Por: Adalberto Santos
Me gustaría festejar la presentación de este libro con un rapto de ingenio que, estoy seguro, Rubén Rodríguez celebraría. Pero mi naturaleza es más la del mamut altamirano en su fijeza de llamas. Y es que Rubén Rodríguez es depredador nato, tigre en su selva personal. Pero también es presa y selva misma y, porque creo (y quiero creer) que este libro es más suyo en su entregada multiplicidad, disparo a quemarropa y rapado salvaje, voy a atenerme a expresar en prudencia, lo que ha sido mi experiencia en la andadura por sus historias.
Asistir al concierto interior que resulta Unplugged es, primero, revisitar la celebrada y célebre destreza de Rubén con la palabra como vehículo de representación. Bloques descriptivos que son verdaderos paneos en el mundo interior de personajes y situaciones, donde tacto y color alcanzan una hiperrealidad donante de mayores y mejores significados, heredad de un Bradbury magnífico en su fulgor que duele, y que conozco, es un fuerte ícono de apropiación en la voluntad escritural de Rubén Rodríguez. Dominio del lenguaje y ojo predador son cómplices, asimismo, en la construcción de personajes que más que fabulados, parecen (y en algunos casos son) emanaciones, avatares sorprendentes en su complejidad y sutileza. Quisiera adelantar, para la lectura detenida, que nada tiene de azaroso la disposición de las historias, pues tres personajes fuertemente subrayados, se erigen como puntales donde converge el todo narrativo en la triple esencia: Roberto, la presa. Michel, el tigre. Delfín, la selva. Rubén Rodríguez, como en su amado Robert Graves, pareciera contener en sí la razón de su existencia, y el menos así es en su proponer fabulador.
Decir más sería ocioso, en la prudencia que demanda esta invitación. Unplugged ofrece sus propias credenciales desde un prólogo de una Mariela Varona, siempre lúdica y jovial. Unplugged ofrece su hechura, inobjetable en su elegancia. Como un tigre. Y también como un tigre, deja la huella carnal y memorable de su zarpa.


