Abr 20

Purple Traffic: Las maravillas pequeñas en Emily Dickinson

Por: Erian Peña Pupo

 

Nadie imaginó que aquella mujer solterona, puritana, silenciosa y seca como una rama que no recibe savia en su tronco, se convertiría en uno de los pilares fundamentales de la literatura norteamericana. Nadie imaginó que esa mujer caprichosa y llena de rarezas, que observaba asombrada el mundo, a través del cristal de la ventana de su habitación de Amherst, Massachusetts, o entre los sembrados de una huerta reverdecida, sería junto a Poe, Emerson y Whitman, núcleo fundacional del corpus lírico estadounidense del siglo XIX. Nadie, mucho menos ella, podría entonces imaginar tan destino; pues el cielo es diferente a como lo conjeturamos (IV, Rouge Gagne).

Emily Dickinson vivió en el anonimato poético, una especie de antropofagia creativa donde el poeta se alimenta en lo oscuro de sus miedos, sus paciones, sus sueños; y en ese lento devorar, se va matando así mismo, entre la timidez y el sobresalto, lenta e irremediablemente junto al paso de los días… Pues no hay persona más masoquista que un poeta: nadie teme más a la muerte y a la soledad que el creador de versos, y quizá por ello, por ese miedo a encontrar la muerte o el dolor, insiste en buscarlos; aunque Emily, en su carta al mundo, solo pide que la juzguen con ternura (JT).

Emily Dickinson publicó en vida solo cinco poemas, versos que sin su firma o autorización aparecieron en revistas de su pueblo natal. Al morir, dejó cerca de 800 poemas inéditos, sombras que persiguieron su monótona existencia repetida en imágenes poéticas, luces que llegan hasta nuestros días como el reflejo de la luna clara en un sureño campo de algodón: la claridad deja ver las motas blancas y el campo abierto al cielo, ilumina.

Ediciones La Luz, sello editorial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín, en su colección Rosetta, nos entrega la voz de Emily Dickinson y los vacíos que la conforman y circundan, y que a la vez va poblando de versos y obsesiones, en una magnífica edición bilingüe bajo el título de Purple Traffic, traducida y prologada por el músico y narrador Rafael Ramírez, según la primera versión de 1890.

Purple Traffic es un libro que constituye rareza y exquisitez editorial, por regalar al lector cubano a una autora necesaria y para muchos casi desconocida, que nos llegaba en libros que pasábamos de mano en mano, en ecos de traducciones españolas o argentinas, y que ahora es excelentemente traducida por un cubano; y por ser además un texto precioso en su estética y concepción, en el trabajo de diseño y edición, a cargo de Frank Alejandro Cuesta e Irela Casañas, respectivamente; además de la guía certera de Luis Yuseff.

Es esta una selección compuesta por las secciones Life, Love y Nature, donde los versos de Emily se tornan sencillos y limpios, familiares e íntimos, casi minimalistas y melancólicos, como un blues sureño de Bessie Smith o la manipulación de la foto en portada de Robert Michael Mapplethorpe: unas flores rojo vino descansan en un sobrio y elegante jarrón azul, y ninguno de los dos necesita ostentar más que su elegancia natural para mostrar belleza, en contraste con el equilibrio perfecto de la composición.

En la poesía de Emily el vacío se torna lenguaje: vacío que su traductor insiste en recordarnos más allá de los espacios, mayúsculas, guiones, comas y otros signos propios que componen la materia fantasma, eso que llama “lo intraducible” y que está además en la frontera de lo incomunicable; aquello que Gastón Baquero nombrara en los “poemas crípticos, reticentes, extraños…” de Dickinson: “lenguaje del balbuceo, un lenguaje de entredecir”, que para el poeta cubano “corresponde exactamente al lenguaje de las imágenes y las figuraciones de Emily”.

Pero ese vacío rebasa el sustento que encierra en sus límites, los trasciende y aquilata, más allá de lo espacial y temporal de cada verso: Pelear ante todos es valiente/ aunque más bravío, lo sé,/ es quien lleva en su pecho,/ las armas del infortunio, escribe Emily (XVI).

Emily Dickinson era una escritora a la luz del silencio, pero del silencio que, de tanto acompañarse y repetirse, acaba siendo una fiesta, poblándose de los sonidos que componen los versos: musicales y rítmicas formas de la nada que componen su ambiente, su vida, su todo, su realidad: “las maravillas de las cosas pequeñas” de las que hablara Gastón Baquero y que en Emily forman la esencia de la poesía.

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1 comentario

    • Ricardo on 18 septiembre, 2015 at 3:33 AM
    • Responder

    ¿Me guardaste alguno?
    Un beso,
    R.

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