Cánticos a los dioses secretos

Por: Erian Peña Pupo

 

Los dioses secretos. Poesía, Ed La Luz, 2013

Los dioses secretos. Poesía, Ed La Luz, 2013

Cuando terminé de leer los versos de este poemario (y comienzo a escribir estas líneas) sobre la ciudad cae un extraño aguacero tropical de verano, y me queda en los labios y en la mente, el sabor (húmedo) de haber leído algo más que versos, quizá salmos, cánticos, salterios o alabanzas… Quizá un canto agradecido o una larga oración a Dios; donde el poeta, siempre ser inconforme, se acerca y se aleja del misterio que persigue, como la perfecta polifonía de los cantos gregorianos. O los coros bizantinos.

Tuve esa sensación luego de leer Los dioses secretos, primer libro de Rubiel G. Labarta (Holguín, 1988), bajo el sello de Ediciones La Luz (2013), editorial holguinera de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Este texto, de la colección Abrirse las constelaciones y bajo el cuidado editorial de Luis Yuseff, muestra un poeta que, a pesar de su juventud, a madurado una lírica reposada y sutil, evocativa y elocuente, pero también perspicaz, osada y dolorosa. Como encender un incensario en un templo y dejar que se expanda en todo el lugar. Y luego apagarlo de una vez, quizá como muestra de rebeldía e inconformidad ante las cosas; a veces en cercana contraposición con un mesurado pesimismo  (o rencor) que acaba convirtiéndose, de una forma u otra, en claro optimismo (o viceversa): Nada me asusta más que seguir vivo. (…) Yo seguiré afilando mis cuchillos en los ijares de la muerte. (…) ¿Por qué mirar al cielo entonces? Pues cree que: la muerte es algo familiar y yo también iré aprendiendo a perdonarlo todo.

Quizá por eso marque el inicio de su poemario con unos versos del poema Los dioses secretos, de Roque Dalton y de donde tomara precisamente el nombre del libro: Nosotros señalamos el lugar de las tumbas, proponemos el crimen, mantenemos el horizonte en su lugar… Somos los dioses secretos, los de la holganza furiosa. Y solo los círculos de sal nos detienen. Y la burla. 

Labarta es un poeta de las cercanías y las distancias en aquellos que no están, de dolores, de los miedo que asechan a la casa y a la familia, de cierta mirada existencialista a la sociedad y al país; y sobre todo de la evocación constante y de diferentes maneras a Dios, al que a veces, mientras agradecemos, le pedimos también explicaciones: Aquí no hay fiestas de domingo/ sino llanto que lava las manos y los rostros/ de las familias que sobre sus espaldas cargan el país. O más adelante escribe: Qué nueva muerte nos agobia, hasta estos huesos con los que reconstruyo por pedazos el mapa de un país. (Poema II)

Y esto es algo que ronda (casi de forma perenne y consecuente) las temáticas de gran parte de la joven poesía cubana (apatía generacional a muchas cosas, diría un amigo); pues el poeta siente que a su alrededor, en su propia casa y en la cotidianidad, sobran los temas para escribir el más desgarrador de los poemas: Soy quien abre los brazos a las fiestas del hambre (…)Soy quien cree en las mentiras y las puertas/ que se abren y se cierran irremediablemente… (Peregrino)

Mientras que en Pater Nostrum (estructura ya bastante utilizada por poetas anteriores, desde Rubén Darío hasta Benedetti y muchos más) escribe… perdona si pastamos en las breves estancias del país/ y nos burlamos de su debilidad. (…) He aquí el hombre. Líbralo de sí.

La segunda parte del cuaderno (compuesto de tres partes) y con el que (si mal no recuerdo) obtuviera en 2011 el Premio Nuevas Voces de la Poesía en Holguín, es casi un salterio de evocaciones (divinas o no), pero después de todo, morirse no es tan duro… (dice Retamar a especie de pórtico); donde Labarta reescribe el Génesis, la historia de la creación bíblica en un excelente poema colmado también de situaciones familiares: Mi abuela esparcía en las cuatro esquinas de la casa toda clase de polvos misteriosos…agua bendita, ron y humo de tabaco, como si pretendiera evitar la inevitable zarpa de la muerte. Prendía velas y se ocultaba en la manigua, yendo a saldar deudas con el tiempo. Donde también sobresale el elaborado en su totalidad poema III.

Lo mismo sucede en poemas de la tercera parte del texto, como Las tribus de Israel (…el miedo y yo somos la misma cosa, dice Labarta), Babel o Mi madre celebra la rareza de sus hijos, un texto cargado de fuerza lírica y porqué no, de íntimo desasosiego. Muy bien logrados poemas de Rubiel G. Labarta. Versos que muestran una parte de todo lo que son capaces de dar, pero a la vez ocultan otras cosas mejores, como en la fotografía de portada de Aníbal de la Torre, donde un fornido muchacho, entrega pero oculta prendas a la vez. Mientras Labarta aprende junto al fuego las artes de la espera. Y será una espera fructífera, en la cercanía de los dioses secretos.

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