May 14

Gastón Baquero o la decisión de ensayar

Por: Daniel Céspedes

 Decir lo que se ve es fácil. Lo difícil es fantasear, inventar, poetizar para que pongamos, allí donde en realidad no hay nada, un pequeño mundo de ilusión y de mentira.                                          Gastón Baquero

baquero_el_pecho_del_astroTiene el ensayo como la luz la disposición de sorprender en determinados instantes, acaso uno, pero prolongado, terco, casi religioso. Mas la sorpresa del ensayo (la de la luz también) no deriva solo de un llamado privilegio estético unilateral o de una ganancia autónoma y pedantesca, sino de una generosidad mutua y consciente entre lo iluminado o —tal vez fuera más oportuno decir ilustrado—, y quien gusta avivar el pensamiento ante lo tenido como habitual, diario, evidente. Eternizar lo perecedero es el verdadero propósito del ensayo, recuerda Theodor W. Adorno, así se adentre en el misterio y la belleza de un conjunto o de un detalle. Ahora, el ensayo, auroral como cierta luz, no se conforma con ser mediación calificadora y genérica. Obedece desde su génesis evolutiva e histórica a una forma tanteada, probatoria y, por tanto personal, espontánea, caprichosa pero analítica. Resulta una subjetivad individual, aunque enmarcada en una manera clasificable y comprendida universalmente dentro de una categoría. A diferencia de la luz, que se expande y simula perderse en cuanto revela, el ensayo no duda en acusar su forma, la cual, al fin y al cabo, viene siendo su complementaria función.

¿Y es el ensayo expresión primero por forma y después por contenido, o viceversa? Comprometida decisión la de priorizar un acto creativo que, de antemano o sobre la marcha, ha privilegiado uno(s) tema(s) que no pueden abordarse sino desde lo ensayístico. Esos temas que, como la entrada y siembra por vez primera de las rosas en el Nuevo Mundo, no se pierdan en una escritura que pudiera ostentar más belleza que la propia flor del rosal y desatiende quizás el pormenor, en apariencia baladí, por ejemplo del primer botón abierto en América. Ese es el mayor peligro a que se enfrenta el escritor de ensayos, sobre todo del ensayista reconocido mucho antes como poeta y pretenda desatender los referentes en virtud de adornar sus significantes.

Para quienes se acerquen a Una señal menuda sobre el pecho del astro (Ediciones La Luz, 2014), compendio abarcador de la prosa ensayística de Gastón Baquero (1914-1997), testificará no solo por qué un poeta decide ensayar, sino qué lo motiva hacerlo. Tal vez nada nuevo bajo el sol en cuanto al propósito, mas en lo tocante al contenido…

A veces es el acontecimiento perdido en la Historia grande y el ensayista se pregunta cuándo aconteció y cómo. Por ello investiga para luego escribir; no obstante, oculta el conato de la misma indagación, de tal forma que lo reencontrado se muestra como una conquista privativa y privada de la que —por qué no— se hace gala diciéndola, pero no con cualquier decir. En «América, contrapunto de rosas y de piedras», Baquero queda establecido como maestro de culto en el agarre inicial al emprender el texto informativa y descriptivamente, cual leyenda que merece relatarse:

 Sesenta años de descubierta tenía América cuando en suelo suyo brotó la primera rosa. Fue la pupila encentadora de Víctor de la Serna —¡qué modelo de literatura periodística su prosa, y de periodismo literario su manera de aprovechar el pasado, la noticia de anteayer, para explicarse el presente, la noticia de última hora!—; fue su pupila, el camino por donde aprendieron o recordaron los seres hispánicos de este siglo la epopeya estética, la silenciosa hazaña que hizo posible corregir donosamente un grave olvido de la Naturaleza: en América no había rosas.[1]

 En el apartado «Esencialidad de la poesía», no puede dejar de leerse «La poesía como problema» pues se aborda de qué va ella para el escritor cubano, como sensibilidad solitaria y solidaria porque, al decir de Fernando Savater, es con la soledad de fondo de cada hombre con la que el poeta se solidariza. Mas ya que se alude ahora a la manera de Baquero de introducir un tema, es representativo aquí recordar cómo decide acometerlo en «La poesía de cada tiempo», desde lo musical o sonoro en la creación poética, incluso de cualquier manifestación. Insistamos en el inicio del texto:

 Me gusta pensar en las sucesivas etapas de la Historia como en la incesante construcción de una sinfonía. Cada siglo, cada período, cada civilización, cada estilo, nos da un «movimiento», breve o extenso, pálido o brillante, jocundo o elegíaco, pero maravillosamente entramado en la arquitectura de la gran sinfonía total. Es la armonía de la Creación, la música no solo de las esferas, sino de las colectividades humanas, de sus pericias y afanes, de sus guerras y de sus fiestas, de sus llantos y de sus alegrías.[2]

 Y volviendo a los textos de asuntos americanos, en especial, los de la conquista y colonización, agrupados en «Fundación y Palabra», resalta de «En un lugar de América, el 11 de octubre de 1942» la particular visión de Baquero, interpretativa y plástica, cuando recorre los acontecimientos de aquel entonces, muy en sintonía —aunque  el cubano no lo declara abierta ni subrepticiamente— con el bello libro de Octavio Paz El laberinto de la soledad, cuya primera reimpresión data de 1963, el mismo año que se escribió el ensayo de marras del autor de Una señal menuda… Sin embargo, mientras Paz aborda, además, la retirada y abandono de los dioses nativos, Baquero alude y detalla toda una crisis generacional por cuenta de una falta de comunicación y de una incredulidad de los más jóvenes porque «las gastadas prácticas (…) habían conducido a la rutina y al anquilosamiento de los dioses».[3] Aunque si establecemos una comparación más estricta entre ambos escritos se aprecia más de una convergencia entre la postura de los dos intelectuales, cual si una se integrara a la otra. Si primero asentáramos el criterio del cubano, pudiera leerse lo siguiente:

 América, en suma, hallábase madura para la nueva vida del cristianismo, pues la crisis de sus religiones era profunda. Como hallábase Europa madura para el Descubrimiento, pues resultábale asfixiante ya la capacidad territorial en que se movía, y asfixiante el cerco de sus enemigos. Europa estaba acorralada, geográfica, económica y militarmente. Había hecho crisis la religiosidad medieval, y en los grandes centros de cultura se volvían los ojos hacia otras épocas. El Descubrimiento de América fue el encuentro de dos grandes crisis: una de crecimiento, la europea, y otra de decadencia, la americana. Las dos ramas se necesitaban recíprocamente. Y los dos mundos, gracias a ese encuentro, superaron sus crisis, y hallaron nueva materia prima para seguir tejiendo el tapiz de la historia.[4]

Por su parte, Octavio Paz declara:

En resumen, se contemple la Conquista desde la perspectiva indígena o desde la española, este acontecimiento es expresión de una voluntad unitaria. A pesar de las contradicciones que la constituyen, la Conquista es un hecho histórico destinado a crear una unidad de la pluralidad cultural y política precortesiana. Frente a la variedad de razas, lenguas, tendencias y Estados del mundo prehispánico, los españoles postulan un solo idioma, una sola fe, un solo Señor. Si México nace en el siglo XVI, hay que convenir que es hijo de una doble violencia imperial y unitaria: la de los aztecas y la de los españoles.[5]

 «Fundación y Palabra», un acápite bellamente titulado y variadísimo como los otros cinco, destaca, asimismo, por el atrevimiento de sus planteamientos; eso sí, siempre sustentados en un saber envidiable, argumentado y justo, muy justo, volcado hacia un balance informativo y valorativo, pero antes razonado acerca de figuras latinoamericanas, admiradas cautelosamente por Gastón Baquero. Dijo cuanto sentía de escritores ya consagrados como Rubén Darío, Gabriela Mistral, César Vallejo, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Horacio Quiroga, Vicente Huidobro, Porfirio Barba Jacob… Uno de los primeros en vaticinar los méritos como novelista de Gabriel García Márquez; uno de los primeros en discernir lo mejor y lo pasajero del autor de Azul en «Lo perdurable y lo efímero en la obra de Rubén Darío», y su «Evocación de Bolívar» no tiene ningún desperdicio.

En el apartado «Forma sui géneris de esperanza», donde repasa temas y asuntos cubanos desde la colonia hasta escritores del Grupo Orígenes y otros contemporáneos del mismo, sigo celebrando «Conocimiento del monte: la raíz y la cumbre de la isla», texto sobre Lydia Cabrera y su obra cumbre. Aunque se me antoja traer a colación «Entrada al otoño y un recuerdo de Casal», por cuanto dicho texto concede una ocasión pertinente si el lector gusta detenerse y reparar en uno de los cómos ensayísticos de Gastón Baquero. En una atendida e interiorizada lectura uno advierte la demora en el que pudiera considerarse el asunto esencial: Julián del Casal como figura singular y lo que acaso pudiera ser un estudio sobre la vida y la obra del vate cubano. Pero la demora es aparente porque otra es la intención del ensayista. Lo que algunos se atreverían a achacar como circunloquio elegante aunque superfluo, no es más que el tratamiento de un primer tema de alcance universal, pero que Baquero particulariza aterrizándolo donde le corresponde: la cultura cubana. La estación del otoño, cuya entrada misma, al mismo tiempo que la escritural, tiene su tono o su espíritu hasta que nombra a Casal. Así que Baquero, con plena conciencia, yuxtapone un momento a otro y el lector atento se atreverá a admitir que si invirtiera el título, en virtud de la conjunción copulativa, el orden de la sonoridad en «Entrada al otoño y un recuerdo de Casal» mantendría parecido alcance y significación. Mas, como hay necesidad de insistir en el hombre Casal, Baquero opta atinadamente, primero, por generalizar y conceptualizar para luego precisar, y así confirma que en el principio estaba la naturaleza y su conjunto armónico donde figuraban las estaciones y después vino el hombre o como diría Baquero: el momento Casal.

Por otra parte, sus páginas dedicadas a José Martí en la sección «El misterio mayor» poseen una fuerza expositiva, interpretativa y de valoración que dan oportunamente para un cuaderno exquisito con miras a resaltar para todo cubano novicio y hasta enterado, sin exageraciones de ningún orden, quién fue y aún es el héroe, escritor y hombre Martí. Resalto el vigente fragmento de «Aproximación y lejanía», escrito por Baquero cuando contaba 33 años: «Constituye verdadera beocia pretender que todas y cada una de las palabras de Martí sean aceptadas como un Evangelio. Hay una enorme cerrazón, una verdadera prueba de barbarie en la pretensión de que veamos a Martí, en todo Martí, una ley inviolable».[6]

Hoy justamente abundan cuantiosas aproximaciones y análisis de la obra martiana. Se ha corroborado que Martí continúa siendo el misterio mayor. Disperso en un montículo razonado tan heterogéneo como su discurso mismo. Conviene estudiarlo poco a poco y por materia, mas será condenable siempre sacarle lo que nunca poseyó. Y si bien José Martí tuvo razón en mucho de cuanto escribió, no todo funciona a la luz de estos tiempos. Léase «Aproximación y lejanía» y circúlese este texto de un indiscutible martiano como lo es, sin duda, el autor de Una señal menuda sobre el pecho del astro.

«Ensimismamiento y huella», cuarta unidad temática del libro, representa la oportunidad de reconsiderar a esos enormes escritores e intelectuales todos de la llamada Generación del 98, ya muy poco leída y tan influyente en la formación cultural de la América hispánica gracias a los ensayos de prosa elegante y profunda del señor José Ortega y Gasset y el verso prestigioso de Juan Ramón Jiménez, por mencionar a dos destellos perennes. ¿Qué decir de los del 27, cuyas presencias fueron ineludibles en la Cuba republicana como la Luis Cernuda, por ejemplo? Ese ensayo sobre Luis Cernuda, que en su origen fue una conferencia, es de un reparo biográfico y honradez exegética sin par hacia la obra del poeta sevillano. Lo que corrobora que el verbo de Gastón Baquero, sin renunciar a la naturalidad y la prestancia, no necesitó nunca pavonearse en un lenguaje embrollado a fin de expresarse magistralmente. Bien lo reconoce el especialista Remigio Ricardo Pavón en su lúcido e inmejorable prólogo «Gastón Baquero, el ensayo como acto de comunicación estética», al decir que,

 (…) lo que podemos llamar el estilo personal de su prosa discursiva (la de Baquero), no solo sostiene las cualidades y las virtudes del ensayista brillante, sino que se permite manejar el tono de lo espontáneo con la maestría del conversador afable que flexibiliza expresiones, acepta el azar o toma otro camino (¿será el «equívoco fecundo» del que habló Alfonso Reyes?), mas se sabe involucrado en una suerte de búsqueda.[7]

Es el ensayo travesía espoleada por la voluntad y lo inesperado, por cuanto de energía consciente reclama el autor del lector, muy a pesar de eso que se imagina esté último  encontrar y todo lo que no está al alcance esperar. Género de viaje en esas sus ideas allegadas en la superficie y en el fondo, las cuales solo se le dan al peregrino que comprende de antemano el viaje intrínseco, primero de la forma y, luego, de los significados promovidos por la feliz cofradía de las palabras. Una declarada complejidad de múltiples sentidos que varían según el horizonte de saber de quien los interpreta. Allí, donde el curioso (¿Qué fuera del saber sin la curiosidad?) va en búsqueda de otro viaje en constante prolongación, continúa el ensayo inconforme en consonancia con su animoso descifrador.

No obstante, cuánta magnificencia el de algunos hallazgos por haberse sabidos, en primera instancia, buscados. Hallazgos independientes de nombres y reconocimientos ya avalados. Pues parecen erigirse únicos y penetrantes, como naciendo por vez primera desde sus resonancias ideoestéticas. ¿Caminos recorridos? Siempre mundos por descubrir. Así Gastón Baquero, ese astro de las letras en esta plural expresión de su prosa literaria, señal irónicamente menuda, que a partir de su pecho, lo proyecta no sin antes ampararlo. ¡Qué sensibilidad iluminada, aún iluminando!   

    

Notas


[1] Una señal menuda sobre el pecho del astro. Ensayos de Gastón Baquero. Ediciones La Luz, selección, prólogo y cronología de Remigio Ricardo Pavón, Holguín, Cuba, 2014, p. 210.
[2] Ibídem, p. 494.
[3] Ibídem, p. 207.
[4] Ibídem, p. 204.
[5] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica. México, 1980, p. 90.
[6] Gastón Baquero, ob.cit, p. 43.
[7] Ibídem, p. 22.
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