascenderá a todos: al escritor, al editor, al lector.

«Emily Dickinson lo dijo maravillosamente: “Esta es mi carta al mundo”. Cada libro es una carta al mundo. El escritor puede estar en su casa sentado, pero el libro siempre está viajando».

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