Ene 15

Manolito y la vida de las cosas muertas

Por: Camilo Noa

Para Fabián, un niño que todavía tiene cuentos
para dormir…

 

cubierta manolito   Las cosas muertas no son aquellas que por su naturaleza inanimada carecen de vida, como los juguetes o la comida. El cariño de la familia, la amistad, los juegos, son cosas muertas indispensables, así lo asegura Manolito, un niño que podría parecerse a cualquiera de mis primos del campo, o quizá a mí mismo porque me encantaba hacer travesuras en la estancia de mi abuela allá por las lomas de Guantánamo. Pero lo que más me gustaba (como a Manolito) era sentarme bajo el portal a pintar, bajo el guayacán a pintar, bajo la uva caleta en la playa a pintar. Más estoy casi seguro que Manolito a quien más ha de parecerse es a Karel Bofill, al niño que nació  en 1986 en la fría y desaparecida Checoslovaquia y que vino para Cuba a vivir su infancia lejos de la nieve. Karel tuvo que ser como Manolito porque no se puede escribir un libro así sin haberlo vivido antes. Y es que el mundo de este niño, contado en breves historias, se va conformando como si se tratase de un dibujo de una infancia feliz e inocente, cargada de fantasía, invenciones, de buenos amigos y de picardía, elementos de los cuales no carece ni debe carecer esta etapa de la vida. Un niño debe ser como el Manolito que describe Karel en las páginas de este libro, un pequeño lleno de energías y buenos sentimientos, los que pone en práctica en cada una de las historias. La inteligencia de este personaje está cargada de muchos matices perspicaces como cuando imagina el porqué las moscas son unos bichos desconfiados que salen volando al menor movimiento y es que según él “(…) un día, seguro estaban todas las moscas del mundo posadas haciendo una reunión del CDR y empezó un terremoto, pero ellas seguían ahí en su reunión. De pronto, seguro que la tierra se rajó y todas se fueron por el hueco sin poder salir. Entonces quedó una sola que les hizo el cuento a sus hijas moscas y sus hijas se lo contaron a sus hijas… Seguro que por eso las moscas son unos bichos tan desconfiados y cada vez que algo se mueve un poquito, se van echando”. Esta es la propuesta de Karel Bofill, un libro hecho de una imaginación que sólo puede ser encontrada en los niños cubanos, o mejor dicho, en los niños del campo cubano, todavía a salvo de Internet y de la PlayStation.

   Ediciones La Luz, avezada ya en la publicación de estas propuestas infantiles, pone en manos del público lector un libro realmente disfrutable, con el que ni siquiera importa la edad, puesto que “Manolito y las cosas muertas” es un libro para todos, aunque realmente me hubiese encantado tenerlo en las noches de mi infancia cuando mi madre, más agotada que yo, me leía un cuento.      

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