Nov 26

[DOSSIER] Fidel Castro: como una espada reluciente

Necesario preámbulo

 

Cubierta de Fidel Castro: Como una espada reluciente. Ediciones La Luz, 2016

Cubierta de Fidel Castro: Como una espada reluciente. Ediciones La Luz, 2016

Noventa años cumplió Fidel el pasado 13 de agosto. Ediciones La Luz presentó en Birán, ese mismo día, “Fidel Castro: Como una espada reluciente”, un homenaje de la Asociación Hermanos Saíz al líder Histórico de la Revolución Cubana. El libro, compendia más de un centenar de textos periodísticos elaborados a partir de sus visitas a la tierra holguinera, desde el mismo triunfo de enero.

El volumen compendia también una cronología de las visitas del Comandante en Jefe a Holguín, apéndice fotográfico y los principales discursos pronunciados por Fidel en tierra holguinera.

Ha asistido a los compiladores el empeño de buscar originalidad y frescura, para ofrecer homenaje afectuoso al líder, desde el respeto y la admiración; y entregar al lector textos originales, que profundizan en la personalidad de Fidel, sus orígenes y quehacer político, por constituir Holguín la patria chica de la familia Castro Ruz. También asistió el interés de juntar en el mismo volumen un compendio de información, de indudable valor documental, y dejar testimonio de la prensa holguinera durante más de seis décadas.

Hoy, que ya el Comandante no está físicamente, la filial holguinera de la Asociación Hermanos Saíz quiere compartir este pequeño dosier con todos los hombres de buena voluntad, que desde todas partes del mundo, se suman al duelo del pueblo cubano.

 

Ganada la vida

 

Por: Rubén Rodríguez González

¡ahora!, 14 de agosto de 1993

 

Confieso que esta es la tarea más difícil en mis años de profesión, porque es de los trabajos que parecen fáciles. Ripostaba un amigo: «¡Ah, compadre, cómo te va a costar escribir sobre el Comandante!». Y repito que sí, que cuesta, que es lo más difícil desde que hago periodismo, porque temo a los extremos, a no llegar o pasarme, porque sé de su tamaño.

Fidel frente a la cuna en la que durmió de pequeño, 15 de agosto de 1996

Fidel frente a la cuna en la que durmió de pequeño, 15 de agosto de 1996

Y heme aquí con el manojo de fotos inéditas (me han jurado que es así) que lo

muestran adolescente y bachiller, ora futbolista, boy scout o graduado. He vuelto sobre libros de historia y viejos discursos, fui a los más recientes, a sus tremendas pláticas con Frei Beto, Gianni Miná o Tomás Borge, para redescubrirlo y hallar siempre nuevas facetas de su personalidad. El conversador infatigable, el buen anfitrión, el polemista, el hombre de ideas, el político, el tío de memoria prodigiosa para las cifras, que en un dos por tres arguye o rebate una tesis.

Y el miedo está en repetirse, y también en no saber decir lo nuevo para dar una imagen completa del hombre, como en aquella memorable crónica garciamarqueana que nos lo muestra íntimamente humano en las pequeñas rutinas de la soledad y el recogimiento breve. No creo ahora en la soledad de su poder, porque a un hombre de pueblos —más que de pueblo— no le está permitida. Y me enorgullece y alegra no verlo en dimes y diretes, en escándalos de los que hacen noticia en otros lares.

Acá el sentimiento es diferente al de otros sitios donde el mando es impuesto o superfluo o, mejor, acá hay sentimiento. Pues por encima de las críticas del cubano, autoproclamada autoridad en asuntos profanos y divinos, el Pueblo lo sabe suyo. Un conocido médico me decía: «Aquí no pasa lo que en Europa, porque para los que nacimos con la Revolución, él es el padre, así que el problema no es político, sino filial». Y lo compruebas cuando conversas con la gente que le cree, que espera sus discursos, en que no hay subterfugios ni medias tintas y la verdad se dice con la crudeza de los tiempos que corren. Y aún así la gente confía cuando habla de alternativas, de posibilidades, de abrir otro agujero al cinto en lugar de hacerlo a la dignidad.

Esa es la gente que ha crecido con él, los que han encanecido a la par suyo, que lo recuerdan desde la barba negra de los primeros años y el sempiterno tabaco, dejado luego para encabezar una campaña nacional contra el tabaquismo, de la voz rajada por la emoción en aquellos discursos donde se decidía con la Plaza como asamblea el destino del país y las leyes revolucionarias, de los tres Congresos, en el último de los cuales llevaba ya las barbas patriarcales de hoy.

Esa gente que dice: «Coño, ¿viste qué decaído parecía?», y les preocupa su salud en serio como quien habla de un pariente cercano. La misma que se alegró de su vitalidad y el optimismo realista del último 26, que se regocija con las fuerzas que lo llevan de Río a la Paz, las de siempre.

No hay asunto que desmerezca su atención, por pequeño que parezca. Y eso lo reconocen incluso los que no lo quieren, los que dicen: «¿Quién ha visto un jefe de Estado ocupándose de la programación de televisión o clausurando la cosecha de papas?». Y es que él es así, preocupado hasta por las novelas para que la gente se distraiga o del pan de un pueblo demasiado suyo.

Múltiples nos lo traen las noticias. Pareciera que no descansa o realmente no lo hace, mientras despliega una increíble actividad. Apenas damos crédito y los reportes nos obligan a hacerlo, a saberlo en Bolivia, bien recibido en Colombia y regresar de pronto para recorrer, digamos, una cooperativa, desandar los hospitales de la neuritis, cómo anduvo La Habana inundada por la Tormenta del Siglo, agradecer la cristiana ayuda de los Pastores por la Paz, ofrecer una rueda de prensa o reunir al Parlamento para entrarles con la manga al hombro a las dificultades.

Entonces entiendo al amigo, estudiante de la Universidad de Oriente, no muy dado a extroversiones y en general poco impresionable, que por azar estuvo frente a él cuando visitaba ese centro y le estrechó la mano, mi amigo que no supo qué hacer y balbuceó algo ininteligible «porque ese hombre tiene algo, Rubén, algo tiene que tener ese hombre».

Ese hombre llegó ayer a 67 años de bien ganada obra de la vida.

 

Dignidad

Por: María Julia Guerra Ávila

Revista Serranía, No. 10, octubre-noviembre, 1996

Fidel habla por primera vez al pueblo holguinero, desde el balcón de La Periquera, 26 de febrero de 1959

Fidel habla por primera vez al pueblo holguinero, desde el balcón de La Periquera, 26 de febrero de 1959

Si me preguntaras que si lo amo, te diría: con todo el corazón; que si creo en él, te contestaría: con la certeza que inspira su sabiduría y obra; que si tengo fe en él, te gritaría: infinita, porque creo en el hombre hacedor de hombres, hacedor de pueblo, hacedor de ideales y sueños.

Creo que comencé a amarlo desde aquella calurosa tarde en mi pueblecito, Cueto, en que oí hablar con admiración y fuerza sobre él. Sí, sí, te cuento ahora.

Estaba en el portal de la casa jugando a los yaquis, con Lucy, mi vecinita. En la entrada del taller de mecánica y herrería contigua se estacionó una «sapa», no sé por qué le decían así a aquella especie de camioneta. El hombre que la manejaba bajó y vino hasta casi la ventana del frente de mi casa y llamó: «Isleño…». Mi madre, sin moverse del sillón en que mecía a mi pequeña hermana, respondió con otra llamada: «Juanito, Mongo te busca».

El pichón de isleño, flaco y encorvado, que era mi padre, se asomó a la ventana abrochándose la camisa: «Dime, ¿qué hay?», fue el saludo. Mongo se acercó y dijo: «Vine a verte por una madera que me hace falta para unas barandas de carreta». «Mañana lo podemos ver. Si Bernardo no tiene se trae de Mayarí…». Sin dar tiempo a más preguntó:«¿Es verdad que es Fidel el que atacó el Moncada?». Con una fuerza inaudita salió como afirmación: «Él tiene cojones para eso. Hay que acabar…». No pude oír más, mi padre se percató de mi cercanía y autoritario dijo: «Vayan a jugar a otro lado». Y Lucy y yo fuimos a montar en las carretas de Mongo, que se arreglaban en el patio del taller de los Ajo.

¿Quién era Fidel? Desde la altura de mis once años no podía entender mucho, pero tenía claro que era alguien importante, como un héroe, por cómo se hablaba en mi casa de él.

En un periódico que trajo mi padre a la casa estaba él, y detrás un retrato de Martí. Decían que estaba preso. ¡Qué bello es! Lo recorté y guardé dentro de un cuaderno en que intentaba escribir poesía.

No era el héroe que veía en la matiné del teatro Carrillo ni el que veía en los muñequitos; era mi héroe, que había nacido muy cerca de mi casa, en Birán. Aquel cuaderno, con el recorte del periódico, con su fotografía, era mi mayor secreto y tesoro.

Es imposible saber el tiempo que pasó. Se seguía hablando: que si el juicio, que si la condena… Y yo escondiendo mi tesoro. Hasta un día: «Mamá, mira lo que trae Julia dentro de la libreta: la foto de un hombre». Como si la hubiera picado una avispa chilló: «A ver, dame acá». Casi me arrancó de las manos el cuaderno, lo hojeó y encontró el recorte: «¡Mira quién es! No sabes que con eso puedes comprometer a tu papá». Juro que no podía entender y comencé a insultar a mi hermano: «¡Mariquita, me la vas a pagar…!». Se formó la bronca y me pegaron, no por el hombre que traía en mi cuaderno, sino por los improperios que le dije a mi hermano, por haberme roto un sueño.

Te confieso, sin pena alguna, que en la Catedral Metodista de Holguín rogué a Dios por otro dios, no mitológico, sino de carne y hueso que como un Marte peleaba en la Sierra Maestra para redimir a los pobres de la tierra, siguiendo al Apóstol Martí.

Un día bajó triunfante y fui a verlo pasar. «Es comunista». No importa, comunista, comunión y comunidad significan lo mismo: vivir unidos bajo un mismo ideal, bajo una misma fe. Y comencé a creer en el hombre como él cree, a seguir el camino que trazó para dignificar al hombre.

Te confieso, sin rubor alguno, que hasta hoy no me he arrepentido de seguir y adorar al Dios de la Dignidad; hasta hoy no he abjurado la fe en el comunismo, la comunión y la comunidad; que hasta hoy sigo queriendo tener un retrato de él, como me lo prometió el viejo Salas, como se lo pedí a Pablo o siquiera una foto pequeñita como aquella estampita del Cristo de Lippi que me regalaron en la iglesia católica de Cueto, para traerla en mi devocionario: mi cuaderno de notas.

 

Luz de aurora*

 

Por: Nicolás de la Peña Rubio

¡ahora!, 16 de agosto de 2003

 

Apenas se produjo el desembarco del Granma el gobierno de Batista puso gran empeño en hacer creer a la opinión pública, que ni Fidel ni Raúl habían venido al frente de los expedicionarios, y cuando ya no pudo ocultar por más tiempo la presencia del jefe rebelde en el teatro de operaciones, echó a rodar la bola de su muerte en combate, y aseguraba que su cadáver sería trasladado a La Habana para exhibirlo públicamente. Se trataba de una artimaña fraguada para desalentar a sus seguidores y simpatizantes.

Después de la sorpresa de Alegría de Pío, que ocasionó sensibles bajas a los expedicionarios del Granma y provocó la dispersión del grupo, un manto de silencio cubrió el desarrollo de las operaciones militares en la Sierra Maestra; al extremo de que en la página 68 de la revista Bohemia del 30 de diciembre de 1956, al referirse a Fidel decía: «Su suerte, muerto en comba-te o refugiado en la Sierra Maestra, constituye una incógnita». En tanto, el ejército de la dictadura asesinaba a cuanto revolucionario caía en sus manos, y los libelos «Tiempo en Cuba», de Masferrer; «¡Ataja!», de Alberto Salas Amaro; y Otto Meruelos y Luis Manuel Martínez, en los espacios que tenían por la radio y la televisión como contumaces voceros de la dictadura ratificaban el infundio. Por lo reiterado de la noticia, la certeza era posible y, sin embargo, pese a la propaganda desplegada, no resultaba creíble para las masas populares.

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y el comandante Delio Gómez Ochoa, al centro, en el Instituto Tecnológico Calixto García, cuartel del Ejército Rebelde en Holguín, 3 de enero de 1959

El Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz y el comandante Delio Gómez Ochoa, al centro, en el Instituto Tecnológico Calixto García, cuartel del Ejército Rebelde en Holguín, 3 de enero de 1959

Apresados todos en las mallas de la incertidumbre, negados a aceptar la información gubernamental, la Dirección del periódico Norte apeló al dinamismo y seriedad de su corresponsal en Manzanillo, Adalberto Infante y, desde el primer momento, se apoyó en el periodista santiaguero Pedro Wilson para obtener noticias frescas sobre los sucesos que se producían, y luego como Enviado Especial mandó al periodista de su Redacción nombrado Gelpi de Castro, hasta donde pudiera llegar… Se trataba de desentrañar la verdad, que tal vez se filtrara por alguna fisura del aparato militar desplegado en el área de operaciones.

El día del desembarco, el dictador Batista había declarado, como para restarle importancia a los hechos, que solo sus-pendería las garantías constitucionales si era necesario en algunos lugares donde se requiriese.

La Redacción del periódico Norte, desde el Director hasta el último de sus empleados, especulaba sobre la posible muerte de Fidel.

En tanto, los días transcurrían lentos, pesados, angustiosos. ¿Qué habrá pasado en realidad? ¿Qué pasará ahora? Eran las preguntas que esperaban respuesta inmediata de la Sierra Maestra.

Y al fin comenzaron a llegar algunos rumores y conjeturas sobre movimientos de tropas y otros hechos, los que permitieron dudar de la certeza de la afirmación acerca de la muerte de Fidel. ¡Algo no estaba claro! Era necesario seguir atando cabos…

Pasados unos días, el Director de Norte tomó la decisión de enviarme a Birán para intentar conocer la opinión de la familia Castro Ruz sobre lo que ocurría en la Sierra, y que permitiera descubrir la verdad, o al menos algún vestigio de ella, en cuanto al destino de Fidel. ¿Estaría dispuesta la madre a hacer un llamado público a todas las madres de Cuba: clamar por la concordia nacional y por la vida de sus hijos perseguidos y asesinados en montes y ciudades?

Nunca había tenido relaciones con la familia Castro Ruz ni siquiera conocía «de vista» a alguno de sus miembros, pero acepté la difícil encomienda. Me asignaron al fotógrafo Armandito Rodríguez y un auto; me dieron instrucciones precisas, y en la mañana del 13 de diciembre de 1956 salimos rumbo a Marcané, donde debía localizar a Ramón Castro para que nos condujera a Birán a fin de lograr el encuentro con la angustiada madre.

Durante el trayecto analizaba la misión que sabía no fácil y sí peligrosa. Estaba dispuesto a cumplirla siempre que no se convirtiera en un instrumento para explotar un trabajo sensacionalista y vender periódicos a costa del dolor y la aflicción de una madre; aunque sabía que la Dirección del periódico no utilizaba esos procedimientos.

En Marcané no fue difícil localizar la casa de Ramón, cuya dirección busqué en la farmacia del doctor Castellanos, al que me unía la masonería; y, además, era el padre de «Bilito» Castellanos con quien había coincidido en las filas del ajefismo, asociación de jóvenes patrocinada por la masonería, el que se había personado en la Causa 37 como defensor de los jóvenes asaltantes al cuartel Moncada.

Ramón me acogió amablemente, pero al conocer el motivo de mi visita me aseguró que su mamá no accedería a la pretendida entrevista. Le insistí, le pedí su ayuda para que me facilitara llegar hasta Birán. «Por mi parte no hay problema, yo los llevo, pero van a perder su tiempo», me dijo. Y nos pusimos en camino.

En Birán aguardamos en la sala de la casona familiar. De su pared central colgaba un gran retrato de Fidel cuya copia había visto publicada recientemente en la revista Bohemia. Ramón se había adelantado para saludar a la familia e imponer a su mamá de nuestra presencia y propósito. Al cabo de unos minutos regresó y nos pidió que pasáramos a una habitación contigua. Las paredes de la casa, toda de madera, eran «medianeras» —no llegaban al techo—, por lo que sin mayor esfuerzo podía escucharse la voz de una habitación a otra. Y el diálogo se inició de esa forma. Pasados unos instantes, desde la habitación aledaña, una voz femenina, de tono seco y firme preguntaba: «¿Y usted qué quiere, periodista?». Rápidamente contesté: «Si me lo permite, deseo conversar con usted unos minutos».

—¿Y de qué quiere hablar conmigo?

—De usted, de su familia, de sus hijos, de la situación que atraviesa el país y de los rumores que corren…

—Yo no quiero hablar con nadie de esas cosas… ¿En qué periódico trabaja usted?

—En el Norte, de Holguín…

—¿Y qué va hacer con lo que yo diga?

—Si usted me lo permite, pues publicarlo.

—¿Y cuánto me va cobrar por eso?

—¿Cobrarle? ¡Nada…! Tanto el periódico como yo personal-mente le quedaríamos muy agradecidos.

Luego supe que, en ocasiones, algunos titulados «periodistas», aprovechándose de las circunstancias, habían visitado a esta familia, especialmente a Ramón y a Lina para «entrevistarlos», pidiéndoles luego considerables sumas de dinero «para comprar papel para la tirada del periódico», ¡y no volvieron a saber de ellos!

Hubo un silencio que se extendió no sé por cuántos segundos, y finalmente apareció en la puerta de la habitación una mujer vestida completamente de negro, con una mantilla o velo también de ese color, sobre la cabeza, un semblante que quería ser duro, pero en el que se notaba el dolor, la ansiedad y la incertidumbre que la embargaban. Los ojos, enrojecidos por la vigilia de largas noches sin sueño. Me puse de pie instantáneamente.

Aquel luctuoso atuendo le hacía parecer con más edad de la que en realidad debía tener.

Ella avanzó hacia un viejo balance, de los llamados comadritas, que estaba frente a mí y se sentó. Ramón hizo la presentación formal, y cuando ella se percató de la presencia del fotógrafo dijo tajante:

—No quiero que me retraten. ¡Yo no quiero fotos!

—Despreocúpese —le dije—. Si usted no quiere fotos no las habrá, y si no quiere que se publique nada de lo que conversemos, no se publicará. ¡Se lo prometo!

La entristecida madre no parecía creer en mis palabras. Le expliqué más detalladamente el motivo de mi visita, de los rumores echados a rodar por el gobierno en relación con la suerte que habían corrido sus hijos Fidel y Raúl, y la del resto de sus compañeros; y también sobre un artículo firmado por Luis Conte Agüero, publicado en esos días en la revista Bohemia, en el que hacía un llamamiento a Fidel para que depusiera las armas y junto a sus seguidores se sumara a las gestiones de paz que se hacían para salvar a la República de la guerra civil… Pero no llegué a terminar la idea que intentaba expresar, pues de una habitación contigua una voz enérgica me interrumpió diciendo que Conte Agüero no era hombre, que era esto y lo otro…, que él no tenía valor de subir a la Sierra y personalmente, cara a cara, hacerle esas proposiciones a Fidel, etcétera.

Sorprendido, miré a Ramón, y este me explicó:

—Es mi hermana Angelita.

Al escuchar aquellas palabras, yo me dije:

—Aquí, hasta las mujeres son bravas.

El ambiente se puso ligeramente tenso. Reanudé mi conversación con Lina, que con el rostro compungido miraba hacia el piso…

—¿Estaría usted dispuesta a pedirles a sus hijos que bajaran de la Sierra? —Pregunté.

—¿Para que los asesinen? —Respondió rápida, y agregó: Como madre sufro esta situación. Pero jamás les pediría que hicieran tal cosa. Ellos han escogido ese camino… ¡Los dos son hombres enteros que luchan por la libertad de Cuba!

Automáticamente recordé a Mariana, cuando en momentos cruciales se dirigió al menor de sus hijos: «¡Y tú, empínate!». Y a Lucía Íñiguez: «¡Ese sí es mi hijo Calixto!». Y volví a mis preguntas:

—¿Estaría usted de acuerdo en dirigir un llamamiento a las madres cubanas para que demanden garantías para la vida de sus hijos…?

—¡Claro que sí! —respondió—. Pero esta situación que vivimos la ha provocado Batista y su camarilla con el golpe de Estado del 10 de marzo, con sus robos, sus crímenes y atropellos!

El momento era difícil. La madre no quería perder a sus hijos en la vorágine de la guerra; ella conocía el parecer y el sentir de ambos… Sabía que no se hundirían en el bochorno de la claudicación. En cuanto al destino de ellos era evidente que desconocía la suerte que habían corrido. El ambiente que allí existía era de incertidumbre y tristeza. Así lo noté en sus rostros.

Yo sabía que se gestaba en la redacción de Norte la sensacional noticia: «¡No ha muerto Fidel Castro!».

Y me atreví a comentar que nadie creía que Fidel estuviera muerto, prometiéndole que

Fidel rinde tributo a sus padres, don Ángel y doña Lina, y la abuela Dominga que descansan en el panteón cercano a la casa en Birán, 15 de agosto de 1996

Fidel rinde tributo a sus padres, don Ángel y doña Lina, y la abuela Dominga que descansan en el panteón cercano a la casa en Birán, 15 de agosto de 1996

si algo llegáramos a saber sobre el particular le llevaríamos la noticia. Promesa que, llegado el momento, cumplí.

Miré fijamente a Lina y pensé en mi madre. Si la vida la hubiera situado en tales circunstancias no me hubiera gustado que alguien la asediara con preguntas y más preguntas en tan duros momentos. Y llevábamos conversando más de media hora y había tomado mis notas. Entonces le dije:

—Ya ve usted, hemos conversado bastante. Ahora dígame: ¿Me permite publicar esta conversación? No me conteste toda-vía, pues le voy a leer lo que he escrito. Leí las notas y ella estuvo de acuerdo. Entonces me atreví a decirle:

—Bueno, señora, y ya que nos conocemos mejor, ¿usted permite que el fotógrafo la retrate?, recuerde que antes le dije que eso lo decidiría usted…

—¿Y para qué quiere usted un retrato mío…?

—Para publicarlo en el periódico con sus palabras. Eso le daría más fuerza a la entrevista.

—Bueno, está bien —respondió algo inquieta, aunque no parecía muy convencida. Y agregó: ¡Pero una sola!

—Como usted diga —respondí. Y dirigiéndome a Armandito le pedí que la retratara. Él disparó dos o tres veces del flash y ella protestó:

—¿Por qué tantas? ¡Le dije que una…!

—Es por si la cámara falla —le contesté.

Al despedirme le di las gracias y prometí mandarle varios periódicos con la entrevista publicada; le reiteré que nada tendría que pagar. Ramón nos llevó de regreso, y durante el camino me dijo que no comprendía cómo yo había podido convencer a Lina para entrevistarla.

—Mi madre siempre ha sido una mujer de carácter fuerte, y verla así, abatida, nos hace sentir muy mal a todos —comentó. Y agregó: Por dentro debe estar destruida.

Así comenzó una larga y sincera amistad. A partir de entonces fui con frecuencia a Marcané y en varias ocasiones coincidí con Lina en casa de Ramón, y conversamos amistosamente. Siempre hablaba de sus hijos.

Tras aquel rostro enérgico había un alma bella y comunicativa. Ya se vislumbraba la proximidad de la victoria. Una tarde almorzábamos juntos en la casa de Ramón. Ella tenía el semblante radiante. No era la misma mujer que había conocido tiempos atrás, en momentos duros.

Me contó que había visitado a Raúl en la Comandancia de Calabaza de Sagua, que lo sentó en sus piernas como cuando era niño; y todo lo decía con tal expresión de alegría que contagiaba. Aquella tarde fue más locuaz que de costumbre. Habló de su vida en el campo, ¡cuánto le gustaba recorrer a caballo por la guardarraya de los cañaverales! Me dijo que una vez estaba en estado de gestación y contrariando la observación de su esposo montó un brioso caballo para «probarlo» en su acostumbrado recorrido, y este de inmediato la tiró de la silla. Y mientras hablaba reía a carcajadas cuando hacía la anécdota, como un niño ríe de sus travesuras. Y continuó:

—¿Sabe usted a quién tenía en ese momento dentro del vientre?

Yo no podía imaginarlo, y me quedé perplejo. Pero ella rápidamente despejó la incógnita:

—¡A Fidel! —dijo—. ¡Y no aborté! ¡Por eso dije entonces que si aquella criatura se había salvado cuando el caballo me tiró era porque iba a ser algo grande en la vida! ¡Y mire usted…!

 

 

* Esta entrevista se publicó en la primera página del periódico Norte con la foto de Lina Ruz, sentada, de cuerpo entero, el día 17 de diciembre de 1956, y luego, el 21, el comentarista José Pardo Llada se refirió a ella por la emisora Unión Radio en su noticiero «La Palabra», que se trasmitía a la una de la tarde. Después, el autor la reelaboró para la edición del periódico ¡ahora! del 16 de agosto de 2003. (N. de los C.).

 

 

Comandante, ¡Hasta la victoria siempre!

 

Por: Rodobaldo Martínez Pérez

¡ahora!, 5 de agosto de 2006

 

 Con esa exclamación de combate y optimismo se despidió de los holguineros este 26 de Julio, y con esa misma decisión continuamos en su Patria chica para seguir siempre adelante, como única forma de esperar porque se restablezca rápido.

Tenemos el sollozo atragantado. Es que nunca, ni jugando, imaginamos que le pase algo malo a Fidel.

Vivimos momentos de dolor, pero aún en los peores instantes, como nos ha enseñado nuestro Comandante, somos optimistas y confiamos que recuperará su salud.

Ahora, más que nunca, apostamos por la victoria. Hay que luchar y trabajar día y noche para consolidar todos sus sueños, en las tareas que cada uno tiene.

Estaremos más alertas que nunca frente al Imperio y sus lacayos. Sus alardes y mezquinas aspiraciones trasnochadas jamás ganarán terreno en esta Cuba de Martí y Fidel.

Cada holguinero, desde su trinchera de combate, debe asestarle golpe demoledor al enemigo en cualquier campo.

Fidel no nos permitiría que perdamos tiempo en el avance de la Batalla de Ideas, en la Revolución Energética, en los planes específicos relacionados con la educación y la salud que tanto lo enorgullecen. Vimos su satisfacción cuando lo explicó aquí a jóvenes venezolanos, quienes se prepararon como Trabajadores Sociales, y a los bolivianos alojados en casas de familias holguineras.

Fidel enfermo, cuesta trabajo a los cubanos entenderlo. Desde el Moncada siempre su lugar ha sido el de mayor peligro, sin importarle perder la vida. Pero es un ser humano, él mismo lo había explicado varias veces, con su fe infinita en que la Revolución seguirá indetenible.

Seguro de que será un reposo para el guerrillero invicto, para seguir con más ímpetu la marcha de verdad, belleza y justicia que tanto asombra al mundo.

Y mientras tanto Holguín seguirá adelante, dándole orgullo por la obra que edifica cotidianamente, con el afán de tener la sede del 26 de Julio en el aniversario 54 del Moncada.

Aquí, donde tanto se conoce a Raúl, el respaldo es absoluto a la Proclama del Comandante en Jefe al pueblo de Cuba.

Hoy, más que nunca, el Partido y el Gobierno en la provincia cohesionan sus mecanismos para con distinción desempeñar su papel en el actual momento de la Patria.

Comandante: desde su Patria chica, ¡Hasta la victoria siempre!

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