Por: Erian Peña Pupo
Fotografías: Jhortensia Espineta, Archivo La Luz
Zulema Gutiérrez es una escritora honesta en cada uno de sus versos: acaso no es el crisantemo símbolo de honestidad y sabiduría en muchas regiones asiáticas. Como es también alegoría de la nobleza y la Corona en Japón. Y en estos versos hay ambas cosas: una lírica sutil y honesta, pero también noble y delicada, sincera y perspicaz. Quizá como el olor de un crisantemo dorado o blanco esparcido en una noche otoñal, cuando estos florecen en estado natural. O quizá como un grabado medieval japonés, como aquellos que adornan muchos abanicos orientales: Las figuras desdibujadas del abanico/ miran./ La seda disuelve sus cuerpos./ Yo pondría polvo de arroz en mi cara/ y me quedaría a vivir dentro del abanico/ sentada junto a los crisantemos.
Eso pienso al terminar de leer el segundo libro de Zulema: Sentada junto a los crisantemos (Ediciones La Luz, 2014). El cuaderno (con atractiva ilustración de cubierta de Ibrahím Julián Ambar, diseño de Frank Alejandro Cuesta y bajo el cuidado de Luis Yuseff) aparece en la colección Abrirse las constelaciones, de la editorial provincial de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Holguín. Antes había publicado por esta misma casa editorial Islas que intentan salvarse (2011) y sus versos fueron incluidos en la antología Poderosos pianos amarillos. Poemas cubanos a Gastón Baquero (Ediciones La Luz, 2013).
Zulema Gutiérrez (Holguín, 1982) hace del hecho cotidiano de existir (que en ocasiones se torna también
sobrevivir) parte de la honestidad de su poesía: a veces evocativa en la memoria, a veces residuo cruel y necesario de otros tiempos, en donde también se añora el futuro, aunque Dios pueda arrepentirse de muchas
cosas: He venido a contar las piedras de tu casa/ las ventanas para tirar la vida/ el techo que sostiene las ofrendas/ clemencia/ paz de los vencidos/aleluya/ algunas flores. (…) La tierra se alimenta con los ojos de tus hombres/ tus propios ojos/ sangre alborotada/dolor de silencio/ La sangre hace crecer la tierra. Y eso lo sabe Zulema cuando evoca sutilmente a Whitman; o cita un fragmento de un tema del cantautor norteamericano Johnny Cash; de Fito Páez, Olga Orozco, o Raúl Hernández Novás; o le dedica unas Palabras al inocente Gastón Baquero: Apoltronado al otro lado del cristal/ espías el rastro de los caracoles sobre el espejo./ La estación de hojas ocres no existe./ Ni enemigos que pensaron presentarse/ y deambulan acosados por paredes.
Estos poemas muestran la limpieza en el verso, quizá como la esencia solar de los crisantemos: los japoneses
ven en sus flores la materialización del sol, pues los pétalos están en disposición de los rayos solares: una casi cristalina y pura visión de la poesía desde y por el lenguaje, que también permite experimentación y riesgos a la hora de abordar el carácter y y significación de la creación poética, pero manteniendo un verso limpio y claro: Hojas de hierba sobre tus ojos/piedra/ Epitafio/ Tres palabras sobre la tierra./ “Antes era poeta/ un anillo/ dos soles”/ “El otro”/ Hijo de los dioses./ Los dioses no abandonan a sus hijos/ están detrás de cada uno que se cierra/ detrás del espanto de vivirte/ silencio de existir sin merecerlo. (Horas de sol)
En los poemas hay también dolor, disimulado o no, sutil o a flor de piel, pero dolor en las más amplias variaciones sobre un mismo tema (o repetición de acordes, sucesos repetidos hasta el dolor de los ausentes): la existencia de la vida a pesar de todo, porque hay que poner a salvo al poeta, dice Zulema. Amarrarse el alma contra las tempestades diarias (incluido el paso de la muerte), las cercanías o distancias en aquellos que no están y que una vez estuvieron, o de los que están ahora; de los miedo que asechan a la casa y a la familia, que es también la sociedad y al país, ese territorio perso/nacional que cada uno asume o niega: Es casi mejor el silencio de los peces/ es casi mejor las bocas selladas de los muertos. Te pido padre:/ no hagas caso de mis dolores/ no son más que trucos de la carne. (Trucos de la carne)
En España, el Día de Todos los Santos, por ejemplo, se depositan ramos de crisantemos en las tumbas de los difuntos. Mientras Zulema escribe: El vecino canta. No levanta la vista en la cale./ Susurra frente a su plato dos veces al día./ (Pego el oído a la pared) da las gracias y canta./ Compra flores para sus muertos./ Reza./ Habla solo./ (…) Toqué a su puerta/-odio las flores envueltas en nailon-./ Paredes/ muros/ piedras sobre la tierra./ Ayer se lo llevaron cubierto/ como sus flores amortajadas en el nailon. (Flores)
Y esto es algo que ronda (casi de forma perenne y consecuente) las temáticas de gran parte de la poesía joven cubana: pues el poeta siente que con solo mirar a su alrededor, en su propia casa y en la cotidianidad palpable que hace suya, sobran temas para escribir el más desgarrador y sincero de los poemas; donde en ocasiones la familia suele ser la piedra de toque, el hilo conductor de los versos: No recuerdo mi infancia ni la última vez que vi a mi/ padre (contaba mis lunares)./ Mi hermana yo nunca hemos sido amigas nos/ hablamos una frente a la otra sentimos la sangre/ agolparse en las mejillas. Nos despedimos/ como extrañas./ ¿Qué podría enseñarle a la niña que no sean retazos dolorosos de historias?/ Mi propia hija se acerca poco./ Estos días arrastran a su paso toda esperanza. (El cause retorcido de estos días)
Pero Zulema (poeta sincera y optimista) le canta también al amor. Por ejemplo, en México regalar crisantemos es considerado como una declaración de amor: Animal de tulipanes y bambúes/ animal de Asia./ Otro idioma para perdonarte./ Si no fuera por tus manos y el arte colorido/ de tus brazos/ si no fuera/ por la repetición de sucesos/ tan comunes. (Una vez una guitarra)
O este bello verso: Detrás de los portales nacen puentes para dormir/ contigo/ para morir contigo. (La ceremonia del fuego)
En la tercera parte del cuaderno, Zulema recurre a versos casi epigramáticos: donde la palabra exacta muestra sus transparencias y recobra el significado justo, la pureza de cada verso. En la cultura asiática, justamente en el taoísmo, los crisantemos simbolizan además: duración, permanencia, estabilidad y totalidad. Esencias estas de la poesía asiática. Y eso son mayormente estos versos del final del libro: Ayer pasé por el parque donde los pájaros comen/ de la mano de los hombres./ Lloré toda a tarde/ por el destino de algunas criaturas. O cuando escribe: Época de sequía./ Fuimos felices cuando el colchón estaba en el/ suelo./ La tierra espera.
Zulema sabe que la poesía es un juego peligroso, más si las palabras saltan y una paz envejecida las gobierna. Lo ha aceptado en cada uno de estos versos, lo acepta en el hecho diario de vivir. ¿Acaso las flores de los crisantemos no significa además alegría, belleza y perfección? Como un pétalo que cae, quizá el pétalo de una de estas flores, como otro que florece y posterga la espera de los días en que florecerá también la poesía; y una muchacha japonesa (o cubana) mueva el abanico, desde donde miran figuras desdibujadas (o mire el libro donde se repite esta escena), se ponga polvo de arroz en las mejillas, sonría y espere la felicidad sentada junto a los crisantemos. Las múltiples y variadas felicidades que conforman la poesía.



